Enemigo silencioso
Haré una confesión. Desde hace varios años, vivo con un vecino incómodo en la cabeza. Sólo lo siento yo. Nadie más puede detectar la presencia de este enemigo. Para mí, no es silencioso, ni para miles de personas que lo padecen.
Tengo el desagrado de presentarle al tinnitus o acúfeno. A veces, está muy presente y otras, es apenas un invitado tangencial en mi vida. Se dispara cuando escucho a marketeros callejeros que, mediante parlantes, gritan sus ofertas; cuando las construcciones emiten sonidos fuera de la norma; o cuando ciertos ciudadanos lobotomizados colocan “roncadoras” a sus escapes de autos/motos como método de compensación peneana (salud por Freud).
El tinnitus es un zumbido permanente, un silbido, latidos o golpes en los oídos que sólo escucha la persona que padece la afección. A veces aparecen y desaparecen, y en otras ocasiones pueden ser constantes, más leves o más fuertes. Te atormentan. Y lastimosamente, te acostumbras.
La contaminación acústica mata. Sólo en Europa, según la Agencia Europa del Medio Ambiente, el ruido causa al año 16.600 muertes prematuras y más de 72.000 hospitalizaciones. Es perjudicial para los animales. El ruido perturba patrones de reproducción y contribuye a la extinción de algunas especies.
El ruido provoca agitación respiratoria, aceleración del pulso, aumento de la presión arterial, dolor de cabeza y, ante sonidos extremos y constantes, gastritis, colitis o incluso infartos.
Hace poco se ha descubierto que este enemigo silencioso está asociado a la Covid-19. Una mala noticia.
La especialista Konstantina Stankovic, de la Universidad de Stanford, investigadora del oído interno, recomienda que las pruebas de audición se vuelvan rutinarias para cualquier persona diagnosticada de Covid-19. O que, si un paciente presenta una pérdida de audición de nueva aparición, tinnitus o vértigo, y estuvo expuesto al virus, se someta a pruebas y a un seguimiento por parte de su proveedor de atención sanitaria para detectar un empeoramiento de los síntomas.
Al respecto, las alcaldías también pueden tomar medidas para una adecuada gestión ambiental del ruido, que contribuya a reducir la contaminación auditiva. Por ejemplo: proteger determinadas zonas —áreas de campo, espacios de interés natural, y bosques urbanos— del ruido, establecer medidas correctivas: distancia obligatoria entre zonas residenciales y focos de ruido como aeropuertos, multas para los que superen los límites de ruido, aislar acústicamente los edificios de nueva construcción y crear zonas peatonales con horarios de circulación restringidos para carga y descarga de mercancías.
Lamentablemente, como muchas cosas que los ciudadanos planteamos, quedan sólo en “deberían”, ya que el ruido de motores no es regulado por la Inspección Técnica (un saludo a la bandera) y el maltrato a los oídos comienza desde que tu “estrategia de marketing” es poner un parlante a todo volumen. No es casual que nos hayamos vuelto un país sordo, que sólo gritemos para ser escuchados y que no estemos dispuestos a ponernos en el lugar del otro. La calidad de vida empieza precisamente por el silencio del lugar donde vives y trabajas.
La autora es periodista
Columnas de MÓNICA BRIANÇON MESSINGER




















