La seducción de los inocentes
No se puede subestimar la importancia de la cultura visual y la profundidad de dominio que logra alcanzar; las estrategias de mentira y los abusos del lenguaje de la clase gobernante en la civilización digital tienen por objeto desfigurar la comprensión de realidad de la gente humilde y destruir su sentido de verdad, unas veces inducen a los pobres a ver cosas que no existen y otras manipulan el pensamiento ciudadano para encubrir los intereses coludidos de los poderosos. Como el discurso engañoso y el poder seductor están a disposición de la clase dominante y, en el teatro de las apariencias visuales todo el aparato comunicacional del Estado está diseñado para seducir a los inocentes, la víctima de la escenografía seductora por regla es el ciudadano común.
La gente inocente aspira eternamente la llegada del jefe carismático para ser liberada de todos sus males y, cuando éste llega gobierna a los inocentes ocultándoles los síntomas del mal o no diciéndoles nunca la verdad. Que los discursos de los gobernantes oficialistas y opositores son engañosos y que le mientan recurrentemente a la gente está claro; parece claro también que hay muchas maneras con las que se seduce a los inocentes y otras tantas artes con las que los poderosos manipulan las pasiones de la gente humilde.
Viendo que los excesos verbales son engañosos o que los discursos nunca dicen la verdad, pongamos ejemplos de cómo los poderosos establecen una relación de engaño con el saber colectivo. El decir que “Si hace 100 años hubiera habido otro Evo, no hubiéramos perdido el mar…”, que “Álvaro es insustituible”, que en este gobierno no se encontrará corrupción y que exministros están de taxistas y comerciantes, que el gobernador de La Paz justifique la nociva influencia de su mujer en lo público bajo la figura del “chacha-warmi” o, que los Demócratas del oriente combatan la corrupción estando involucrados en actos de corrupción, esconde la voluntad de los gobernantes de defraudar la ley y, revela una vieja práctica política de seducir a los inocentes con escenografías estafadoras.
Hasta aquí se puede decir que la seducción de los inocentes consistió en un reformismo radical hecho por revolucionarios que nunca hicieron la revolución. La nueva alegoría política del “proceso de cambio” ha sido eficaz para legitimar la praxis ascendente de nuevas elites que desde el poder han dictado las reglas de juego: someterse, ceder, humillarse y rebajarse son las auténticas “virtudes” para ocupar un puesto en el gobierno, en las gobernaciones y en las alcaldías, a los peores les tocó estar “arriba” y son ellos quienes dictan qué es altura, es decir, su propia altura; toda mente creadora y toda crítica contra la vida inferior practicada en las alturas del Estado constituyen actos peligrosos, subversión, ceguera, pecado.
La mejor receta del poder psíquico del poder del Estado es controlar el pensamiento popular con emociones baratas, los populismos de izquierdas en el poder insisten en moldear ciudadanos dóciles y obedientes para desestructurar cualquier nueva escala de valores que se oponga a los malos gobiernos. Esta forma de relacionarse entre autoridad y pueblo mediante el oscurecimiento mistificador de enunciados empobrecedores y de la vaguedad excesiva al atribuirle poderes salvíficos al primer mandatario, es la forma más extrema del populismo que concibe estratégicamente a la gente como gente inocente fácilmente seducible e incapaz de pensar por sí misma. No cabe duda que las alegorías de gobierno penetran con intensidad distinta en las organizaciones sociales y en la ciudadanía, mal haríamos al decir que estas terapias de adhesión y seducción de los inocentes carece de capacidad unificadora y de fuerza vinculante entre la variedad de adictos al régimen. Sin embargo, seducir a la gente inocente con interpelaciones exiguas y desacreditadas tiene una carga acusatoria en contra de una nueva clase dominante que opera mediante la manipulación ideológica y se sirve de un Estado fuerte para vender medias verdades a una sociedad debilitada y crecientemente tutelada.
El autor es politólogo y docente emérito de la UMSA
Columnas de MARCO ANTONIO SAAVEDRA M.





















