“Felicitas a tu colega, pero…”
“Qué nota tan fuerte”, afirma un amigo al inicio de su mensaje. Y, luego, me pide felicitar al autor del artículo “La muerte marcó para siempre a vecinos y víctimas de Huayllani”, que publicó Los Tiempos, el domingo, al cumplirse un mes del enfrentamiento de cocaleros, que pedían el retorno de Evo Morales, con policías y militares.
La felicitación dura poco, porque casi de inmediato lanza una lista de observaciones sobre qué vinieron a hacer los cocaleros. “¿No estaban armados, cuál era su objetivo… y qué más buscaban? quemar, destruir”, cuestiona.
Su opinión sobre ese reportaje no es la única. Al contrario, muchos piensan como él. Incluso antiguos compañeros del gremio, que hace tiempo tomaron otro rumbo, alejados de las exigencias y dura dinámica de este oficio, aseveran que los redactores militan en algún partido olvidándose de que lo único que importa es avanzar en la búsqueda de la verdad.
Si bien todas esas opiniones son respetables desde sus perspectivas, es necesario comprender que el periodismo es un servicio que difícilmente se adscribe a una tendencia política, porque su misión es otra y transciende ese tipo de mezquindades.
Cada periodista libra una batalla personal cada vez que sale a cubrir un conflicto. Claro, no todos lo saben, no lo comprenden así ni tienen que lidiar con esos recuerdos. Son cosas que unen a las personas y las comprometen más con los principios del periodismo: verdad, independencia, humanidad, responsabilidad y equidad.
Quienes están en la primera línea saben, además, que todos esos principios se pueden resumir en uno solo: respeto por la vida. De ahí que los lamentables hechos ocurridos en Cochabamba con la muerte de 13 personas en Huayculi (Quillacollo), Huayllani (Sacaba) y la zona sur, con una víctima de la Resistencia, hayan calado con tanta fuerza en los periodistas que fueron testigos de la confrontación.
La autora es Editora de la sección Metropolitana de Los Tiempos
Columnas de KATIUSKA VÁSQUEZ




















