Un asesinato horrible
He tenido acceso al video con audio de un momento de la agonía del joven Javier Canchi. He podido escuchar a este casi niño pedir que lo maten, clamar por morir, porque los dolores que estaba sufriendo ya no los podía aguantar. Ha implorado su muerte, allí en el lugar donde sus verdugos lo dejaron y otras personas lo encontraron y llamaron una ambulancia. Y como sabemos ha muerto un par de días después en el hospital Viedma de Cochabamba.
Aunque ésta ha sido una semana con un importante tema político, me refiero por supuesto al canalla proceso que el Gobierno le ha abierto a Samuel Doria Medina y la postergada audiencia, quiero dedicar esta columna a la memoria de ese joven, víctima de uno de los más alevosos crímenes que alguien se pueda imaginar, ser quemado vivo prácticamente por dentro y por fuera, en la medida en que no solo le rociaron gasolina, sino que le hicieron tomar el combustible, antes de prenderle fuego.
No tiene sentido hablar de lo móviles que tuvieron los otros jóvenes, casi niños también al parecer, que cometieron esa atrocidad. Lo que espanta es la sangre fría, la brutalidad, la total falta de caridad y compasión y eventualmente la supina estupidez y el embrutecimiento de esas personas.
Y tratándose de jóvenes, no de una mafia organizada que busca efectos aleccionadores y amedrentadores cuando comete un crimen de este tipo, la reflexión se vuelve más dura y debe ser más profunda. La sociedad boliviana es una sociedad fallida. No, no somos la reserva moral de la humanidad, no podemos estar orgullosos de nosotros mismos, no estamos haciendo algo mal, estamos haciendo muchas cosas mal.
Los niños, los adolescentes, los jóvenes son un reflejo del comportamiento de los adultos de su sociedad, y lo que tiene que espantarnos. ¿Cuáles son las características que tenemos como sociedad que se ven reflejadas en ese atroz y brutal comportamiento que no merece siquiera ser llamado de salvaje?
En primer lugar, por supuesto los linchamientos, los intentos de linchamiento y las amenazas de los mismos. No señores, no son casos aislados, son parte del cotidiano, de hecho las amenazas, con los muñecos colgando de los faroles, o con amenazas concretas pintarrajeadas en las paredes que son parte del paisaje de buena parte de los barrios de la ciudad de El Alto.
Parte de la educación de los niños bolivianos en los barrios marginales está relacionada con ese tipo de mensajes directos y subliminales respecto a la violencia, por lo que se vuelve una normalidad la posibilidad de quemar viva a una persona. Y esta apología del más brutal de los delitos es vista por las autoridades, ediles y nacionales, con una complacencia que termina siendo una aceptación de ese código de comportamiento. Camino a la escuela es posible que un enorme porcentaje de niños vean esos anuncios y esos monigotes.
La muerte de Javier Chumpi no debe quedar impune, se debe encontrar a los autores, y se los debe castigar de acuerdo a las leyes vigentes, pero también debe llamar a debates de distinta índole. Por un lado, sobre la imputabilidad de menores de edad, sobre todo en estos casos de crímenes de lesa humanidad. Pero es también importante una concienciación colectiva respecto a los linchamientos. Pareciera absurdo y ocioso el hacer una campaña condenando la quema de seres humanos vivos, de seres vivos, pero tal parece que estamos en un nivel tan primario como sociedad que es en realidad un imperativo.
¿Tuvo que ver en esto el consumo de drogas o de alcohol de los perpetradores? Es posible. Uno de los escenarios donde se movían los miembros de la pandilla que supuestamente cometieron el crimen es una chichería. Toca investigar, insisto, no sólo para hallar a los responsables, sino para entender un tipo de conducta que nos debe estremecer a todos, y que no puede dejarnos en la indiferencia.
El autor es operador de turismo.
Columnas de AGUSTÍN ECHALAR ASCARRUNZ
















