La mezquindad del poder
Cuando los gobernantes utilizan como su único e injustificable expediente ya sea las amenazas y el miedo o las promesas de recompensas, no se puede motivar a las personas para promover el bien común de toda la sociedad. Cuanto más gelatinoso el poder, más se rigen nuestras vidas por incentivos y miedos inmediatos y, menos posibilidades tenemos de marcar el curso de nuestras acciones y trazar un plan para el futuro. Como escribía Toynbeei: “El flautista que ha perdido su poder seductor, ya no puede hacer mover los pies de la multitud y, si en medio de la cólera y el pánico trata de convertirse en un sargento instructor, y coartar por la fuerza física al pueblo, que ya no puede dirigir por su antiguo encanto magnético, entonces destruirá segura y rápidamente su propia intención, pues los seguidores que habrían vacilado y perdido el paso cuando se extravió la música celestial, serán estimulados por un latigazo a declararse en rebelión activa”.
Las utopías son estáticas, en cuanto estas son siempre programas de acción disfrazados con la máscara de una ideología descriptiva figurada. El ideal de la homogeneidad comunal, que era el motivo político de la especial antipatía con la oligarquía agroindustrial, ha sido arrollada con el tiempo, por la necesidad de los procesos económicos-productivos. Detener la caída, es la máxima a que aspiran la mayor parte de las utopías, puesto que estas extraordinariamente pueden concretizarse en la sociedad, después que sus miembros han perdido la esperanza de un desarrollo posterior.
En lugar del nacimiento de una sociedad proba, igualitaria y justa, la nueva burguesía indígena centrista, al adquirir la suficiente experiencia, destreza y capital propios, se ha sentido capaz de usurpar el lugar de los deteriorados partidos políticos. Expresiones que profieren dudas sobre la honorabilidad de los gobernantes son disparadas indiscriminadamente por los unos contra los otros. Vivimos momentos en que la buena fe de las personas se la pone en duda más que nunca, donde se destacan cuatro fenómenos que actúan recíprocamente y caracterizan nuestra sociedad: la exclusión efectiva de la mayoría de la población de una participación significativa en el sistema político; el control, subordinación y descrédito de gran parte de los medios de comunicación; los límites de la capacidad del Estado para el control efectivo de la población por la fuerza, y el paulatino pero substancial despertar de la población en la toma de conciencia sobre su futuro.
Los compromisos sociales se basan en el reconocimiento de la interdependencia entre las experiencias de los distintos miembros de la sociedad, lo que implica obligaciones recíprocas en sus relaciones económicas, políticas y sociales. La percepción del hecho de que la mayor prosperidad de algunos podría ir acompañada de la miseria persistente de los otros, refuerza la exigencia de un nuevo compromiso político-social específico a favor de los menos favorecidos y marginados.
El autor es economista
Columnas de ALBERTO PONCE FLEIG
















