Bertha va a la guerra

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Publicado el 07/04/2017 a las 12h24
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Javier Badani

 

No hay calles que lleven sus nombres, fechas cívicas que recuerden sus gestas ni plazas que atesoren sus bustos bañados en bronce. Son como fantasmas que de tanto en tanto reaparecen testarudos para evitar ser engullidos por el paso del tiempo. Se trata de los héroes anónimos de la Guerra del Chaco, hombres y mujeres comunes y corrientes que escribieron historias extraordinarias en medio del zumbar de la metralla.

Pero para conocerlos -y celebrarlos- es necesario cerrar los libros oficiales de historia donde nunca serán protagonistas y navegar por la densa bruma de la memoria de quienes hoy aún se niegan a olvidarlos. Es así, que podemos rescatar hazañas como la de la beniana Bertha Barbery Moreno.

La hora de la guerra

Es enero de 1935. Han pasado dos años y siete meses desde el estallido de la guerra y la situación de Bolivia no podría ser peor. El presidente Daniel Salamanca ha sido obligado por los militares a renunciar a su cargo en plena zona de operaciones. El sistema político boliviano está en crisis. Luis Tejada Sorzano dirige el país a regañadientes. Mientras tanto, en el campo de batalla, Bolivia suma derrota tras derrota bajo la conducción de un comando que hace mucho ha perdido la brújula. El avance enemigo parece imparable.

Un sueño que parecía imposible para el Paraguay al inicio de la guerra, llegar hasta el río Parapetí, se hace realidad el 14 de enero tras un combate que obligó a las fuerzas bolivianas a retroceder hasta los contrafuertes de la cordillera de Los Andes. Paraguay está a un paso de tomar Villa Montes. Y si Villa Montes cae, la derrota de Bolivia será inminente. El país se ha visto obligado a disponer la movilización general. Todo varón hábil de 17 a 60 años ahora está obligado a empuñar el fusil.

Y mientras ambos países se preparan para la batalla final, a cientos de kilómetros del Chaco, en La Paz, una historia de amor ha germinado y el eco de esa relación muy pronto llegará hasta el campo de batalla.

En el nombre del amor

La relación entre Bertha Barbery y Adolfo Weisser tiene la impronta de esos amores cuya intensidad lo trastoca todo. Ella, una adolescente de 16 años cuyo rebelde temperamento la había llevado a dejar su cálida Riberalta para instalarse con su abuela en las alturas de La Paz. Él, orureño y militar a carta cabal. En la primera etapa de la guerra había caído prisionero, evadido a sus captores y marchado una vez más al frente de batalla donde, meses después, cayó herido. A finales de 1934, Weisser -que en algunas reseñas aparece como teniente y en otras como suboficial- llegó hasta La Paz para terminar su periodo de recuperación.

Nunca sabremos a cabalidad las circunstancias en que estas vidas colisionaron ni conoceremos cómo el manto del amor los envolvió. Lo único evidente es que desde ese día decidieron que no dejarían que nada los separara, ni siquiera la guerra.

Llega febrero, un veloz matrimonio y la proximidad del adiós. Adolfo Weisser, ya recuperado, debe retornar al campo de batalla. Pero ni él ni Bertha pueden conformarse tan fácilmente con tan pronta separación. Poco a poco la pareja mastica la idea de partir juntos hacia el Chaco. Ese sentimiento pronto se transforma en un elaborado y arriesgado plan. Bertha tendrá que cambiar de identidad, presentarse como hombre en algún centro de reclutamiento en La Paz, enrolarse como soldado y marchar hacia la zona de operaciones con el fusil en la espalda.

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La certificación de Bertha Barbery.

El plan es arriesgado pero es ejecutado por los enamorados sin vacilar. Bertha se corta el cabello, se faja el pecho, se calza ropa masculina, se sube la edad y adopta el nombre de Humberto Weisser. Desde ahora se presentará públicamente como el hermano menor de Adolfo. Y éste, aprovechando sus contactos dentro de las estructuras del Ejército, logra que el proceso de reclutamiento sea expedito.

Bertha parte rumbo a los dominios de la guerra dispuesta a luchar por su amor y por su patria. Lo que aún no sabe es que en su vientre se está gestando un nuevo ser.

La hora de la verdad

Abril de 1935. Reforzada con la inyección de los nuevos contingentes de soldados, la defensa boliviana de Villa Montes ha resultado exitosa. Más de una treintena de asaltos paraguayos han sido repelidos, dejando importantes bajas entre las filas enemigas.

Al no poder conseguir su objetivo principal, el Comando paraguayo ha trasladado sorpresivamente su ofensiva hacia el ala izquierda de la zona de operaciones. Allí se encuentra Bertha, ocupando dentro del II Cuerpo del Ejército boliviano la identidad del soldado Humberto Weisser, de 19 años.

Hablar poco y socializar lo mínimo posible han sido parte de las estrategias que ha utilizado para mantener oculta su verdadera identidad. Esta tarea no se le hace tan complicada de llevar adelante dentro de la línea de fuego. Después de todo ante la presencia de la muerte poco interesa la vida ajena. La prioridad de cada soldado es obedecer órdenes y sobrevivir en el intento.

Adolfo ha sido reubicado en otro sector de la línea de fuego. Antes de partir ha solicitado a sus superiores evitar en lo posible el poner en riesgo la vida de su "hermano menor". Pero la guerra no concede privilegios.

Bertha participa en las operaciones de defensa de Charagua combatiendo junto a una pieza de ametralladora. Es parte de las acciones en Laguna Hedionda, Aguas Calientes y Huarirí.

La potencia de la arremetida paraguaya y la enorme extensión del frente de operaciones en este sector obliga a los defensores a retroceder hacia el norte. Charagua cae y la tropa boliviana busca reorganizarse para iniciar la retoma.

Una vez instalados en la retaguardia, entre los compañeros de Bertha comienzan a surgir sospechas sobre identidad. Los soldados especulan y pronto las dudas llegan hasta los oídos de los superiores. El médico convoca al joven combatiente hasta el puesto de Sanidad.

Le pide que se desvista para una revisión de rutina. El soldado se niega. El galeno reitera la orden y entonces no queda más que revelar la verdad: Humberto Weisser no existe. Ha sido tan sólo la fachada donde se ha cobijado una mujer enamorada. La sorpresa es mayúscula. Surgen las amonestaciones y los pedidos de aclaraciones. Unos celebran la presencia de una mujer entre los combatientes, otros temen el inicio de un nuevo conflicto diplomático. "Las mujeres no combaten", reniegan. El comando no delibera demasiado.

Decide sacar inmediatamente a la adolescente de la zona de operaciones y trasladarla hasta el puesto de Sanidad del II Cuerpo del Ejército. Mientras se aguardan nuevas instrucciones, Bertha logra que se le conceda ser incorporada como ayudante de enfermería, auxiliando en el trabajo de cuidado de los centenares de heridos que llegan desde la zona de combate. Bertha permanece en este puesto por cerca de un mes, a la espera de noticias de su esposo. Éstas llegan desde el frente. Adolfo Weisser ha caído herido en una de las acciones que ha permitido a Bolivia retomar la población de Charagua.

Adolfo ha pasado de puesto en puesto antes de recibir ayuda médica efectiva. Finalmente es internado en el hospital de Charagua, donde se reencuentra con su pareja. Weisser ha perdido una pierna a causa de la gangrena, pero esto no ha evitado que la infección se extienda a otras zonas de su cuerpo. Los médicos toman la decisión de evacuar al militar hasta Sucre para intentar salvarle la vida. Pero el destino de Weisser está sellado así como lo está el de la guerra.

El 14 de junio el rugir de las armas se acalla en todo el Chaco. Ha llegado la paz. "No hay vencedores ni vencidos", vende la diplomacia y el continente celebra el final de la sangría. Pero los efectos de la guerra no desaparecen, nunca lo hacen.

El 7 de agosto de 1935 el corazón de Adolfo Weisser dejará de latir en una cama de hospital. Y cuatro meses después, en diciembre, nacerá Chichi.

Bertha, la adolescente que empujada por el amor se entregó al fragor de la guerra, retornará a La Paz: viuda y con una hija a cuestas.

Llegarán las condecoraciones, la Cruz de Bronce, una peleada declaratoria de Benemérito de la Patria, la exigua renta. Aparecerá un nuevo amor y con éste el exilio hacia Argentina y el nacimiento de otros tres hijos. Y llegará la muerte que la encontrará a los 86 años en Buenos Aires, muy lejos de la tierra donde muy temprano aprendió que el amor, si es tal, exige entrega total.

Claro, llegará el olvido. Ese velo que cubre a centenares de hombres y mujeres cuyos actos extraordinarios quedaron enterrados en las arenas del Chaco y que la historia oficial jamás rescatará.

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