Los murciélagos y la peste
La vez que uno se da el tiempo y la humildad requerida para prestar atención a los seres vivos que nos rodean, se lleva maravillosa sorpresa. Todas y cada una de las criaturas vivientes son extraordinariamente complejas, al punto que los científicos se van haciendo más humildes al reconocer que –en parte debido al antropocentrismo con que “medimos” lo que sea– todavía sabemos muy poco de otros seres vivos. Si ni siquiera terminamos de conocer el misterio de nuestro propio cerebro, ¿qué podemos decir respecto de otros entes vivientes?
El murciélago es uno los seres más asombrosos que existen. De sus extremidades superiores brotaron alas, lo que los constituye en el único mamífero que vuela. Poseen sentidos del oído y olfato de sorprendentes alcances, perciben el ultravioleta y cuentan con un sistema de magnetorrecepción, que les permite orientarse con el campo magnético de la tierra.
Además de todo eso, el murciélago es crucial para la renovación del ecosistema: es polinizador, coadyuva a la dispersión de semillas, controla la proliferación de insectos. ¿No es suficiente aquello para dejar pálido a cualquier “superhéroe” humano?
Este animalito (junto con tantos otros) ha visto cómo gradualmente se le destruye su hogar y espacio vital.
De acuerdo on lo que muestra un reportaje de Nadia Barreiro, el sudeste asiático ha sufrido un proceso de deforestación extrema, como consecuencia del crecimiento de la mancha humana que invade bosques y los reemplaza por urbanizaciones, sin planificación. Y como los animales, simplemente, no conciben que el planeta tenga dueño, cuando no se extinguen, les toca adaptarse a las insanas condiciones y a convivir de cerca con el ser humano.
Lo terrible es que esta historia se repite en demasiados rincones del orbe. ¿No nos suena familiar a los bolivianos que continuamos viendo cómo en nuestra cara nos arrebatan lo que queda de bosques, selvas, áreas protegidas, parques nacionales en nombre del “progreso” y bajo la presión del “crecimiento” urbano?
Más de paso, según el reportaje mencionado, el murciélago también es víctima del despiadado comercio de fauna silvestre en China. ¿Ello no suena familiar a los bolivianos? ¿No será que Bolivia quiere posicionarse en las listas negras que trafican con animales silvestres?
Es decir que el famoso virus que a muchos quita la salud, el sueño, el trabajo, las sencillas ganas de caminar por un parque, es (por enésima vez) secuela de las acciones homínidas, ya que se transmitió del murciélago, al humano.
Paradójico karma que deviene de un ser que mayormente trae enormes beneficios al mismo humano y a la vida, pero al que arrinconamos, avasallamos y maltratamos, generando un desequilibrio que hoy nos escupe brisas de muerte.
Posiblemente la humanidad requiera justamente eso, una sacudida. A ver si este asunto del coronavirus nos ayuda a reaccionar, a ubicarnos y entender que si devastamos bosques y selvas, que si sádicamente irrespetamos sin necesidad a otros seres vivos, las consecuencias llegarán tarde o temprano para recordarnos que somos apenas un bicho mortal más.
La autora es socióloga.
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA














