El Estado y la simbología
Las inmensas y en su caso “nuevas” preocupaciones sanitarias y la difícil intensidad de la lucha por la vida no dan espacio a los ciudadanos para percatarse que desde hace más de 15 años se nos zamarronea de un lado para otro con simbologías que ponen en duda la condición de Estado de Bolivia, utilizándose para ello, desde tierras lejanas a través de corifeos nativos, muchos recursos, económicos, políticos e ideológicos y desde luego simbólicos.
El símbolo es el signo que establece una relación de identidad con una realidad, generalmente abstracta, a la que evoca o representa con sentimiento y respeto. No existe Estado en el mundo que no tenga su propio símbolo.
A los bolivianos se nos enseñó desde la escuela que los símbolos nacionales son tres: la bandera nacional tricolor, el imponente escudo de armas y nuestro hermoso himno nacional. Luego, en la Constitución vigente –que sirve para todo– se añadió la wiphala, la escarapela y las flores cantuta y patujú: abundancia simbólica que contrasta con la pobreza real del pueblo boliviano. No conformes con estos añadidos, alguno de ellos sujeto a diversas interpretaciones y apropiaciones, el actual Gobierno, de motu proprio, sin consultar con nadie añadió otro más mediante simple decreto. ¿Mañana qué otro pictograma se le ocurrirá?
Como quiera que cualquier Estado se identifica por su símbolo, fuera de su nombre propio, el problema radica en que cuantos más símbolos contenga un Estado más pierde identidad y personalidad. Imaginemos un Estado con 100 símbolos, cada símbolo significará una cosa y 100 símbolos significarán 100 cosas distintas e incluso 100 nacionalidades, ese será un Estado plurinacional y por lo tanto débil y contradictorio y muy susceptible a la escisión, debilitamiento e incluso nacimiento o profundización de odios o resentimientos étnicos. Con la abundancia simbólica, que puede añorar tiempos primitivos, se facilita la destrucción del Estado para que languidezca en su carencia de soberanía nacional en manos de macrofuerzas externas.
Un Estado, no solo fuerte y vigoroso, sino uno pobre del tercer mundo difícilmente permitiría que le vayan cambiando sistemáticamente su simbología patria: o se tiene identidad nacional o no se la tiene. ¿Alemania permitiría que se le cambien sus símbolos nacionales aduciendo recuerdo de las tribus germánicas: visigodos, vándalos, ostrogodos, lombardos, francos, burgundios, suevos, anglosajones, alamanes y hérulos, cada una de los cuales tenía sus propios símbolos y dioses? No admitiría, porque todo eso es del pasado, lo recuerdan y respetan, pero ya no vuelve.
Pero en Bolivia hay algunos que quieren retornar al pasado y tomar los símbolos del Tahuantinsuyo de la América precolombina. Esa es la mejor forma de despedazar al Estado boliviano porque eso es lo que desean las fuerzas externas que ponen y deponen a los gobiernos “nacionales” mediante elecciones manipuladas. Nada es casual y tampoco es patriótico. En fin de cuentas, en el siglo XXI ¿cuál es nuestra identidad nacional más allá de los símbolos?
El autor es jurista
Columnas de GONZALO PEÑARANDA TAIDA





















