La magnanimidad y la justicia
Magnanimidad y justicia son dos conceptos que parecerían no ser conciliables. La primera es una virtud que dispone hacia el dar más allá de lo que se considera normal. Alguien tiene el derecho de desalojar a una familia deudora, cuenta con la orden judicial, fuerza policial, etc. Pero, siente compasión de esa familia que no tiene a dónde ir, y les concede un nuevo plazo para que se queden un tiempo más. Y, si es rico, tal vez se puede permitir ser magnánimo y perdonarles la deuda, dejando sin efecto el desalojo. En cambio, la justicia es hacer lo debido, lo que corresponde hacer, sin sensiblerías. Habrá atenuantes, descargos que pueda presentar un sindicado de un delito, pero no le servirán para eludir la sanción que deba imponérsele. Los administradores de justicia valorarán la situación, le rebajarán la pena, pero, aunque les cuenten una historia muy triste, sentenciarán de acuerdo a derecho.
En el caso de Claudia S.E., la madre cuya dramática historia recogió un diario argentino, Infobae. Ella cometió un delito. Intentaba introducir, desde Santa Cruz vía Salta, un kilo de cocaína en el interior de una maleta con doble fondo, a cambio de lo cual recibiría 500 dólares. Fue descubierta, juzgada y sentenciada a purgar el delito en una cárcel argentina. Pero había una razón para la acción delictiva de Claudia: su hijo había sido diagnosticado con cáncer y, desesperada, aceptó ser una “mula”. Con ella en la cárcel, el niño Fernando, “Chumita”, empeoró y solo esperaba la muerte. Claudia había estado rogando al juez federal que le conceda la excarcelación temporal para poder despedirse de su hijo antes del desenlace fatal.
El juez federal de Jujuy, Ernesto Hansen, inicialmente, negó la posibilidad de esa excarcelación temporal, pues consideró que su argumento era como el de la mayoría de las “mulas”, que era exponer la enfermedad de su hijo para evadir su responsabilidad. Pero, ocurrió el milagro de un largo reportaje que le hizo vía telefónica a Claudia el citado Infobae. A los pocos días, la nota logró el ablandamiento del juez, pues se presentaban certificados médicos de la enfermedad terminal de Chumita. El resto todo los sabemos: llegó Claudia, pudo reunirse con el niño antes de que este fallezca el 17 de octubre y, luego, retornar a la cárcel.
Sin embargo, la magnanimidad argentina fue más allá. El fiscal federal de Jujuy levantó los cargos y pidió al juez federal de esa provincia que confirme el cierre de la causa. Claudia, a estas alturas, ya debe estar en libertad. La ====dura lex==== se había compadecida de una desdichada mujer.
¡Ah, pero qué diferencia con lo que pasa en nuestro país! Aquí prima la mezquindad, la extrema dureza. Marihela Valdés, la exsubgerenta regional de operaciones que denunció el desfalco, del impresentable Pari, de 37 millones de bolivianos en el Banco Unión (y, cosa rara, presa por eso) no pudo despedirse de su padre en el lecho de muerte.
Primero, tuvo que batallar para que se le dé detención domiciliaria a causa de su salud colapsada. Luego, enfrentarse a la tozudez de la jueza Claudia Castro, que por nada quiso firmar el trámite. Y no lo hizo, finalmente. Fue otro juez quien firmó. Ya con la detención domiciliaria, su pesadilla continuaría. No le admitieron que visite a su padre, muy anciano y con la cadera rota. El padre sin poder movilizarse para ver a su hija y la hija sin permiso para despedirse de su padre, así las cosas.
Los demás países nos enseñan buenos ejemplos de convivencia compasiva y, en cambio, nuestros jueces, fiscales, se ensañan con el prójimo. Y, a propósito, cabe preguntarse a quiénes, verdaderamente a quiénes, Marihela Valdés les “arruinó” denunciando al desfalcador Pari, para que decidan freírla en aceite hirviendo. La desdichada Claudia, traficante de un kilo de cocaína, delincuente de poca monta, ya está en procura de su libertad, porque es lo “justo” humanamente. Marihela, que no se robó un céntimo de los millonazos de bolivianos, sigue con la espada de Damocles sobre ella. No solo no hay magnanimidad para la ex funcionaria del Banco Unión, sino que tampoco hay justicia.
La autora es comunicadora social
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