Malas noticias
Estuve de viaje en tierras que se hicieron cercanas y, al unísono, muy lejanas.
Cercana fue España ya que pude, una vez más, descubrirnos como latinoamericanos en muchísimos aspectos de esa formación social: Desde la sofocante burocracia hasta la redención que suele traer el “festejo”, somos más españoles de lo que nos gusta admitir. Duele pues aceptar que somos hijos de una violación.
Luego, entre las arboladas calles de Países Bajos, ratifiqué que son reales los rincones donde funciona la socialdemocracia, por tanto, prima mayor noción de lo que implica el cuidado del bien común. Qué lejos sentí a Bolivia en esos momentos. Más todavía al comentar las noticias que llegaban de nuestra infortunada tierra: El robo de vanagloriados “símbolos patrios” cuando un edecán del Palacio de Gobierno “hacía hora” en un burdel. De yapa, un prepotente y autoritario diputado beodo desnudó su patética anatomía en pleno aeropuerto.
Uno creería que son chistes o tal vez suculentas metáforas que pueblan la ficción del realismo mágico y el realismo maravilloso. Pero no, es lo que hay. Lo peor es que no transcurre semana sin que nos tengamos que desayunar algún escandalete que ilustra con creces el manejo de lo público en Bolivia y la calidad ética de los que nos gobiernan, confirmando el aterrador temor colectivo, el certero augurio de sabios dolientes: los “Olañetas” y “Melgarejos” casi siempre son el prototipo de gobernantes y funcionarios desde que se consolidó nuestro enclenque Estado.
Dos noticias más se sumaron a la comi-tragedia boliviana, hechos que hacen pasar de la risa al escalofrío. Al tiempo que en eventos internacionales el Gobierno continúa adjudicándose la vanguardia en la defensa de la “Pachamama”, en la praxis tangible se empecina en construir una carretera que atraviesa un área protegida de invaluable valor ambiental para los secos valles de Cochabamba y para un país que se va quedando sin selvas y áreas verdes y, por si fuera poco, transgrediendo un territorio indígena. Más de paso, solamente faltaba que adeptos del famoso régimen “defensor de los derechos de la Madre Tierra” impidieran el ingreso a una zona del Tipnis de un Tribunal internacional que, precisamente, ampara a la “Madre Tierra”. Paradójico che. Mientras como extranjera en lares lejanos una se la pasa clamando por el absurdo de las fronteras en este diminuto punto de luz que llamamos planeta, sucede que en mi país de origen existen territorios “sitiados” y en los que hordas autoritarias no permiten el libre acceso y circulación. Salta el obvio cuestionamiento (del que todos sabemos la respuesta): ¿Qué se busca ocultar a un Tribunal internacional cuya función es el resguardo del medioambiente?
Finalmente, eriza la piel el escuchar a los gobernantes “celebrar” porque este régimen es el más longevo de la historia. Me pregunto de qué nos perdimos en el estudio de las teorías políticas para que, de un tiempo a esta parte, sea motivo de festejo el perpetuarse en el gobierno, cuando se supone que el espíritu de una democracia descansa en el contrapeso, la alternancia y en un mínimo de institucionalidad que coloca frenos al poder. Sólo los monarcas, emperadores, autócratas y caudillos despóticos (y/o aspirantes a ello) ven al poder como un bastión con el objetivo de eternizarse y hay que tener alma de cura, militar o burócrata para aspirar a un Superestado que en lugar de reducirse, se potencie. Y si ese es el “cambio”, paren el tren que me quiero bajar.
La autora es Doctora en Ciencias Sociales
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA


















