Monopatines en Cochabamba
Habrán notado que en algunas zonas de Cochabamba hay ciudadanos de todas las edades circulando en monopatines eléctricos celestes (a veces verdes), deslizándose con una velocidad apreciable y con una fluidez silenciosa admirable, casi como una escena de una película del futuro. Con la llegada de las empresas Walawa y Trippy, nuestra ciudad está incorporándose a una innovación en transporte y recreación que, si bien está presente en otras ciudades del mundo hace ya un tiempo, recién está llegando también a ciudades más grandes como Nueva York (empezando una prueba piloto en el Bronx).
Es un sistema que nos pone a junto a la vanguardia mundial en transporte alternativo y ambientalmente sostenible. A bajo costo, sin obligarnos a gastar en el vehículo, podemos desplazarnos por toda el área cubierta por su servicio, sin contaminar con gases ni ruido, y sin soportar atascamientos y demoras. Solamente se paga por el tiempo que uno use y al llegar a destino se deja el monopatín para que otro lo use, y por tanto puede uno recurrir a otro que esté al alcance en un parqueo cercano. Toda la información y los pagos a unos toques del celular. Así de simple.
Sin embargo, como toda innovación ésta enfrenta también algún rechazo en muchos ciudadanos.
Entre las principales críticas que me tocó escuchar a estos emprendimientos está el que no hay garantías para que sus usuarios respeten las normas de tráfico, como si hubiera algún tipo de garantía para que esto suceda entre conductores públicos o privados, pues bien sabemos que las licencias de conducir tampoco aseguran el cumplimiento de reglas de conducción y conducta. No deja de ser sorprendente el frecuente reclamo en nuestro medio por más regulaciones, pues incluso analistas profesionales parecen creer que el grado de desarrollo de un sector económico depende de que tenga o no regulación. Ya lo vimos antes con empresas como Uber: “¿cómo van a operar si todavía no hay regulación para eso?”. Como si el hecho de poner previamente trabas a los emprendimientos, en un país donde el empleo y la autosuficiencia son absurdamente precarios, fuera la clave para incentivarlos a crecer y desarrollarse.
Otra de las críticas es la que se ejemplifica con los reclamos por la instalación de parqueos para estos monopatines (nada más simple que un poste donde amarrar el vehículo) reclamando por qué se les dejó instalar en una zona residencial, con el argumento de que “después van a venir a instalarse anticucheras”. Como si esto fuera una consecuencia natural de aquello. Pero lo que particularmente parecía llamar la atención de esta persona era que “dejan que cualquiera venga a molestar con tal de ganarse unos pesitos de más”. Esto nos recuerda la triste realidad que en este país el lucro sigue siendo una mala palabra, en lugar de ser visto como el motor que permite que se hagan inversiones que generen empleo y bienestar.
Otra crítica notable apunta a exigir que estas empresas asuman una mayor responsabilidad por la seguridad de los usuarios. Estos vehículos no alcanzan velocidades altas y son increíblemente fáciles de manejar. La misma empresa recomienda que sólo una persona aborde el vehículo, que no sea usado por menores de 18 años, que uno use su propio casco y se desinfecte las manos antes y después de usar el aparato. Más allá de eso, me parece que exigir mayor responsabilidad por tu seguridad a esta empresa cae dentro del paternalismo al que estamos tan acostumbrados. A esa tendencia de librarnos de nuestra responsabilidad individual y apuntar el dedo hacia “los que lucran a costa nuestra”, como si nosotros mismos no tuviéramos la libertad de subirnos o no a uno de esos monopatines, y la consecuente responsabilidad de actuar con cuidado hacia nosotros y respeto por los demás.
Finalmente, está el tema del precio. A alguna gente parece no causarle una buena impresión que este vehículo de alta tecnología, totalmente amigable con el medio ambiente, cueste más que un trufi pero menos que un taxi. Al final de cuentas la apreciación individual del precio corresponde a cada usuario y el mercado definirá el mismo para que tanto los clientes como la empresa salgan beneficiados de su relación.
Por el momento, debido al precio levemente mayor de este medio de transporte, el mismo no parece haber pasado por el radar de los transportistas públicos, lo cual es sumamente favorable, porque no me quiero ni imaginar lo que sucederá con estas empresas el momento en que los sindicatos los vean como una amenaza a su estilo de vida, donde la competencia y constante mejora son virtualmente inexistentes.
Puedo imaginar las muchas trabas burocráticas y regulatorias que han tenido que superar estos emprendedores para empezar a ofrecer este servicio en la ciudad, pero el hecho de que ya se encuentre operando entre nosotros amerita un aplauso no sólo a los emprendedores arriesgados sino a la alcaldía de Cercado, que finalmente terminó aprobando su funcionamiento. En última instancia será el mercado el que defina el éxito de estas empresas si la gente de Cochabamba crea una verdadera demanda por este servicio ciertamente innovador, con alta tecnología, y de uso fácil y ameno. El precio adecuado se irá definiendo con el tiempo.
Todavía está por verse si el éxito de este servicio lo convertirá en un medio alternativo de transporte público, o será simplemente una actividad recreacional y turística, pero en cualquiera de los casos es una solución mucho más efectiva y pintoresca que instalar nuevos teleféricos en la ciudad despilfarrando recursos públicos que bien pueden ser mejor usados en salud y educación, tan necesarios en estas épocas. Aplaudamos la iniciativa de estos jóvenes emprendedores que de manera totalmente independiente están apostando por ayudar a convertir a Cochabamba en una verdadera ciudad del siglo XXI, a pesar de sus ciudadanos.
El autor es economista e investigador social
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