Una lectura filosófica de “El buen mal” de Samanta Schweblin

Cultura
Publicado el 21/06/2026 a las 11h09
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Gloria Adaya 

Leer El buen mal de Samanta Schweblin (Seix Barral) es ingresar en una zona de incertidumbre donde las categorías con las que solemos organizar la experiencia dejan de ser fiables. La autora argentina vuelve a demostrar que la literatura más perturbadora no es aquella que se entrega a lo espectacular o a lo monstruoso, sino aquella que logra alterar imperceptiblemente la percepción de lo cotidiano hasta volverlo extraño. Como en sus mejores libros, Schweblin trabaja sobre una narrativa delicada: aquello que parece normal y, sin embargo, esconde una fisura.

Desde las primeras páginas, el lector comprende que estos relatos no buscan explicar el mal, sino convivir con él. El título mismo plantea una paradoja filosófica. ¿Puede existir un “buen” mal? ¿Es posible que aquello que amenaza nuestra estabilidad revele también una verdad sobre nosotros mismos? Los cuentos parecen responder afirmativamente. El mal, aquí, no aparece como una fuerza exterior ni como una entidad claramente identificable. Es una presencia íntima, silenciosa, alojada en los vínculos afectivos, en la memoria, en el cuerpo y en la fragilidad de la conciencia.

Schweblin posee una capacidad excepcional para construir atmósferas de inquietud a partir de elementos mínimos. Un gesto, una mirada, una frase aparentemente insignificante o un silencio que se prolonga más de lo esperado bastan para abrir un abismo. Su escritura es precisa, económica y profundamente sugestiva. Nada sobra. Cada palabra parece colocada con la exactitud de quien conoce el poder de la omisión. En este sentido, la autora continúa una tradición literaria que entiende que el verdadero horror no reside en lo que se muestra, sino en aquello que permanece apenas insinuado.

Lo más notable de El buen mal es que sus relatos no se limitan a generar tensión psicológica. También interrogan cuestiones fundamentales de la existencia humana. ¿Qué significa habitar un cuerpo? ¿Qué tan sólida es nuestra identidad? ¿Hasta dónde conocemos a quienes amamos? ¿Cuándo comienza la amenaza y cuándo termina la protección? Estas preguntas atraviesan los cuentos sin transformarse nunca en tesis explícitas. La literatura de Schweblin no adoctrina; inquieta. No responde; abre interrogantes.

Vivimos en una época obsesionada con las explicaciones inmediatas y las certezas rápidas. Frente a ello, El buen mal reivindica la complejidad de la experiencia humana. Los personajes habitan zonas grises donde las categorías morales tradicionales resultan insuficientes. Lo correcto y lo incorrecto, el cuidado y la violencia, la cercanía y la amenaza aparecen entrelazados de maneras inesperadas.

Hay, además, una profunda reflexión sobre la vulnerabilidad del cuerpo. Dos líneas del libro condensan esta preocupación de forma extraordinaria: “¿Dónde están los latidos? ¿Más arriba? ¿Más adentro?” y, más adelante, “Vuelvo a tocarme el pecho con la palma de la mano y siento el corazón. Es un latido precioso”.

Estas frases, aparentemente simples, poseen una resonancia filosófica notable. La pregunta por el lugar de los latidos es también una pregunta por el lugar de la vida misma. ¿Dónde se encuentra aquello que nos sostiene? ¿Dónde reside nuestra certeza de estar vivos? El corazón aparece aquí no solo como órgano biológico, sino como símbolo de nuestra condición vulnerable. Ese “latido precioso” es, al mismo tiempo, una celebración y una advertencia. Es precioso porque existe; es inquietante porque puede desaparecer.

El corazón atraviesa el libro como una metáfora silenciosa. Palpita en los vínculos familiares, en los afectos heridos, en las pérdidas y en los deseos. Pero también late en la amenaza constante que recorre los relatos. Schweblin parece recordarnos que todo aquello que amamos se encuentra expuesto a la fragilidad. Quizás por eso sus cuentos producen una incomodidad tan persistente: porque no hablan de peligros extraordinarios, sino de la precariedad esencial de la existencia.

La autora trabaja, además, con una noción del mal que se aleja de las representaciones convencionales. No hay villanos evidentes ni demonios reconocibles. El mal surge como una alteración de la normalidad, como una pequeña desviación que modifica nuestra relación con el mundo. En este sentido, los relatos dialogan con una larga tradición filosófica y literaria que entiende que lo siniestro emerge precisamente cuando lo familiar se vuelve extraño.

Uno de los mayores logros del libro es su capacidad para involucrar físicamente al lector. No se trata únicamente de comprender intelectualmente lo que ocurre. Los cuentos generan una reacción corporal. Hay una sensación constante de alerta, de respiración contenida, de espera. Schweblin administra magistralmente la tensión narrativa y convierte la lectura en una experiencia sensorial. El lector avanza impulsado por una necesidad casi involuntaria de descubrir aquello que permanece oculto.

Desde el punto de vista estilístico, El buen mal confirma la madurez de una de las voces más importantes de la literatura latinoamericana contemporánea. Schweblin escribe con una claridad engañosa. Su prosa parece transparente, pero debajo de esa superficie opera una compleja arquitectura de significados. Cada relato funciona como un mecanismo de precisión en el que la incertidumbre ocupa un lugar central.

Para los lectores bolivianos, el libro posee además una resonancia particular. En sociedades atravesadas por transformaciones aceleradas, conflictos de memoria y tensiones identitarias, la obra de Schweblin invita a pensar en las fracturas invisibles que atraviesan nuestra vida cotidiana. Sus cuentos nos recuerdan que las mayores amenazas no siempre provienen de afuera. A menudo habitan en el interior de nuestras relaciones, de nuestros miedos y de nuestras certezas.

El buen mal es, en definitiva, una exploración lúcida de aquello que nos constituye y nos desestabiliza. Un libro que demuestra que la literatura sigue siendo uno de los espacios privilegiados para pensar la complejidad de la experiencia humana. Schweblin no busca tranquilizar al lector; busca despertarlo. Y lo consigue mediante una escritura elegante, rigurosa y profundamente perturbadora.

Al cerrar el libro, permanece una sensación difícil de nombrar. Tal vez sea la conciencia renovada de nuestra fragilidad. Tal vez sea el eco de ese corazón que sigue latiendo en las páginas y también en nosotros. Porque, como sugieren esos relatos, lo más inquietante rara vez irrumpe con violencia. A veces apenas susurra desde adentro, justo allí donde creemos estar a salvo.

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