¿Tolerancia?... si estás de acuerdo conmigo
Como dice el refrán popular, “todo depende del color del cristal con el que se mira”, refrán que viene a cuento por comentarios sobre algunos hechos que se han conocido las últimas semanas en columnas, debates en medios audiovisuales y, sobre todo, en el campo de batalla de las redes sociales.
Probablemente los que más han ocupado espacio son las reacciones ante la exhibición del cuadro de una pintora orureña en la que la Virgen María aparece en paños menores y sobre una morenada compuesta por Los Kjarkas respecto a una relación poco romántica.
He tratado de leer las posiciones de las mismas personas sobre ambos temas, y resulta que he encontrado una apasionada defensa del derecho a la libre expresión de la pintora orureña ante los ataques de grupos de católicos que consideran la obra una ofensa al culto mariano y la Iglesia, en un país en el que la mayoría profesa esa religión --además, lo han hecho utilizando adjetivos que ya quisieran conocer las autoridades de gobierno para descalificar a sus cuestionadores.
Pero, la mayoría de las personas que defendieron a la pintora y agredieron a sus detractores ha llenado de insultos a Los Kjarkas por su composición, exigiéndoles –no pude establecer con qué autoridad-- que se disculpen y retiren la canción del mercado.
No he encontrado, pues, una misma vara de medición. Personas de bien me han dicho que los objetos de ataque o defensa, la pintura de la Virgen María y la canción del conocido grupo musical, se encuentran en diferente plano, y pueden tener razón. Pero, en ambos casos, se debe ser consecuentes y no argüir libertad de expresión en unos y exigir censura en otros, cuando de producciones culturales se trata; sería mejor opinar lealmente respetando nuestra conciencia y las normas en vigencia, y aplicar similares criterios para enjuiciar los hechos.
Puede agregarse a ese espíritu la forma en que muchos medios han cubierto el proceso que se le sigue en Estados Unidos al expresidente Gonzalo Sánchez de Lozada y a quien fuera su último Ministro de Defensa. La pasión política se impuso en la mayoría y no sólo que se cambió el término del dictamen emitido por el jurado que conoció el caso, “responsabilidad” por “culpabilidad”, sino que hasta en algún periódico se cambió el apellido del exministro. Y en las redes, salvo algunas excepciones, los comandantes de la guerra cibernética no sólo comentaron sobre una información errada, sino que trataban de homologar el caso a sus particulares simpatías o antipatías sectarias.
Estoy convencido de que uno de nuestros problemas a enfrentar es cómo doblegar el temible y atávico autoritarismo que está escondido dentro de nosotros, que hace que sólo aceptemos lo que nos parece bien o nos conviene, y nos sintamos con el derecho de cuestionar (incluida la agresión) a quienes piensan diferente.
Esta actitud se ve reforzada por la pedagogía de intolerancia que cotidianamente irradian las autoridades estatales y que, al parecer, se va introyectando en nuestra psiquis. Para ellas, el disenso es traición que obliga a que se elimine a su portador.
Así, lamentablemente, crece una bola de nieve que terminará asfixiándonos a todos.
En ese ambiente, hablar de diálogo resulta una quimera, porque no es posible debatir entre quienes se creen portadores de la verdad que además de no escuchar los argumentos del otro y refutarlos condignamente, lo agreden y descalifican.
Es decir, impera la tolerancia siempre y cuando estés de acuerdo conmigo…
El autor fue director de Los Tiempos entre 2010-2018
Columnas de JUAN CRISTÓBAL SORUCO QUIROGA

















