El fin del otoño
En seis días, el próximo domingo, termina el otoño con el solsticio de invierno que inaugura esta estación. Desde hace mucho tiempo, el día que tiene lugar, 21 de junio, ese acontecimiento astronómico, es objeto de celebraciones, especialmente en lugares de significado místico. Y desde 2016, esa fecha es feriado nacional.
La extraordinaria emergencia sanitaria de este tiempo cambia, sin duda, las circunstancias que rodeaban el 21 de junio en los últimos años, cuando toda Bolivia paralizaba sus actividades para dedicar valioso tiempo y energías a conmemorar, mediante una serie de actos promovidos y financiados generosamente por reparticiones estatales, el advenimiento de un nuevo año, ahora el 5528, según los cálculos de sus inventores que tuvieron la ocurrencia de atribuir a los aymaras una “milenaria tradición” consistente en contabilizar los años a partir de cada solsticio de invierno.
Pese al despliegue propagandístico oficial, en 2019 ya se constataba una tendencia decreciente en el entusiasmo con que en algún momento se le quiso dar a esta flamante tradición un lugar importante en el ánimo festivo de la población boliviana. No es que el escepticismo estaba terminando de imponerse, pero es indudable que los grupos que mantienen su devoción y fidelidad a esta tan moderna forma de religiosidad “andino-amazónica” son cada vez más pequeños y menos representativos de las creencias y prácticas culturales del pueblo en cuyo nombre elucubran y actúan.
En efecto, como los hechos lo confirman, para la inmensa mayoría de la población boliviana, incluida la que se reconoce a sí misma como directa heredera de la civilización aymara, el aspecto más atractivo de la fecha es el feriado, tal como ocurre con el de Corpus Christi u otros. Los artificios, peor aún cuando son cometidos en nombre de pueblos cuyas tradiciones históricas se dice respetar, no prosperan.
El feriado nacional del “Año Nuevo Aymara Amazónico”, que ahora cae en domingo, tendría que desplazarse al lunes 22, en aplicación de un decreto supremo de 2016. Pero hay la pandemia de Covid-19, los hospitales colapsados, las cifras de contagios y decesos que no dejan de crecer y las restricciones sanitarias vigentes.
Así, todo parece indicar que no habrá ánimos ni condiciones para celebrar esa “tradición milenaria”. Ahora, falta saber cómo va a encarar el Poder Ejecutivo el tema del feriado nacional. Para abolirlo sería necesario otro decreto, pero ese acto tendría un significado simbólico de inevitables consecuencias políticas. Consecuencias que, en estos días pueden ser bastante fastidiosas para el Gobierno de transición.
















