La promesa
La evidencia de que la “revolución cultural y democrática” no ha sido la concreción de la utopía anunciada, sino un gran ardid para la conquista y permanencia en el poder, nos obliga a preguntarnos: ¿cómo es posible todavía seguir hablando y escribiendo hoy sobre la “repostulación” presidencial? Es decir, ¿qué actitud equilibrada tendría que adoptar el electorado boliviano ante la insistencia de prorrogar la gestión gubernamental, máxime después del referendo de febrero pasado? En la teoría política del “contrato social”, la “promesa” como expresión de voluntad, equivalente al juramento de cumplir los deberes de un cargo o función de acuerdo con las leyes, juega un papel fundamental en la legitimación de cualquier régimen político, por lo que quizás, la pregunta crucial es ¿cómo sostener la “promesa” que yace en la legitimidad del poder político al mismo tiempo de contrarrestar la violencia que se deriva de las prácticas del uso del poder?
Todo promesa conlleva el compromiso del cumplimiento de sus términos por las partes involucradas y, para asegurar que las condiciones existentes sean suficientes para el cumplimiento de los preceptos, o para que nadie esté tentado a no mantener su parte del pacto, los proponentes del contrato social instituyen el poder soberano en el pueblo, que está por encima de las partes y, es el que asume la autoridad absoluta. La Constitución Política del Estado como expresión de la voluntad soberana del pueblo, cumple las funciones de regular la “asociación política”, limitando el poder de los gobernantes, y cuya jerarquía coadyuva en dilucidar los compromisos “públicos”, en aquellas situaciones en las que están en conflicto los planes, aspiraciones y demandas de sus miembros
Lo importante desde el punto de vista político no es que la élite gobernante formule opiniones acerca de sus necesidades o esperanzas partidarias, sino que exprese una noción general de las aspiraciones de la sociedad. Esto sólo es posible si el caudillo llega a reconocer que su vida personal está imbricada en la articulación de la sociedad política, es decir, cuando percibe una relación entre lo que le preocupa y desea como persona individual y lo que la sociedad busca como metas y finalidades generales. En otras palabras, una opinión se vuelve políticamente pertinente y vinculante cuando trasciende las preocupaciones e intereses meramente privados del individuo y es posible relacionarla con lo general.
La insistencia en el supuesto carácter contradictorio de la argumentación oficial referida a la “repostulación” del primer mandatario, ha de entenderse como una mera pose discursiva excéntrica, que esconde las intenciones de su perpetuación en el poder. No comprender esa ambivalencia significa no comprender el signo trágico del entusiasmo del oficialismo personificado en la expresión más ferviente de manada y de resentimiento. Desenmascarar las intenciones sombrías del accionar gubernamental, ocultas en el pensamiento maniqueo de sus dirigentes oficiosos, es una responsabilidad de todos, como también denunciar los desmanes del autoritarismo. Si se quiere evitar la autocracia, no hay más remedio que fomentar el pluralismo, la tolerancia y la libertad, o más exactamente que ningún poder pueda bloquear nuestra memoria induciéndonos al olvido y la apatía. La ceguera ideológica las más de las veces distorsiona la realidad y conduce inevitablemente a la liquidación de toda institucionalidad.
El autor es sociólogo.
Columnas de ALBERTO PONCE FLEIG






















