Rodrigo, Rodrigo, Rodrigo
Hay frases que, en medio de una crisis, revelan más de lo que pretenden. El reciente video del presidente Rodrigo Paz Pereira, posteriormente retirado de redes sociales, contiene una de ellas, al convocar a la población a "movilizarse junto a nuestras Fuerzas Armadas y junto a nuestra Policía" para "acabar con los bloqueos", el mandatario no solo presentó una estrategia para enfrentar el conflicto; expuso una preocupante concepción sobre el papel del Estado y de la ciudadanía en tiempos de tensión.
La frase parece sencilla, incluso puede resultar atractiva para una población agotada por la escasez de combustible, el encarecimiento de los alimentos y el desgaste de más de un mes de bloqueos. Sin embargo, detrás de esa convocatoria existe una señal política que merece una reflexión profunda. Porque cuando un presidente llama a los ciudadanos a acompañar a las fuerzas del orden en tareas de desbloqueo, la pregunta ya no es qué harán los bloqueadores. La pregunta es, qué está dejando de hacer el Estado.
En cualquier democracia, el monopolio legítimo de la fuerza recae en las instituciones estatales, sujetas a controles, procedimientos y responsabilidades. No en grupos de ciudadanos movilizados por indignación, cansancio o desesperación. La función de la población es exigir soluciones; la función del Gobierno es garantizarlas. Cuando ambas responsabilidades comienzan a confundirse, la frontera entre institucionalidad y confrontación empieza a volverse peligrosamente delgada.
El discurso presidencial se apoya en una narrativa conocida: la confrontación entre una supuesta "Bolivia del futuro" y una "Bolivia del pasado". Es una construcción política eficaz porque simplifica el escenario y obliga a elegir bandos. Sin embargo, el conflicto boliviano actual es mucho más complejo que una lucha entre modernidad y atraso. Reducirlo a esa lógica puede servir para movilizar emociones, pero difícilmente ayudará a resolver sus causas profundas.
Pero lo más delicado del mensaje no es la narrativa del futuro, es la transferencia implícita de responsabilidad. Cuando el Presidente afirma que "nosotros haremos nuestra parte, pero si el país no se mueve…", coloca sobre los hombros de la ciudadanía una carga que corresponde al Estado.
La historia boliviana enseña que los momentos de mayor polarización suelen comenzar precisamente cuando los liderazgos abandonan el terreno de la mediación y adoptan el lenguaje de la confrontación. Nuestro país conoce demasiado bien las consecuencias de dividir a la sociedad entre patriotas y enemigos, entre defensores de la democracia y supuestos obstáculos para el progreso, ya lo vivimos. Entonces, cada vez que la política transitó ese camino, el resultado fue de más resentimiento, más violencia y menos Estado.
Quizá por eso la frase más preocupante del discurso no sea la que habla de la Bolivia del futuro, el problema ya no son solamente los bloqueos, el problema es que la autoridad empieza a mostrar signos de desgaste.
El problema es la debilidad del propio poder.
Columnas de Miroslava Fernandez


















