La historia sin ellas, una historia parcial
J. Américo Ortega Portillo (*)
Olympia Gouges no recibió clemencia del jurado masculino. Poco antes de ser decapitada exclamó: “Si las mujeres estamos capacitadas para subir a la guillotina… ¿por qué no podemos subir a las tribunas públicas?”. Olympia fue acusada de traición a la revolución, pero para la sociedad revolucionaria y machista de entonces ella cometió otro delito más peligroso aún, un delito de “lesa virilidad”.
Ella se atrevió a redactar la “Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana”. En respuesta la fraternal Revolución Francesa de 1789 le cortó la cabeza en nombre de la libertad y la igualdad, por atreverse a pedir que estos derechos exclusivos del hombre beneficien también a las mujeres. En noviembre de 1793 fue ejecutada por “haber olvidado las virtudes propias de su sexo”.
Como Olympia hay una larga lista de mujeres extraordinarias (Crótula la doctora, Dhuoda la pedagoga, Artemisia la pintora, Juana de Arco la guerrera, Hildegarda la filósofa y Ada Lovelace la matemática, por citar algunas) cuyas acciones fueron invisibilizadas por los dueños de la palabra y la verdad histórica.
La historiadora Itala De Maman, expresó que la ingratitud del varón para con su compañera de vida se puede evidenciar también en la historia de nuestro país, pues los derechos políticos de la mujer en Bolivia y otros países europeos, “aquellos por los que las mujeres hemos ingresado a la participación en las decisiones (voto universal) recién se dieron a partir de la segunda mitad del siglo XX”. La democracia como forma de organización política data de hace 2.500 años, “pero las mujeres no tenemos ni 100 años de práctica democrática en nuestras sociedades”, acotó. “Permitidme que me asombre. Una mujer superior en elecciones no vota, y vota el pillo peor; con sólo saber firmar puede votar un idiota, porque es hombre”.
Entre Eva y María
Resulta sorprendente evidenciar la cantidad de mujeres intelectuales, artistas y de ciencia que habiendo realizado aportes importantes para la humanidad hayan sido relegadas al sótano de la historia. No es de extrañarse, puesto que en el pensamiento de los patriarcas, cronistas y copistas de los siglos V al XVIII, la mujer era la encarnación de Eva o de María, es decir, la culpable del pecado original o la inmaculada y sumisa nazarena.
Esta visión selectiva de “la historia del varón” con respecto al rol de las mujeres es advertida también por Itala De Maman, quien señala que: “La participación de las mujeres en todas las actividades a lo largo de nuestra historia, ha sido recurrentemente invisibilizada. Sólo se las menciona en los casos raros y cuando su accionar ha sido particularmente destacado. Las causas tienen que ver con las características de una cultura que prioriza el accionar de los varones. Como si las mujeres no tuviéramos el mismo valor y capacidad”. “Permitidme que me asombre. Si alguna versos escribe, de alguno esos versos son, que ella sólo los suscribe. Si ese alguno no es poeta ¿por qué tal suposición? Porque es hombre”, escribía Adela Zamudio.
El filósofo Francois de la Barre escribió: “Todo cuanto han escrito los hombres sobre las mujeres debe ser sospechoso, pues son a un tiempo juez y parte”. En consonancia con ello, la filósofa Esther Balboa asegura que es el pensamiento machista que realza las acciones de los varones, cual si fuesen los individuos solitarios protagonistas estelares de la historia. Según Balboa “algunos ‘filósofos’ inventaron la palabra ‘ciudadano’, dando énfasis al individuo varón, olvidando que la base de una comunidad feliz es la familia. Se levantó entonces un monumento al ciudadano solitario (…), a esa especie de vagabundo sin familia predilecto del machismo que defiende una supuesta superior dignidad del varón a costa de despreciar los valores y actitudes femeninas”. “Permitidme que me asombre. Cuánto trabajo ella pasa por corregir la torpeza de su esposo, y en la casa, tan inepto como fatuo sigue él siendo la cabeza, porque es hombre”, escribió Zamudio.
Al no poder condenar a Juana de Arco por herejía, el tribunal sumó a los cargos “el usar atuendos propios del varón”, tras lo cual procedieron a quemarla viva. Respecto a esto, la doctora Julieta Montaño, abogada defensora de los Derechos Humanos de las mujeres, aseveró que el sistema judicial también sojuzgó a la mujer. “Durante milenios fueron invisibilizadas y hubieron épocas como la edad media en la que se castigaba a las mujeres que se atrevían a mostrar su liderazgo, conocimientos y su inteligencia acusándolas de brujería. La historia dominante, cuando ya no puede ignorar el aporte de las mujeres, lo hace resaltando aquellas ‘cualidades’ que la sociedad considera naturales de las mujeres o en lo que tienen de parecido con los varones, pero no con sus rasgos y características personales”, reflexionó.
Otra idea que cuestiona la historiadora Itala De Maman es la de considerar a la mujer como el pilar del hogar, porque implica que todas las labores y responsabilidades domésticas recaigan sobre ella y consecuentemente si algo no funciona bien es castigada, algo que es injusto e inequitativo, comentó. Esther Balboa enfatizó que “el machismo condenó a las mujeres a optar entre dos alternativas igualmente frustrantes: o vivir en la catacumba familiar con la etiqueta despectiva de ‘ama de casa’, o vivir como hombres en un mundo de hombres. Así surge otra ideología: el feminismo que insiste en la idea de una perfecta igualdad masculina y femenina, con el argumento de que muchas mujeres pueden hacer las mismas cosas que los varones”.
Balboa reclamó que en este siglo XXI el machismo sea cada vez más descarado e hipócrita en su supuesta intención de liberar a las mujeres, “mientras aniquila la idea de familia y oculta el aporte femenino en todas las áreas de la sociedad (…). El padre de familia se convirtió en el típico visitante dominguero (…) y las mujeres continúan con sus luchas para transformarse en mujer florero. Es decir, que adorna las reuniones varoniles que tratan de asuntos importantes como la religión, la política, la ciencia y la familia”, criticó. “Permitidme que me asombre… ¡Oh mortal privilegiado, que de perfecto y cabal gozas seguro renombre! para ello ¿qué te ha bastado? Nacer hombre”, insistía Adela Zamudio.
¿Historia de las mujeres?
Si la historia oficial es de los varones, ¿es posible construir una historia de las mujeres? En el entendido de que todo lo que hasta hoy se ha escrito sobre las mujeres fue elaborado desde la óptica de los portadores del poder de la palabra, es urgente corregir ese histórico error y hallar las huellas que dejaron destacadas mujeres en el transcurso del tiempo.
La interrogante de líneas arriba --que en principio sólo era eso-- hoy se está convirtiendo en una realidad y afirmación dado el propio ímpetu con el que las mujeres reclaman su lugar en la historia, rompiendo ese celofán tenue, casi imperceptible pero asfixiante con que han sido envueltas por aquello que Julieta Montaño llama “el modelo patriarcal de sociedad”; es decir, el sistema político, social, cultural e ideológico por el que la mujer es puesta al servicio del varón.
De haber sido soslayadas por la historia oficial, poco a poco van constituyéndose en sujetas sociales e históricas, resignificando su rol, rescatándose del olvido selectivo, reconstituyendo cada hebra de la historia que tejieron desde el principio de los tiempos, probablemente desde antes de la propia historia del varón. Se yerguen hoy como seres con capacidad de tomar la pluma y de escribir con caligrafía propia su paso por el tiempo, sin esperar la mano del copista, historiador o cronista.
Sin la valentía de Malala, el arte de Frida, el verso de Zamudio, las alas de Pavlova, la lucidez de Curie, la fe de Teresa, la sensibilidad de Montessori, es evidente que la historia de la humanidad es una obra parcial e incompleta.
(*) El autor es comunicador social.






















