La casa del sol naciente
“Hay una casa en Nueva Orleans, la llaman la casa del sol naciente. Y ha sido la perdición de muchos niños y niñas pobres, lo sé porque soy uno de ellos”, así reza la canción con la melancólica melodía de tres tiempos.
Algunos la recordarán, otros quizá ni la imaginan escrita, menos cantada. Sin embargo, esta canción marca un hito en el rock. La bailamos, nos enamoramos con ella y la entonábamos en las guitarreadas nocheras.
Al entender la letra mejor, es una canción protesta, protesta de fuerza y de pena de una sociedad que frustra y no da opción sino a la perdición.
Pensilvania tiene su casa del sol naciente, una casa de terror con las torturas más impresionantes, con una estructura de perdición muy bien montada y muy bien preparada.
Curas, individuos a quienes se entregaba la confianza más grande, a quienes los veían sus víctimas como los que iban a protegerlos. Y no, esa sarta de criminales sexuales, mantuvo su reino dentro del más temible de los justificativos. “Estaban equivocados, no lo harán más” y el crimen continuaba. Se protegía como la mafia más mafiosa, como el crimen organizado más letal. Sus víctimas, niños y niñas, individuos que necesitaban la protección total y que estos locos, enfermos y demonios aprovechaban para fingir protección.
El Papa acaba de reaccionar con “dolor y pena”. La pena y el dolor de la Iglesia que debe traducirse en recompensa a las víctimas y reconocimiento de que son víctimas. Víctimas y de una estructura eclesiástica que ha rehusado admitir sus brutales faltas. Y víctimas de una organización que tiene que demostrar que ha cambiado. No más errores como el de Chile. No más cohecho ni protección al criminal.
Economista
Columnas de CARLOS F. TORANZOS



















