Pedir peras al olmo
Hace algunos días se difundieron numerosas opiniones acerca de la convocatoria que lanzó promociones Gloria para el certamen de Miss y Señorita Santa Cruz de este año, me asombró en gran manera la violencia y falta de empatía de los sectores más conservadores y rancios de la sociedad boliviana que no son capaces de ver la cosificación impune que ejercen estos concursos y están convencidos de que las quejas se deben a envidias y delirios paranoicos de las feministas, las “feas, gordas y traumadas”.
El año 1920 nace el primer concurso de belleza, en Atlantic City (Estados Unidos), con el objetivo empresarial de atraer turistas y subir las ventas de los negocios extendiendo la temporada de compras más allá del Día del Trabajo en ese país. La propuesta era poner a 350 chicas bonitas, vírgenes y de moral intachable, en traje de baño para que un jurado conformado por hombres juzgue su belleza y entregue un premio de 100 dólares más una corona. Ese mismo año, después de una dura lucha, las mujeres estadounidenses habían logrado el derecho al sufragio y comenzaban a participar activamente en la sociedad y la política; en todo caso, no es ninguna coincidencia. Como el movimiento feminista no aceptaría jamás concursar con la premisa de mostrar su cuerpo y no sus atributos intelectuales, los empresarios, con dinero en los ojos, lanzan a las concursantes la consigna de que ser reina de belleza no es solo un título, sino es empoderamiento que implica labor social y conseguir realizar sus sueños.
Mientras que el movimiento feminista intenta que las mujeres ocupen cada vez más espacios en las universidades, en el mercado laboral, en la política, consiguiendo derechos y equidad, el patriarcado nos vende la idea de que, en traje de baño las mujeres serán más aplaudidas y aprobadas, afirmando conceptos vacuos y subordinando a nuestro género a complacer a un entorno machista y cosificador. Como resultado, tenemos una sociedad que obliga a las niñas, por medio de la belleza y el atractivo sexual, a alcanzar el nivel máximo de idealización: llegar a ser “princesas” o “Barbies” perfectas, esperando que un príncipe las elija y creyendo que ese es un privilegio.
La princesa es perfecta, sonríe todo el tiempo, no dice malas palabras, es delicada, muy femenina, de una moral intachable, no es rebelde, se exhibe en traje de baño, en traje típico porque tiene que demostrar patriotismo, ostenta el traje de gala-principesco. Debe ser inteligente y culta, aunque eso no es tan importante ya que puede contestar con un contundente “paz para el mundo”, debe llevar su belleza a los sectores de desigualdad y pobreza siempre sonriente, no puede gritar por las injusticias ni vomitar por el asco que da la sociedad, sobre todo, no puede hablar de más.
El feminismo no es una lucha de enfrentamiento entre hombres y mujeres. Es una pelea contra un sistema maleado, mentiroso, donde no existe la igualdad, un sistema cruel, lleno de odio, que discrimina y pisotea la dignidad de las personas que no cumplen con los requisitos de la “normalidad”, un entorno que fomenta la violencia hacia la gorda, la fea, la traumada, la marimacho, el varoncito que es afeminado. Una sociedad llena de personas que ostentan su ignorancia transformada en racismo, homofobia, transfobia, gordofobia y otras fobias disfrazadas de buena moral; creencias religiosas de un mundo disque civilizado, pensante, moderno y amable.
Quedarse de brazos cruzados, sin que nos importe que exista discriminación y violencia, es ser cómplices, es ayudar a que las minorías no ocupen lugares justos, es aportar a que empeore la sociedad.
Todos y todas somos machistas en distintos grados, es como una enfermedad heredada por generaciones. Para curarnos, tenemos que reconocernos, tenemos que descubrir en nosotros esas actitudes que degradan y hieren a nuestros iguales, tenemos que hacer a un lado nuestro conservadurismo y toda creencia personal, tenemos que aceptar que existe la diversidad, y, principalmente, debemos practicar la sororidad.
Todas las personas deberíamos ser feministas porque el feminismo busca que todo ser humano ejerza los mismos derechos. Transformar nuestra sociedad tiene que ver, también, con transformar la estructura de poder que nos ha sido impuesta, el empoderamiento implica que las mujeres seamos lo que queramos ser, pero sin influencia del machismo ni de los prejuicios. Ese “querer” no puede ser condicionado por un sistema que no ofrece opciones verdaderas, debemos demostrarles que podemos pensar en libertad y no bajo esa falsa ilusión de empoderamiento que ofrece el patriarcado.
No podemos permitir que nuestras hermanas y hermanos se vean obligados a formar grupos de apoyo y activismo para sobrellevar la violencia que ejerce la sociedad porque no cumplen con los parámetros infames que han sido impuestos, debemos ser quienes luchemos junto con ell@s para tener libertad.
Una mujer libre puede caminar en la calle sin miedo, puede vestirse como le da la gana, sin ser juzgada; debe ganar por un trabajo la misma cantidad de dinero que un hombre, con el mismo currículum. Una mujer debe poder decidir libremente si se embaraza o no y cuándo; debe decidir si se divorcia, sin que la estigmaticen. A una mujer libre no le mutilan el clítoris ni le planchan los senos, tampoco la casan de niña. Una mujer libre decide hacerse la ligadura de trompas, sin permiso de nadie; aborta de manera segura, no en la clandestinidad; una mujer libre puede denunciar una violación sin que le achaquen la culpa a ella; tiene un cargo público, sin que la acosen.
Mientras solo una parte de la población femenina acceda a estos derechos, querrá decir que no son derechos, sino privilegios. Mientras no salgamos de la ignorancia y no hagamos a un lado la estupidez, el egoísmo y nuestros prejuicios, estaremos pidiendo peras al olmo.
La autora es artista visual y activista-feminista
Columnas de ALEJANDRA DORADO CÁMARA




















