Nocturno de Cochabamba (II)

Columna
BITÁCORA DEL BÚHO
Publicado el 15/09/2022

En ese tiempo y en ese espacio que también son pasado. La noche tiene un brillo natural en la mirada risueña de adolescente. La magia se definía no como un sentido romántico ni como un destino poético, aunque, implícitamente, contenía esas características, pero que, cuando se es joven, “por siempre joven”, como dice la canción de Alphaville, no importaban estas consideraciones. 

Lo que interesaba era estar entre amigos, disfrutar el momento exacto en que el tiempo parecía detenerse y hacerse eterno. Bailar un apechugado con la novia más hermosa del universo.

Llevarla de regreso a su dulce hogar a las 8:00 o 9:00 de la noche, cumpliendo estrictamente el juramento a los padres de la amada que, más que un juramento, era una cuestión de vida o de muerte en la peligrosa e incipiente “guerra” del arte de amar. 

Conducir un coche del 69 por las calles semivacías de la ciudad. La San Martín, emblemática; la 25 de Mayo, angosta y silenciosa; la Perú (ahora Heroínas), ancha y ajena. Mientras sonaba, en la vieja radiocasetera, Supertramp, invitando a tomarse un “Desayuno en América” o “La canción lógica”, con una letra tan acorde a su edad: “Cuando era joven, parecía que la vida era tan maravillosa. Un milagro, oh, fue hermoso, mágico”.

Siempre que podía, paseaba las calles de Cochabamba con desenfado. De sur a norte, era un paseo con los ojos cerrados, sintiendo la belleza, Dios, familia, libertad, amistad, cine, lectura, amor, tiempo. Sentimientos que Carlos Fuentes los define en su libro, En esto creo, como una suerte de diccionario de la vida. 

Él amaba Cochabamba. De noche, la ciudad era un sueño tranquilo: sin bullicio y sin tormentos.

Sentía que ese tiempo y ese espacio eran infinitos, sólo suyos. Era, en consecuencia, un prisionero voluntario. Un reo de nocturnidad, en el mejor sentido de la palabra. Opuesto a la narración del escritor, Alfredo Bryce Echenique, en Reo de nocturnidad: oscuro y delirante. 

De adolescente, el tiempo no existe, es un mito, una irrealidad. 

Cochabamba era una ciudad que apenas se descubría a sí misma. Su mundo “era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

La llegada de la televisión fue otro mazazo en la testa de una ciudad virginal y de barrio. El blanco y negro del nuevo juguete fue también el inicio de otra filosofía de vida en colores. También, claro está, de nuevos retos. 

¡Aquí, hay que ser honestos! 

Saber direccionar con maestría la antena exterior para captar una señal nítida de la caja chica era un curso intensivo en el tejado de la casa. La familia agradecía ese sacrificio sobrehumano y el barrio entero podía informarse a cabalidad sobre las maniobras técnicas desarrolladas en el techo de tejas coloniales o de calamina chirriante: ¡Ahí está bien o muevo un poco más! 

¡Déjala ahí, no la muevas! 

Era la respuesta y el premio a la excelencia.

La programación en jornada dominical era simple pero contundente. “Carta de ajuste” a las 10:00 a. m. 

El espectáculo estaba servido. “Abuelito Tino”, “El súper ratón”, “Daniel Boone”, “Los secretos de Isis”, “Santallazos”, “Los tres chiflados”, “El Zorro”. 

Ya en horario vespertino, “Rin tin tin”, “El hombre nuclear”, “Mi bella genio”, “Los Beberly Ricos”, “La mujer biónica”, “Sandokán”, “Perdidos en el espacio”, “La mujer maravilla”, “300 millones”, “Dallas”. 

Aventuras, amor, destreza, drama, novelas y amistad. Reunían a los amigos de barrio, y juntos, invadían la sala de casa para conectarse en esa magnifica red social que era estrictamente presencial. 

A las 8:00 o 9:00 de la noche se rompía el encanto. La voz de mamá era, de nueva cuenta, el mazo que se estrellaba el silencio de la reunión de camaradería. 

¡Hora de dormir, mañana hay colegio! 

Él adoraba Cochabamba. Podía pasarse horas enteras sentado, mirando las aves en las copas de los árboles de la plaza 14 de Septiembre, caminar las angostas calles adyacentes y llegar hasta la España.

Los carteles en el frontis del Teatro Achá anunciaban un espectáculo casi browniano. Zulma Yugar, Enriqueta Ulloa, Jenny Cárdenas, cantándole al amor y al olvido.

En la puerta del teatro, con voz apoteósica, estaba un ave convertida en humano. El pregonero callejero más emblemático e increíble que tuvo Cochabamba anunciaba los espectáculos del fin de semana. Recio y de pocas pulgas, amenazaba con su mirada punzante si no se le tomaba en cuenta en sus pregones a voz en cuello. 

Roberto Loayza, alias El Águila, dominaba las artes persuasivas de la publicidad de oreja a oreja. Era un maestro declamador. Un as de la lisonja. Un verdadero filósofo griego. 

Sus pasos y sus gritos sobrevivían en el fragor de las calles. Frente al teatro Adela Zamudio, en El Prado, o en el estadio Félix Capriles, anunciando los partidos de Wilstermann o Aurora. 

Sin confundirse entre las bocinas de los coches y los afanes de la muchedumbre, su voz se abría paso. A veces la gente pasaba displicente sin ver las alas viejas y tristes de esa Águila errante, agitador, anarquista, bohemio, revolucionario y poeta de la calle que se resistió a la muerte hasta ese fatídico 1 de julio de 2008. 

El Águila dejó de volar. Murió en el Hospital Viedma. Su voz se apagó a los 70 años y se doblegó a la recta caprichosa de su existencia y se fue pregonando la vida, su memoria, su soledad y sus sueños adormecidos. 

Cochabamba, 2022.

Contradiciendo a T. S. Eliot, en Cochabamba, septiembre es el mes más clemente: hace brotar ulalas y jazmines de la tierra muerta, mezcla memoria y deseo, remueve lentas raíces con lluvias primaverales. “Óyeme como quien oye llover, ni atenta ni distraída, pasos leves, llovizna, agua que es aire, aire que es tiempo”, dice el poeta Octavio Paz. 

Cochabamba no es la tierra baldía pero, ciertamente, ya no es tierra soñolienta. Sólo queda el goce de la memoria y el deseo.

Memoria y deseo, para invocar hechos suscitados en algunas calles adoquinadas o de tierra. Escarbar los recuerdos en fotos y en cartas de los que ya no están. La esquina curtida por el juego con los amigos que ya desapareció. El lenguaje metafísico y natural. La jerga de adolescente. “Quicosa”, “enay”, “ñachar”, “ch’acharse, “camote”, “ch’iti”, “feto”. O la pasión por construir un volador de papel crepé. Correr sin mirar el horizonte, elevar la cometa hasta lo más alto e irse relamiendo las heridas de lobo solitario. El molino ya no está, pero el viento sigue, todavía. 

“Sólo que me queda el goce de estar triste, esa vana costumbre que me inclina / al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina”. (Jorge Luis Borges, 1964).

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