Las “formas” detrás del poder
Al igual que con el ave Fénix y sus ciclos de quinientos años, los amagos de reelección del presidente Morales, nos conducen en un sentido particular de la historia a la destrucción de su propio orden político-social encarnado en la Constitución del 2009. Enraizado en el imaginario colectivo, se asume que para que exista la práctica política, ésta tiene que habitar dentro de una estructura de gobernanza, una “forma” que dé sustento a ciertos principios, lo que significa que la identidad colectiva forjada en una Constitución responde a convenciones arquetípicas, que se distinguen a partir de la predominancia de los pocos o de los muchos. Estas “formas” políticas, se reconocen por sus instituciones, prácticas y su concepción de la ciudadanía. La idea de una “forma” también implica una manera de ser y comportarse en correspondencia a los valores y principios entronizados.
Averiguar lo que profundamente contiene en su interior la Constitución muestra elementos contradictorios o en conflicto, lo que augura la corrupción de sus principios fundamentales. Hurgar en sus palabras, trasluce la prioridad condicionada, de revalidación de la demanda interpuesta por el MAS, a partir de la acumulación de subterfugios para permanecer en el poder.
El advenimiento del MAS en la vida política del país, irradiado con una sinfonía de trompetas, representaba el grito de dolor y la rebelión de los excluidos. Melodías liberadoras consustanciadas con verdades metafísicas empáticas con el radicalismo, prometían la transformación del quehacer político, a partir de la nueva CPE, cuya importancia radicaba en que, de manera simultánea, legitimaba y contenía, o por lo menos regularizaba, el ejercicio de la autoridad del nuevo Estado.
La dimensión de la presente coyuntura puede retratarse como la tensión entre la conservación de la situación actual, la destrucción del andamiaje oficialista o la creación de algo nuevo. Tres dimensiones representadas fundamentalmente por las figuras del oficialismo que encarna la conservación, una oposición caduca que pregona la destrucción, y una juventud más participativa que cree en la innovación. El gobierno se encuentra en un trance de nihilismo igual que la oposición, que muestran la fatiga de la decadencia y necesitan beber del tónico de la regeneración, una píldora de irreverencia doctrinal como consuelo a la moral de la obediencia y sometimiento a los directores de orquesta que se resisten al cambio. La lucha es la batalla suprema, la renovación y regeneración debe forjarse a través de una terapia de choque generacional. La vida prospera en el cambio, el desafío y los extremos; la continuidad conduce al estancamiento y la decadencia. “Tribus guerreras conquistan el poder, florecen y caen, exclusivamente para que el poder se pierda en las manos de una nueva tribu”. La creación como dolor, en consonancia con la destrucción creativa, opuesto al estancamiento del paradigma agonizante.
El autor es docente universitario
Columnas de ALBERTO PONCE FLEIG
















