¡México, AMLO y sus noches tristes!
A esa noche del 30 de junio de 1520, se le aparecen, con frecuencia, fantasmas grotescos, con penachos, lanzas y oro que encandila. Son los ecos de los gemidos del dolor y la muerte. De las lágrimas de Hernán Cortés llorando la guadaña de la tragedia a manos de los mexicas, en Tenochtitlan.
Brota el llanto histórico, de aquí y de allá, del pasado que se hace espejo enterrado en el presente y que se repite como el eterno retorno, una y otra vez.
Dicen las crónicas de Indias con sobrado desasosiego que los que se salvaron de la muerte fueron los que decidieron deshacerse de las joyas y del oro, en cambio, los que iban cargados del metal luminoso murieron. De más de mil tlaxcaltecas aliados apenas quedó un puñado.
Bernal Díaz del Castillo detalla en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España:
“Y mirábamos toda la ciudad y las puentes y calzadas por donde salimos huyendo; y en ese instante suspiró Cortés con una gran tristeza, muy mayor a la que antes traía, y por los hombres que le mataron antes.. Acuérdome que entonces le dijo un soldado que se decía el bachiller Alonso Pérez (que después de ganada la Nueva España fue fiscal y vecino en México): ‘Señor capitán, no esté vuestra merced tan triste, que en las guerras estas cosas suelen acaecer’, y Cortés le dijo que ya veía cuántas veces había enviado a México a rogarles con la paz; y que la tristeza no la tenía por una sola cosa, sino en pensar en los grandes trabajos en que nos habíamos de ver hasta tornarla a señorear”.
¡Sí! A ese 30 de junio de 1530, se le presenta el fantasma con penachos y oro de poder, como ese 2 de octubre de 1968, día en que la matanza en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco se convirtió en una gigantesca nube negra que causó lluvia de dolor sin resignación y tiznó de tristeza los corazones acongojados de los mexicanos.
En su libro, Los 68, Carlos Fuentes anota lo siguiente: “Lago de Tlatelolco, trono de sacrificios. (…) Tlatelolco era sitiado por la muerte, el tzompantli, el muro de las calaveras contiguas, superpuestas, unidas unas a otras en un inmenso collar fúnebre, miles de calaveras formando la defensa y la advertencia del poder en México, levantado, una y otra vez, sobre la muerte”.
Y también, un 26 de septiembre de 2014, nuevamente las lágrimas negras volvieron a dar brotes de lilas en la tierra muerta, para mezclar memoria y dolor.
El llanto de la emboscada y la negra vigilia esperando que los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa, en Iguala, no tengan igual destino que tantas y tantas noches tristes mexicanas. Pero nada se igualó al terror de Iguala, rectifico, todo se equipara a la descarnada idea de obedecer al monstruo de la corrupción, la impunidad, la narcopolítica y los cárteles que cercenan la cabeza de la ley, cuando el destino es el poder corrupto, el dinero ensangrentado y el trono maloliente bajo los cuerpos incinerados de los inocentes.
Esa es la gran dicotomía de Andrés Manuel López Obrador: jugar a dos bandos peligrosos: prometer, demagógicamente que se puede abatir la violencia, la muerte y el terror del narcotráfico y dar mensajes equivocados de austeridad y prioridad a asuntos delicados de un México envuelto en sangre.
El Gobierno de Andrés Manuel López Obrador gastó casi 2 millones de pesos (unos 106 mil dólares), para llevar a Evo Morales a México. ¿Acaso ese no es un revés político y un insulto social de AMLO a los mexicanos que claman seguridad, justicia social y paz?
El Estado Mayor de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), la Comandancia de la Fuerza Aérea Mexicana (FAM) y la Dirección General de Administración detallaron los gastos hechos durante el trayecto por los siguientes conceptos:
La recarga de turbosina del avión Gulfstream (modelo G550, matrícula XC-LOK y número de registro FAM3916) se realizó en los siguientes aeropuertos internacionales:
Lima, Perú; Asunción, Paraguay. En total, el gasto por este concepto fue de 1 millón 395 mil 17378 pesos.
En ambos aeropuertos, el Gobierno mexicano desembolsó 476 mil 522 pesos.
En total, el gasto hecho por la administración de AMLO para trasladar a Evo Morales a México fue de 1 millón 871 mil 696 pesos.
De acuerdo con el Gran Diario de México, citado en librenoticias.com, la bitácora del viaje realizado por la Fuerza Aérea Mexicana quedó en reserva por cinco años; es decir, el 11 de diciembre de 2024 el documento podrá ser consultado por el público en general.
El gobierno de México confirmó el lunes que 2019 es el año con más asesinatos en las últimas dos décadas.
De acuerdo con el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP), entre enero y diciembre pasados se cometieron en el país 34.582 homicidios dolosos.
Esto representa un aumento de 2,5% con respecto a 2018, que hasta entonces fue considerado el período más violento.
Los feminicidios, secuestros, trata de personas y denuncias de extorsión también registraron un aumento.
En 2019 se reconocen 1.006 asesinatos de mujeres, un aumento del 10,3% con respecto al año pasado.
Las extorsiones registran el mayor incremento en las estadísticas de incidencia delictiva. En 2018 se denunciaron 6.606 casos, y el año pasado los casos fueron 8.523, un aumento de 29%. (BBC)
“¿La ilusión? Eso cuesta caro. A mi me costó vivir más de lo debido”, cavilaba Dorotea en Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Juan Preciado se encuentra ante un pueblo deshabitado, lleno de fantasmas, con olor a muerte que, al final, provoca la suya producto del terror y del desconcierto. Comala podría ser la nada, pero también el todo. Un lugar irreal pero terriblemente real, donde habitan muertos vivientes, devorados, día a día, por la desilusión. Un pueblo que muere por sí mismo y que no lo mata nadie. Un lugar que se deja ir, se deja morir.
¿Vivir de ilusiones? ¡O de esperanzas! ¡O tal vez de una constante lucha por dar luz intermitente a las noches tristes de un México que canta al dolor y a la muerte. Como la Noche Triste, en Tenochtitlan, la de la Plaza de las Tres Culturas de Tratelolco, las decenas de cruces en Ciudad Juárez, los 43 de Iguala y las que siguen sumándose, no como una maldición, sino como un encargo histórico que no da tregua. El encargo marca el llano en llamas de un México de contradicciones, así como se alegra, se solaza y se festeja, se sucumbe, se despide, se entrega la vida, se muere, pero igual se festeja.
Vivir para morir, o morir para vivir. Octavio Paz analiza con detenimiento una dicotomía contrapuesta pero ineludible para entender la estructura social y cultural de un México apasionado y apasionante en su desarrollo histórico. En el laberinto de la soledad, Paz, desgarra las entrañas de un México exquisito pero profundamente contradictorio. “La contemplación del horror, y aun la familiaridad y la complacencia en su trato, constituyen contrariamente uno de los rasgos más notables del carácter mexicano. Los Cristos ensangrentados de las iglesias pueblerinas, el humor macabro de ciertos encabezados de los diarios, los velorios, la costumbre de comer el 2 de noviembre panes y dulces que fingen huesos y calaveras, son hábitos, heredados de indios y españoles, inseparables de nuestro ser. Nuestro culto a la muerte es culto a la vida, del mismo modo que el amor, que es hambre de vida, es anhelo de muerte. El gusto por la autodestrucción no se deriva nada más de tendencias masoquistas, sino también de una cierta religiosidad”.
Esa religiosidad se va haciendo identidad. Ese gusto por la autodestrucción es su páramo, es su llanto y su festejo.
Pero también es su túnel que no halla la luz. México se reinventa en medio del dolor y la necesidad de curar sus heridas, al centro, está ese espíritu de plantarle cara al fantasmagórico rostro de la Catrina.
México es un país en el que conviven identidades, conciencias, virtudes e insatisfacciones que llenan de gozo los desasosiegos, pero también es un país en el que se perpetúan los vacíos, en el que se muere. “Aguas estancadas” que no fluyen, se aferran a su sistema, a su gobierno. Los dolores son de cada día: corrupción, crimen organizado, tráfico ilícito de drogas, injusticias y decesos.
Mientras tanto, las palabras de los demagogos y populistas como Peña Nieto y AMLO, respectivamente y tantos otros que gobernaron el México lindo y querido, se van haciendo tacos enrollados que son tragados tranquilamente y sin aparente preocupación de un solo bocado.
El autor es comunicador social
Columnas de RUDDY ORELLANA V.

















