Punta Arenas y la carrera hacia el Polo del Sur

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Publicado el 18/05/2026 a las 15h33
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Stefan Gurtner, director de teatro, escritor y miembro de PEN Bolivia

También hoy quiero volver a hablar de uno de los lugares que visitamos durante nuestro viaje desde Bolivia hasta Tierra del Fuego. Punta Arenas, la ciudad más austral de Chile antes de cruzar el estrecho de Magallanes hacia Tierra del Fuego, fue hace más de un siglo escenario de la carrera hacia el Polo del Sur.

Una mañana de 1916, en pleno invierno del hemisferio sur, un hombre de aspecto exhausto y descuidado llamó a la puerta de la mansión de Sara Braun, en Punta Arenas. Era Sir Ernest Shackleton. Buscaba la ayuda de la acaudalada viuda terrateniente para rescatar a la tripulación de su barco “Endurance”, hundido en la Antártida, cuyos hombres llevaban meses resistiendo en una isla remota.

Ya por entonces, Punta Arenas era una ciudad sorprendentemente grande y próspera, con amplias avenidas, parques, mansiones y majestuosos edificios gubernamentales. Su riqueza se sustentaba principalmente en las vastas estancias ovinas de la región y en un comercio floreciente. No hay que olvidar que Punta Arenas, antes de que se construyera el canal de Panamá, se encontraba en una de las rutas marítimas más importantes del mundo: la conexión natural entre el Atlántico y el Pacífico.

Gracias a su ubicación en el extremo austral del continente americano, Punta Arenas fue también testigo de la carrera hacia el Polo Sur entre el noruego Roald Amundsen (1872–1928) y los británicos Robert Falcon Scott (1868–1912) y Ernest Shackleton (1874–1922). Amundsen llegó a la ciudad en 1897 como segundo oficial del buque de investigación “Bélgica”, rumbo a la Antártida, convirtiéndose en el primero de los tres en pisar Punta Arenas. Para él, aquel viaje fue un paso decisivo para adquirir experiencia en las expediciones polares que lo obsesionaban desde joven.

“Hay luz eléctrica y teléfonos por todas partes; se han asfaltado las calles y existen grandes y elegantes comercios”, escribiría más tarde sobre sus impresiones. “Hay que vestirse a la última moda… grandes barcos, tanto de carga como de pasajeros, entran y salen a diario».

Pocos años después, entre 1902 y 1903, durante la “National Antarctic Expedition” británica, comenzó la rivalidad entre Scott y Shackleton. Aquel intento fallido de alcanzar el Polo Sur desembocó en una ruptura definitiva. Scott, jefe de la expedición, envió prematuramente a Shackleton de regreso a casa, alegando que era “no apto para el servicio”, mientras este cuestionaba las capacidades de liderazgo de su superior. En el viaje de vuelta, Scott hizo escala en Punta Arenas para despachar en la oficina de correos local unas 400 cartas en las que relataba los resultados de su emprendimiento.

Shackleton no se dejó vencer por el revés. Entre 1907 y 1909 emprendió un nuevo intento, la llamada “Expedición Nimrod”. Junto con tres compañeros logró acercarse hasta apenas 150 kilómetros del Polo Sur, estableciendo un nuevo récord. Sin embargo, el hambre y el frío habían debilitado tanto a los hombres que no pudieron continuar. “Mejor un burro vivo que un león muerto”, comentó Shackleton lacónicamente antes de ordenar la retirada.

Scott, por su parte, no permaneció inactivo. En 1911 organizó otra expedición, decidido a conquistar el Polo Sur como primero. Lo que ignoraba era que, al mismo tiempo, Amundsen avanzaba con idéntico objetivo. El noruego había planeado inicialmente alcanzar el Polo Norte, pero ya en alta mar supo que Frederik Cook aparentemente se le había adelantado. Sin dudarlo, cambió el rumbo de su barco, el “Fram”, y puso proa al sur. En la barrera de hielo de Ross estableció su campamento base y partió de inmediato con cuatro compañeros. Con esquís y trineos tirados por perros avanzaron seguros y con rapidez.

El grupo de Scott, en cambio, que había partido desde otro punto, pronto se vio en dificultades. Primero, su barco, el “Terra Nova”, quedó aprisionado en el hielo. Luego se hizo evidente que los ponis manchurianos y los trineos motorizados en los que Scott había confiado resultaban inútiles en aquel entorno extremo. Los hombres tuvieron que arrastrar ellos mismos los pesados trineos. A pesar de todo, alcanzaron el Polo el 18 de enero de 1912, solo para encontrar una tienda abandonada y la bandera noruega que el grupo de Amundsen había izado el 14 de diciembre en el mismo lugar. Los noruegos ya se habían marchado.

El regreso se convirtió en una tragedia. Scott y sus cuatro murieron de hambre, frío y agotamiento. “Ha ocurrido lo peor, todos mis sueños se han desvanecido”, escribió Scott en una de las últimas entradas de su diario, hallado más tarde junto a los cuerpos por un equipo de rescate. “¡Por el amor de Dios, cuiden de nuestra gente!”

Ni el triunfo de Amundsen ni el trágico final de Scott disuadieron a Ernest Shackleton de intentarlo una vez más. En 1914 organizó una nueva expedición con un objetivo tan ambicioso como temerario: atravesar toda la Antártida a pie. Pero, de nuevo, el hielo impuso su ley. La “Endurance” quedó atrapada y, tras nueve meses, fue aplastada por el hielo a la deriva. Solo cuando comenzó el deshielo la tripulación pudo escapar en los botes auxiliares y alcanzar la remota isla Elefante.

Desde allí, Shackleton y cinco hombres se lanzaron a una travesía casi inimaginable: en uno de esos pequeños botes recorrieron unos 1300 kilómetros hasta Georgia del Sur, donde se encontraba una estación ballenera. “Eran olas extraordinarias, colosales”, escribiría después Shackleton. “Como montañas de agua que venían hacia nosotros”. Un pequeño error de navegación habría bastado para que pasaran de largo la isla y desaparecieran para siempre en el océano.

Posteriormente, Shackleton viajó por las islas Malvinas hasta Punta Arenas. Allí hizo todo lo humanamente posible por rescatar a su tripulación, que había quedado atrás en la Antártida. Finalmente lo logró el 30 de agosto de 1916 a bordo del vapor chileno “Yelcho”, comandado por el capitán Luis Pardo. Cuando los 22 hombres —que habían sobrevivido durante meses alimentándose de carne de pingüino y lobos marinos, así como de algas— lo recibieron entre vítores, se dice que Shackleton exclamó emocionado: “¡No se ha perdido ni uno solo!”

Hoy, en la antigua mansión de Sara Braun, que en su momento más desesperado tendió la mano a Shackleton, se encuentra el “Bar Shackleton”. Fue inaugurado solemnemente en 2005 en presencia de los nietos de Shackleton y del capitán Pardo. Aquí no solo se puede tomar un whisky para espantar el frío, sino también, por la mañana, pedir un café; contemplar las acuarelas dedicadas a la aventura antártica del explorador; dejar que las ideas para un artículo sobre esta figura extraordinaria tomen forma y anotarlas en un posavasos…

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