Cochabamba: Nada que festejar
Hoy Cochabamba no tiene nada que festejar. Al contrario, tiene mucho, o todo, de qué lamentarse. La desgracia que la azota no es solamente la pandemia. Es institucional. Roban el Alcalde y la alcaldía, roban en Tránsito, roban en Comteco, roban jueces y fiscales, roban en la Universidad. El río Rocha está hecho una acequia pestilente y la atmósfera es la más contaminada, es decir la más cochina, de toda Sudamérica, mientras el vandalismo salvaje contra los árboles está miserablemente extendido y nadie le pone coto. La una vez querida Plaza Colón, ahora pelada y llena de árboles muertos, está peor que nunca; el Parque Tunari, malherido e invadido, a la par que se demuele y deja caer lo mejor del centro y la fealdad crece sin parar.
La que una vez fue, o pudo haber sido una Ciudad Jardín, como el mito persiste en llamarla, hace rato que no sólo dejó de serlo, sino que traicionó esa íntima promesa que tenía. Toda ciudad alberga dentro suyo, también, a otra ciudad prometida, que es ella misma y que la espera. Cuando ocurre lo contrario, esta es más bien traicionada, abjurada e incluso pervertida.
Cada uno de los puntos señalados en el primer párrafo (y que no son los únicos) podría extenderse, desarrollarse, denunciarse y estudiarse. No los comentaremos, aquí, uno a uno, como se merecerían. Ya todos los conocen. Planteada y reconocida la existencia de este largo libro de reclamos quedan dudas acuciantes.
¿Podrá un día recuperarse Cochabamba de sus males, o ser recuperada por sus ciudadanos? Tras una serie de alcaldes a cada cual peor ¿podrá retomarse algún día la alcaldía, podrá darse el milagro de que llegue un alcalde medianamente decente y con sentido? Parece difícil. En una alcaldía se mueve muchísimo poder y dinero. Una alcaldía es un gran bocado de alimañas. Disputársela es muy difícil.
Pero eso es lo que tendrá que hacer la ciudadanía: disputarle la alcaldía, y la ciudad, a las corruptas alimañas que la secuestran para sí. A menos que, a la misma ciudadanía, le dé igual y se acomode a ello. Y acabe de perderse la ciudad.
Tal vez, aparte de la expulsión de las alimañas, se necesita también un cambio de pueblo. Como dice Gabriel Zaid, “un pueblo que no se deje asaltar, que no busque los coimas ni las muñecas, que exija un pleno Estado de derecho.” No un pueblo de cómplices. Ni activos ni pasivos.
Hasta que llegue ese bendito día, que parece muy lejano, tendremos que aguantar y seguir sufriendo. Quien vaya a la Plaza Colón se encontrará con que no hay un banco con sombra, que Leyes arruinó el puentecito (poniéndole un estúpido mármol negro que siempre parece mugriento), que hace años arruinaron la fuente del medio, que ese festival de jacarandás, buganvilias y magnolias que era la Colón, ahora es un pelado cementerio de árboles.
Y las sucesivas, ciegas alcaldías no se dan cuenta de que tienen que regalarle un reloj al Hospicio. Y habrá que seguir tapándose los oídos, cada mañana, ante la ya insoportable musiquilla y voces que les ocurrió incorporar, maldita la hora, a los basureros. Y habrá que dejar de pasar por la Plaza Principal por las noches para ni ver, de disgusto, ese caso de extrema estupidez estética con que le pusieron luces rojo/amarillo/verde a la única fuente linda de Cochabamba. Y habrá que seguir leyendo en los periódicos, cada día, una nueva barbaridad más. Un nuevo robo. Una nueva exacción.
Y, cuando en septiembre la ciudad se llenaba de gloriosos jacarandás florecidos y era un gusto pasear por algunas calles, resulta que ahora se les dio a muchos vecinos por vandalizar cruelmente esos mismos jacarandás, que son propiedad pública. Que “ensucian” dicen ellos. Eso, exactamente, es lo que Medinacelli llamaba “chatura espiritual” (y que, en cierto sentido, es la que acabó matándolo). La condición de plantas y árboles de una acera, en efecto es un gran indicador de la dimensión espiritual, digamos, de un pueblo, de una ciudad. La “chatura espiritual” de Cochabamba, siguiendo tal indicador, es pavorosa. Es la que está matando, si no lo ha hecho ya, la posibilidad y la promesa de una Ciudad Jardín.
El pensamiento sobre la ciudad ha generado mucha y buena bibliografía. La misma definición de ciudad ya obliga a afinar los ojos y la inteligencia. Una ciudad, para Sartre, es la “ubicuidad de la ausencia”. Para J.L. Nancy “la aparición de un desaparecer”. Definiciones que nos dejan pensando. Más larga, menos general, es la de Robert Scholtus: “La ciudad es, todo junto, abrigo y pasaje, estancia y calle, recogimiento y dispersión, refugio y errancia”.
Cada cual buscará su ciudad, definirá su ciudad, se hará cargo de lo que pueda –o de nada. En el mejor de los casos la ciudad posible, la ciudad prometida, está ahí, esperándonos. Ir hacia ella, hacerla y defenderla, no traicionarla, es cosa de todos.
El autor es escritor
Columnas de JUAN CRISTÓBAL MAC LEAN E.


















