La inocencia del vicepresidente
En la política –como advertía Maquiavelo– no basta la virtud sin astucia, ni la astucia sin inteligencia. El poder es el arte de combinar ambas, bajo el signo de la oportunidad. En la política, solo con inteligencia y sin astucia, no se llega lejos.
El actual vicepresidente no solo parece carecer de esa combinación esencial, sino que, además, revela escasa comprensión de la lógica que gobierna la política real.
En poco tiempo ha dilapidado esa excelente imagen de outsider, que cultivó en la etapa electoral. Ahora, desprovisto de apoyo, va quedando cada vez más solo. No puede movilizar a sus seguidores, que solo pueden darle un like.
Con el Decreto 5552, inconstitucional o no, fue reducido a un simple “florero”. Solo recibe el apoyo “de conveniencia” del evismo y lo que quedó del Movimiento al Socialismo. Claro, también, de los exintelectuales orgánicos, quienes, obtusos, califican de ilegal el Decreto, ignorando las iniquidades inconstitucionales en las que incurrió Evo Morales y el régimen masista.
De todos modos, lo cierto es que el vicepresidente Edmand Lara, carente de esos tres recursos fundamentales en la política, llego a la vicepresidencia más por la casualidad. No construyó, como dice el nombre de su agrupación ciudadana, nuevas ideas. Tampoco una narrativa que pueda generar adhesiones. Su capital político, construido casi exclusivamente en el mundo digital, es por naturaleza volátil: se sostiene en emociones inmediatas, no en estructuras organizativas.
Su incorporación como acompañante de Rodrigo Paz respondió más a una lógica coyuntural que a una arquitectura estratégica. No fue una dupla que se conectó con ideas, proyectos y propuestas. Fue la casualidad que los unió, en el cierre de las inscripciones.
En la etapa precedente, ambos tenían otros acompañantes. No se sabe cuál de los dos fue el más afortunado. El tiempo lo dirá. Sin embargo, en la etapa electoral, Rodrigo Paz fue el que se benefició. En la primera vuelta, obtuvo el primer lugar gracias al voto “popular” que Edmand Lara captó en sus redes sociales.
Así es cómo, 12 días después de jurar como vicepresidente, se declara opositor porque no le dan espacios de poder en el aparato estatal. En el fondo ahí radica el problema. Lara reclama, mínimamente, el 50% del aparato estatal, lo considera algo absolutamente legítimo pues “gracias a él Rodrigo es presidente”.
La ruptura no es programática ni ideológica. Es distributiva. Lara reclama para sí una porción del aparato estatal que considera proporcional a su aporte electoral.
Resentido, comienza una feroz oposición, no desde el Parlamento –que debería ser el lugar natural–, sino desde sus redes sociales. Cuando debería estar centrado en una agenda legislativa mínima, todos los días hace videos para sus seguidores, alejándose de sus funciones, denunciado y cuestionado todo, con o sin razón.
Aprovecha la mínima oportunidad para hostigar a Rodrigo. La “gasolina basura” –y más cara– que comercializó el Gobierno es un excelente tema para sus propósitos. Dicho sea de paso, por este insólito e inverosímil error, deberían ser destituidas todas las autoridades involucradas, comenzando con el ministro de Hidrocarburos, por manifiesta incompetencia administrativa y responsabilidad política evidente.
Como opositor, Lara realiza todas sus intervenciones mediante su cuenta de TikTok, con notables inconsistencias. Afirma, dramatiza, luego se contradice. Denuncia y acusa sin pruebas. En su inocencia, es muy hormonal. Su relato no tiene estructura ni coherencia.
No construye poder. En la mayor parte de los casos, guiado por sus impulsos, se desgasta cotidianamente y pierde capital político. El poder tiene otra racionalidad: negocia, pacta, calcula y espera. Como máxima autoridad, desde el Legislativo, tenía toda la oportunidad y la amplitud para fraguar un proyecto político estratégico.
Su accionar, lo alejó de las bancadas, de las alianzas y del control legislativo. En su propia casa es una persona non grata. Con tanta inocencia a cuestas, acabó aislado en la Asamblea.
Ese desorientado y peligroso accionar, obviamente tuvo que provocar reacciones en el poder ejecutivo. Luego del Decreto 5515, vino el 5552, que prácticamente elimina el papel de la vicepresidencia, convirtiéndolo en un simple objeto de adorno.
Este conflicto no encaja en los patrones clásicos de rupturas entre presidente y vicepresidente. En la historia comparada abundan casos de conspiraciones silenciosas, maniobras parlamentarias y fracturas calculadas.
En este caso, en cambio, el conflicto no parece fruto de una estrategia sofisticada. No hay arquitectura detrás del enfrentamiento de Lara, sino solo reacciones hormonales.
Todo esto, pone de manifiesto la inocencia del vicepresidente. Es tan desubicado, que cree que los likes que recibe en sus redes se movilizaran en las calles por su defensa. El vicepresidente tiktoker confunde seguidores con fuerza política real.
Al final, conservando todavía su cuenta de TikTok y con menos seguidores, políticamente quedará cada vez más solo y desconectado.
El autor es profesor de la carrera de Ciencia Política de la Universidad Mayor de San Simón
Columnas de ROLANDO TELLERÍA A.


















