Abracemos la Tierra
Varios cientistas sociales, politólogos, filósofos y biólogos han hecho una serie de análisis de la sociedad que a futuro emergerá de esta pandemia. Una de las premisas de las que se parte es que la especie humana es el verdadero virus.
El ser humano, hoy recluido, arrinconado, es el único que destroza su propio hábitat. Sin embargo, a lo largo de la historia se constata que esta misma especie que devasta es la que crea, inventa, sueña, avanza, llega a la luna mediante la poesía o una nave, y tiene actitudes altruistas.
En estos meses, las acciones y muestras de solidaridad se han dejado sentir, principalmente con los ancianos y sectores vulnerables. Pues un imperativo es el aprovisionamiento de alimento. En varios países, bajo carteles que dicen “si necesitas toma, si te sobra dona”, las evidencias de cooperación mutua han salido a flote.
Podemos ir más allá, investigadores en materia de pandemias y virus, están buscando y probando el tratamiento eficaz y la vacuna para la Covid-19. En una carrera contra el tiempo, varias universidades han puesto a toda máquina sus departamentos de investigación. La inteligencia, el conocimiento nos sacarán de esta situación. No todo está perdido.
Hemos hecho tanto daño a la naturaleza con un modelo extractivista y de explotación, bajo el presupuesto que ella estaba a merced nuestro. En esta cuarentena, muchas fotos muestran la manera en la que la naturaleza se está recuperando en el silencio y quietud de las ciudades. Los animales han ocupado calles, parques, jardines, plazas, fuentes de agua en varios lugares del planeta. A modo de recordarnos que ellos tienen un lugar importante en el mundo, osos, lobos, monos, ciervos, elefantes, ardillas, vizcachas, peces, delfines etc., se han hecho sentir.
Circulan en las redes fotos de una manada de elefantes cruzando una carretera en Tailandia. Monos y ciervos en avenidas, osos y otros animales no domésticos en parques, peces nadando en los canales en Venecia. La contaminación atmosférica bajó, la calidad del aire mejoró en ciudades donde la polución mataba gente.
Las aguas de los canales de Venecia se tornaron cristalinas, como aquí las del “río Rocha turbió”, al ritmo de la canción. El aire está más puro, se puede admirar las montañas que semanas antes no se divisaban por la contaminación. Los trinos de los pájaros han regresado y son el único sonido que se escucha en las plazas. Un panorama que nos dice que aún no todo está perdido. Abracemos la Tierra.
El no contacto nos ha arrinconado a la individualización, dicen varios análisis. Sin embargo, hemos encontrado medios para acortar distancias y la tecnología permite hacer frente a la soledad y lograr acercamiento con cualquier ser querido, de cualquier lugar del planeta. Las redes sociales, los celulares, teléfonos y las teleconferencias hacen posible vernos los rostros, escucharnos las voces, dedicarnos tiempo, y conversar para sentirnos acompañados y acompañadas. Una muestra más de que no todo está perdido: podemos ante las adversidades tender puentes de comunicación y cariño. Y estamos convencidos de que, si el problema es profundo, estructural, en este barco estamos todos. Por tanto, la salida es colectiva.
Por último, frente a la frivolidad y al consumismo, la cuarentena también nos da un respiro para consumir solo lo imprescindible y lo estrictamente necesario. Gran lección que nos da un resquicio de esperanza, de que no todo está perdido, de que hay la posibilidad de organizar la vida de otra manera. Que las calles y avenidas, sean ocupadas por bicicletas y peatones. Que respire el planeta. Abracemos la Tierra.
La autora es socióloga y antropóloga
Columnas de GABRIELA CANEDO VÁSQUEZ
















