Pentti Saarikoski, el infante terrible
Víctor Montoya (*)
Pentti Saarikoski, nacido el 2 de septiembre 1937 en Impilahti, cerca de la frontera con Rusia, comenzó sus estudios universitarios a la edad de 16 años y publicó su primera colección de poemas en 1958. Fue considerado “l’enfant terrible” de la literatura finlandesa y uno de los escritores modernista más importantes de la posguerra.
Pentti Saarikoski, que dio a luz 30 obras tanto en verso como en prosa, fue aclamado unánimemente por la crítica especializada desde un principio y, en su condición de erudito y políglota, se hizo célebre con sus traducciones de las obras de algunos autores contemporáneos, como James Joyce, J.D. Salinger, Henry Miller, y con la traducción de una serie de obras clásicas, donde no podían faltar autores griegos y latinos, como Eurípides, Heráclito, Sófocles, Catulo, Homero y Aristóteles.
Abrazó las ideas comunistas durante la Guerra Fría y en sus columnas periodísticas no dejó de satirizar la doble moral religiosa ni criticar la actitud conservadora de las instituciones creadas por el sistema capitalista. Su vida y obra, como en el caso de los poetas que se mueven en las periferias aun estando en el centro de mira de todos, estuvieron marcadas por el alcoholismo y la desilusión.
En sus apariciones públicas, ya sea entre los académicos o amantes de su poesía, casi siempre le acompañaba una botella de aguardiente. Fue en estas condiciones que lo conocí a principios de 1980 en una tertulia literaria en Estocolmo, donde leyó sus poemas en sueco, haciendo gala de su estado ebrio, que en él era ya un estado natural; vestía de manera desaliñada, como si no le importara los qué dirán, y tenía una cinta ancha y de colores sujetándole su alborotada cabellera.
Esa noche, inolvidable para mí, lo escuché leer con una voz gangosa que parecía brotarle desde lo más recóndito del alma: “Una muchacha/ bella como un diente de león/ tomó mi mano y dijo/ Yo soy la luz que te conduce a la penumbra/ No hay por qué alardear de la cosecha cuando recojo papas/ el verano fue seco, yo estaba hecho un haragán/ bello como un diente de león/ Tendremos que dormir con las piernas enlazadas/ y encogidas/ estas camas no fueron hechas para gente de nuestra talla/ Les digo a las urracas que todos/ los hombres de la tierra/ son mis hijos y que la luz eres tú/ bella como un diente de león me conduces/ a la penumbra/ He devorado la ciencia del bien y del mal, el cielo está nublado/ las filosofías y políticas se quiebran como ramas secas...”.
La misma noche de la tertulia me enteré de que vivía desde hace años en Gotemburgo, donde llegó sin más equipaje que un par de diccionarios bajo el brazo, dispuesto a compartir sus penas y alegrías con la catedrática de sociología Mia Berner; la mujer de ascendencia noruega que, a fuerza de sostener una relación nada fácil pero estampada por el sello del amor, lo acompañó hasta los últimos días de su vida.
Se cuenta que Pentti Saarikoski, siempre que podía escaparse de su casa, ubicada en la pintoresca isla de Tjörn, se iba a la ciudad de Gotemburgo, donde compartía sus botellas de aguardiente con los bebedores hacinados en los parques, cansado ya de polemizar con los “intelectuales de pacotilla” y decidido a refugiarse en los bajos fondos de la condición humana. Así pasó los últimos ocho años de su vida en Suecia, considerada su segunda patria, hasta que las garras del alcohol se lo llevaron a la tumba el 24 de agosto 1983 en Joensuu, Finlandia, a los escasos 46 años de edad. Desde entonces, sus restos descansan en Heinävesi, lejos de su tierra natal, en el cementerio del monasterio de Valamo.
No cabe duda de que Pentti Saarikoski, en su modo de vida y escritura, tenía mucho de parecido a Arturo Borda y Jaime Saenz, cuyas obras, como influenciadas por el fatalismo espiritual de Edvar Munch, son el fiel reflejo de esas almas atormentadas, en permanente conflicto consigo mismas y con su tiempo.
“Fue considerado ‘l’enfant terrible’ de la literatura finlandesa y uno de los escritores modernista más importantes de la posguerra. En sus apariciones públicas, ya sea entre los académicos o amantes de su poesía, casi siempre le acompañaba una botella de aguardiente”.
(*) El autor es escritor.



















