Lo que guarda el Parque Nacional Tunari

Columna
NO LO A LA TALA DE ÁRBOLES
Publicado el 16/06/2021

Parque Nacional Tunari, gran cordillera en el departamento de Cochabamba, que rodea una ciudad y se expande invadiendo sus laderas, gama de colores verdes por las lluvias, salpicada de diferentes tonos de vegetación y flores otoñales cuando el frio empieza adormecer a la naturaleza.

Trepando, a menos de una hora, farallones y lagos, paja brava y yareta imponen su presencia, sobre los 5.000 metros de altura, el azul de cielo impacta y la cercanía de las nubes lo acerca. Una atmosfera pesada y límpido filtro natural, para el lente de una cámara. Sorprende un mirador, restos de nidos del cóndor (mallku), tejidos en añosas kewiñas, cruzada por arroyos de agua brotando de las laderas, natural cañadón para el avistamiento de aves.

Cicatrices formando más de 40 torrenteras, sus propias cuencas o área de drenaje, de paisaje y profundidades, guardan tesoros vegetales e historias de su formación plasmadas en las huellas que la tierra deja, ríos de rocas apiladas por el deshielo de lejana época glaciar.

Múltiples proyectos, lanzaron salvavidas a esa cordillera, fuente de agua de toda la población, industrias y agricultura, que abarca las provincias de Ayopaya, Cercado, Quillacollo, Chapare y Tapacarí. Fértiles tierras originan variados sembradíos, privilegiadas tierras por sus desniveles topográficos.

Al este y entre dos profundas quebradas, la comunidad de Tirani cambió la vocación de suelos agrícolas con la invasión de viviendas, encontrándose prósperos bosques de pinos que sobreviven a los incendios y al uso del cambio de suelo. Esa desertificación y falta de cobertura vegetal causarán aludes cuando sus cíclicas crecidas decidan inundar el valle.

Un solitario mirador pone límite al acceso oeste, Leuke Pampa que presume con unas solitarias bancas, lugar desconocido y encantador, hábitat de los pequeños leukes (aves), donde el bosque se rindió al fuego. Amplia vista a la altura del nevado Tunari. Hasta el sur, pocos lagos sobreviven a esa avidez humana, abarcando tierras y dejando huella que no refleja la armonía con un entorno de un pasado privilegiado.

Un gran bosque lucha por sobrevivir subiendo la quebrada de Andrada, camino rural áspero, estrecho y hermoso, cincuentenarios árboles tapizados de musgo y en un silencio sepulcral, guían los cursos de agua hasta las nubes a la represa de Wara Wara, enclave frío y desértico que preserva las ruinas coloniales, un camino de regreso a otro mirador para observar una Cochabamba sin tierras de cultivo, remplazadas por enormes moles de cemento.

Al este, encumbrando una carretera hasta la altura de Melga, negras laderas teñidas por incendios y un paredón de rocas con un norte de cordillera joven, cómplice del viento para formar la húmeda capa de nubes.

Un perdido camino baja, domina antiguos bosques hasta Lama Pampa, guarda vestigios de los viveros de la Cooperación Suiza, gruesos troncos lucen su señal de triunfo para llevarnos a un bosque de una subespecie de kewiñas, con aves endémicas del Parque Nacional Tunari. Largas raíces convertidas en lianas las atan a la tierra, arropadas por musgos, entorno de cambiantes colores y el aire más puro que puedes encontrar.

Bajando estrechos caminos, comunidades guardan respeto a la tierra que las sustenta, pequeñas parcelas de cultivo, floraciones pintando, según la estación, un paisaje de altura, manos curtidas aran la tierra, manos de los viejos que se quedaron con la piel tostada, centinelas del suelo.

Invitar a mirar hacia arriba, tomar conciencia de lo que la naturaleza formó hace más de 60 millones de años, generador de vida y el futuro de sus habitantes. Somos propietarios de las áreas protegidas más diversas del mundo y entre ellas realza la robusta topografía del Parque Nacional Tunari, se debe valorar su riqueza y cuidar lo que ahí anida.

Varias leyes, muchas autoridades involucradas y una maquinaria burocrática y difícil de movilizar para que una de las tres áreas protegidas que tiene el departamento de Cochabamba, se respete.

Podemos contar caminos y senderos que rasgaron la tierra y molieron la roca hiriendo al Parque Nacional Tunari de más de 390.000 hectáreas, gran desconocido por los múltiples servicios ambientales que presta, botín de habitantes que remplazaron con la arcilla de los ladrillos, el reino del adobe que antes besaba el piso para acoger, en noches de siembra o cosecha, el cobijo de sus pocos animales.

El último límite del Parque Nacional Tunari: la ceja de monte, bosques húmedos, ladera norte orgullosa tributaria del gran río Amazonas, encumbra su patrimonio para alejarlo de la depredación, pero aun así es acosada por el “progreso” que cuadricula sus tierras, convirtiéndola en otra tierra invadida.

Treinta años, desde su creación en marzo de 1992, hasta su última ampliación de límites, nada se hizo para preservar un eco sistema único en el mundo. La pena es que estamos seguros de que la naturaleza no repite lo que en su largo esculpir dio forma este gran valle.

 

La autora es miembro del colectivo No a la Tala de Árboles Cochabamba

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16/06/2021
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