Las élites depredadoras
Nos haría bien simplificar la realidad aceptando el concepto de élite de Pareto que la definía “como aquel que es el mejor en su profesión así sea el de las prostitutas”. Especificando, a la élite política pertenecen todos los políticos en la medida en que participan de la estructura de privilegios del Gobierno multinivel.
Si bien el oligarquismo de camarilla y la intuición empresarial del liderazgo de la clase política ha sido llevada demasiado lejos, esto no ha dejado de tener consecuencias en tanto el declinante funcionamiento de la democracia y en cuanto el distanciamiento entre gobernantes y gobernados. Sus intereses movilizan a gente de primer orden así como a segundones que nos hacen caer en una paradoja: no obstante de que a los Gobiernos llegan los peores, estos inmediatamente se convierten en los mejores para crear privilegios y generar ingresos ocultos; rápidos de reflejos hacen lo que quieren, construyen caminos a ningún lugar, realizan grandes obras públicas de deficiente calidad, realizan compras estatales de maquinaria, equipos y mobiliario con sobreprecios; las élites colonizan todo espacio en el que puedan participar de los privilegios del Estado depredándolo en medio de una dudosa legalidad y sin ninguna sanción a los comportamientos corruptos.
Las élites depredadoras se organizan en enclaves estatales para convertirse en capitalistas mediante la ciencia del engaño político; aparentando ser confiables mutan a una casta política por la diferencia de ingresos ocultos y desmedidos respecto de los de abajo. El Estado para la élite depredadora es más que un instrumento de dominación, es la máquina de los sueños que hace valer la etiqueta del rango (presidente, ministro, diputado, gobernador, alcalde, juez, coronel, autoridad sindical, rector, etc.) para expandir privilegios; las élites depredadoras buscan algo más que enriquecerse ilícitamente, planifican la reproducción de su poder a largo plazo utilizando las entidades públicas como fuente inagotable de ingresos y como dispositivo irremplazable para el clientelismo patronal. El cartel de las élites depredadoras focaliza sus instintos delincuenciales hacia el saqueo de los recursos públicos, convirtiendo a los Gobiernos en zonas de ejercicio de poder descarnado, de maquinaciones, de destrucción clandestina y de ambiciones irrefrenables.
Las élites depredadoras son responsables del desbordamiento del individualismo posesivo, de la privatización de lo público, de la conversión del Estado en una zona fuera del alcance del ciudadano corriente y del retorno estatal al arcaico sistema de botín; dado que una conciencia enteramente desligada de los intereses es una ficción, grafico al político depredador con la obra de los hermanos Strugatsky que imaginan un espacio malévolo, una Zona más allá de la ley en la que de cuando en cuando aparecen objetos con los cuales se puede hacer una fortuna; la Zona ha dado lugar a una nueva profesión cargada de intrepidez e inescrupulosidad, la de los merodeadores una especie de marginales y subversivos que (motivados económicamente o no) arriesgan su vida, su salud y su libertad en incursiones ilegales a la Zona.
El triunfo de las élites depredadoras es atribuible a fallas de la democracia pues no ha podido protegernos de prácticas antidemocráticas; si de algo han servido las pulsiones democráticas ha sido para mejorar las oportunidades vitales de los depredadores de los bienes comunes. La bella imagen de la democracia está en entredicho por la acción depredadora de las élites que la han instrumentalizado a su favor haciéndola irrelevante para la ciudadanía; todavía los políticos y los analistas tienen una idea mistificadora de la democracia cuando en realidad hay una democracia sin demos e invadida por depredadores.
El autor es docente emérito de la UMSA
Columnas de MARCO ANTONIO SAAVEDRA M.



















