Estados fallidos e inviables
En el campo internacional existen las teorías del Estado fallido y del Estado inviable, con sus respectivas diferencias formales.
Catalogan como Estados inviables a aquellos que conquistaron su independencia en los siglos XIX y XX y que hasta el presente no han podido conquistar su soberanía. Estos Estados se debaten en la pobreza, el autoritarismo, la dependencia, con economías débiles generalmente basadas en el extractivismo, constituyéndose en sociedades violentas, caóticas e ingobernables.
Conceptúan a los Estados fallidos como aquellos que no pueden dotar ni de servicios básicos a su población, no cuentan con riquezas naturales suficientes para sobrevivir, acrecentándose la miseria. Sus cartas de presentación son la corrupción política y la ineficacia judicial de las que se desprende el resto de las degeneraciones del Estado, característica también presente en el Estado inviable.
En muchos de los Estados fallidos el poder es detentado por poderosos grupos ligados al narcotráfico, por lo que algunos teóricos hacen referencia a la existencia de narcoestados, catalogados como un peligro para la comunidad mundial.
En realidad, sólo existen matices diferenciadores formales entre los llamados estados fallidos e inviables, sólo nos queda el recuerdo de la reticencia de Bolívar para constituir Bolivia como Estado, a cuyo propósito se puede afirmar que nuestro país jamás vivió tan monstruosa desmantelación institucional como la de hoy. Ni en las guerras del Acre, del Pacífico, del Chaco, ni en la truculenta Guerra Civil Federal encontramos hecho destructivo tan inaudito.
Bolivia está sumida en el horror, el terror, el descontrol, la violencia y el imperio de la delincuencia en general. Los buenos han sido sustituidos por los malos, la vergüenza o dignidad personal, de hombres y mujeres, está desapareciendo.
Todo es normal, desde el carterista que opera en los buses, pasando por los funcionarios públicos que exigen coimas para procesar un trámite, hacen troya con respiradores hospitalarios, con ítems fantasmas, ambulancias fantasmas; hasta los basurales (vertederos) son fuente de riqueza malhabida. Secuestros, asesinatos, “arreglo de cuentas” a punta de bala; sobreprecios en construcciones públicas, venta libre de sustancias controladas en universidades, colegios y hasta en escuelas. El sistema judicial se ha encanallado, hay operadores judiciales que venden sentencias y cargos, el delincuente puede ser administrador de justicia y el inocente puede estar en la cárcel.
Las personas en las calles, plazas, lugares de trabajo, en los restaurantes, seguramente también en los servicios higiénicos tienen enclavados sus ojos en el teléfono celular provocando profunda disociación social llevada a la idiotización. Se tendría que escribir toda una enciclopedia para referir la inmensidad de actos anormales convertidos en normales y todo dentro del criminal marco de la Covid-19. Mientras tanto reaparecen momias políticas con la ilusión de pescar en río revuelto, son insaciables en su ambición.
El lector tendrá que definir si Bolivia es un Estado fallido, inviable o si estos dos status no son más que mentiras para ofender al Estado de Bolivia.
El autor es jurista
Columnas de GONZALO PEÑARANDA TAIDA

















