Ciudades y coronavirus
De las cuatro pandemias y epidemias sucedidas este siglo, todas han sido urbanas, en el sentido de que se han desarrollado y afectado más a las ciudades, dada la cantidad de personas agregadas. En las urbes, las zonas pobres son, y han sido, las más afectadas como consecuencia de las reducidas infraestructuras y servicios que hacen a sus poblaciones las más vulnerables, pues, ¿cómo pueden sus habitantes lavarse frecuentemente las manos para evitar el contagio cuando el acceso al agua es restringido? El coronavirus mata, la desigualdad también.
Pero más allá de esta realidad, es importante pensar en el impacto futuro de la pandemia que vivimos, y de las otras que vendrán, en las condiciones de las ciudades y las formas de habitarlas.
Las condiciones físico-infraestructurales de las urbes, como las conocemos, han sido en su mayoría resultado de distintas enfermedades. Se podría decir que éstas han dado forma a las ciudades y la historia de la urbanización es en parte la de la búsqueda de soluciones a diferentes afecciones. Sin embargo, la pandemia actual hace una gran diferencia, derrumba la mayoría de los supuestos de la planificación urbanística contemporánea, alrededor de las soluciones a los problemas socio espaciales y ambientales.
Por ejemplo, la búsqueda de más y mejores conexiones físicas entre territorios, ciudades y personas, ha sido precisamente el hecho que ha permitido al virus propagarse fácil y rápidamente. En las ciudades, la apuesta por la recuperación y ocupación del espacio público, la densificación de las urbes, la promoción de sistemas de transporte masivo, infraestructuras para grandes poblaciones, entre otros, configuran los principales escenarios de contagio.
En nuestro medio, resulta interesante corroborar que justamente aquellas situaciones urbanas criticadas, como la baja densidad, la existencia de una gran cantidad de vacíos urbanos (lotes ociosos), la atomización del transporte, los barrios cerrados, entre otros, son de alguna manera los factores que podrían reducir la velocidad de expansión del virus, relativizando las críticas.
Resulta complicado aceptar que la distancia social y la separación física, a la que nos hemos opuesto, sean las medidas quizás más efectivas de lucha contra esta pandemia. El higienismo parece de nuevo configurar las ciudades y el futuro.
Jordi Borja dice, con acierto, que la ciudad es el espacio público, pero su ocupación hoy supone casi un suicidio. De pronto, el Internet es el principal medio de interacción y el control social desde el Estado (supuestamente) es la medida más segura para garantizar la salud. La experiencia china parece corroborar esto y cuestiona a las democracias occidentales. Los poderes locales y las iniciativas particulares se debilitan en este escenario.
Las nuevas propuestas urbanas que precisamente vienen de China, sugieren mayor distancia social, más comercio electrónico, promoción del delivery, teletrabajo y teleeducación, así como la consolidación de mega infraestructuras de redes, perfilando un nuevo urbanismo reticular.
La situación es muy compleja y presenta desafíos gigantes para el urbanismo y la política, sin embargo, estas coyunturales opciones sanitarias y nuevas propuestas urbanas son poco factibles para las ciudades latinoamericanas, caracterizadas por duras diferencias socio espaciales e informalidad laboral.
El autor es urbanista
Columnas de JUAN E. CABRERA


















