Poder, corrupción y cultura de MASas
“El pueblo, del que en otro tiempo dependían el Gobierno, la justicia, las fuerzas armadas, todo, ahora se desentiende y sólo desea con ansia dos cosas: pan y circo”. Reflexión del poeta Décimo Junio Juvenal, al referirse al pueblo romano y su devoción por el espectáculo.
Esta devoción acaso haya sido una minúscula aproximación a lo que hoy llamamos con cierta veneración y displicencia, cultura de masas. El concepto estricto de cultura de masas surge casi a la segunda mitad del siglo XX cuando se asoma la necesidad de debatir el surgimiento de multitudes en la vida social. Las tecnologías de la comunicación fueron las impulsoras para que experimentara una transformación sustancial y con una vigencia actual indiscutible.
Pecaría de injusto e ingenuo si solamente delimitara el concepto de cultura de masas a ese fenómeno estrechamente ligado al consumismo a través de los medios de comunicación. O a los debates históricos entre apocalípticos e integrados planteado por el desaparecido Umberto Eco. Mi debate se implanta en los cerebros manipuladores de los que detentan el poder, esos que juegan a hacer imaginar maravillosos escenarios en los que sin vergüenza aseguran que los del pueblo son los que deciden los destinos de un país. Estos fenómenos de la mentira y el embauque, han creado una cultura del desorden, del ilusionismo y el engaño consiguiendo masificarla a fuerza de discursos, situaciones y utilizando los medios de comunicación como amplificadores de sus mensajes.
La rebelión de las masas que le quitaba el sueño a Ortega y Gasset, ahora duerme un conformismo casi perpetuo, una manipulación escandalosa que tiene su núcleo justamente en la cultura de masas.
Política y cultura de masas, o cultura de masas y política, al final es la misma porquería. Porque definitivamente, en estos tiempos de globalización y de fenómenos paranormales, la política o los políticos crearon ‘nuevos conceptos’ para hacer prácticos los mensajes erróneos, premeditados y amenazadores: miente, miente que algo queda. El fin justifica los medios.
Marshall MacLuhan acuñó la expresión de “aldea global” para atribuir a las tecnologías de la comunicación una relación de cercanía con lugares y sociedades lejanas: sus hechos, sus actos, sus manifestaciones culturales, pero también su trascendencia histórica y comportamientos sociales casi en tiempo real.
La aldea global no sólo está interconectada, sino también irrumpe con un nuevo desorden moral y económico promovido por una aguda corrupción que globaliza las diferencias políticas, ideológicas y económicas y las convierte en una masa amorfa que se agiganta cada vez más.
La globalización de la corrupción en Latinoamérica no sólo ha hecho posible que sus distintos gobiernos sean culpables de agudas crisis económicas, también de un vacío de liderazgo y de una carencia moral con un tremendo impacto negativo en el desarrollo humano y avances sustanciales en capital social y democrático.
Estos son mis principios, si no les gustan, tengo otros, dice Groucho Marx.
El Gobierno de la presidenta brasileña, Dilma Rousseff no es más, en materia moral y transparencia, que el de Chile, México, Ecuador, Argentina, Colombia, Panamá, o Venezuela. Sin duda, hay una línea maestra que los une: escándalos de corrupción, tráfico de influencias, nepotismo, intereses personales y poder económico.
Bolivia y su “proceso de cambio” hace aguas desde hace mucho. La corrupción en altos mandos y grupos de poder son de cada día y ya no son escándalos, se transforman en anécdotas. La corruptela del Fondo Indígena, caso Zapata & Cia: dimes y diretes, reyes, damas, caballos y peones, todos unidos en un gran culebrón que, capítulo a capítulo, masifica la diversión y el circo, acompañados de un pan que cada vez es más pequeño y cuesta más.
La cultura de masas ha narcotizado a esta sociedad, donde ya no importan los millones de dólares esfumados ni comprobar si efectivamente hubo tráfico de influencias, sino los resultados de la prueba de ADN que se hizo el Presidente y si la señora Zapata aceptará hacérsela, o si el ministro Quintana entregó el celular correcto, o si, en definitiva, este juego de trucos y de tronos por fin tronará el próximo lustro.
La “industria cultural” de los escándalos de corrupción ha derivado en la industria de la distracción y el espectáculo, donde lo obsceno en la noticia narcotiza y entretiene disciplinadamente a los receptores que son incapaces de oponer resistencia: consumo pasivo, sin ejercer un juicio crítico. Al mismo tiempo de aletargarlos, se constituye en un efectivo control social del Gobierno.
¿Se ha democratizado la corrupción? O la aldea global es muy pequeña o las ambiciones y la falta de moral son muy grandes, en medio está un nuevo desorden político y económico latinoamericano. Parafraseando al expresidente español, Felipe González: “El Estado de derecho también se defiende en las alcantarillas”.
El autor es comunicador social.
Columnas de RUDDY ORELLANA V.

















