Amor y solidaridad en tiempos de crisis
Parafraseando un título del genial Gabriel García Márquez, en otra columna se afirmaba que el mundo será diferente, para mejor, cuando esta pandemia se supere, porque el amor se ha manifestado como fuerza primordial del espíritu que está dotado de actividad volitiva y es una fuerza creadora de valores.
Simplemente vaya por las calles cuando es su turno por el número de su cédula de identidad y comprobará que la voz, el tono y la expresión corporal de la gente son nítidamente amables, aunque por el barbijo o máscara protectora no se pueda observar la totalidad de gesticulación del rostro, empero, con los ojos es suficiente. Aun en las filas, pese a la distancia obligada, pues ahora se debe hacer fila para todo, aflora la cortesía y la proclividad a ayudar. Otro antecedente respaldatorio es el incremento de las llamadas telefónicas para interesarse por el prójimo.
¿Cuál es la razón generadora de este cambio?, naturalmente es la crisis, pero más importante es que el amor saca de su aislamiento a la personalidad individual conduciéndola a devenir “nosotros” en las varias formas primordiales de la comunidad humana.
Observen lectoras y lectores que esta crisis ha aliviado el displicente y desamorado trato que las potencias industriales asignan a la naturaleza y que ocasiona que cada vez se debilite más la capa de ozono; en estas pocas semanas de paralización de la incesante y demente producción, aquélla ha mejorado ostensiblemente a plácemes de la población mundial consciente. Suficiente y conmovedora prueba de la erudición de la naturaleza.
El amor está radicado en el conocimiento del valor, su intensidad puede elevarse sobre la claridad del conocimiento y, además, repercutir en él. El amor no es un mero sentimiento de deleite ni un aislado sentimiento superior y no puede equipararse, como muchos lo conciben, a la tendencia puramente instintiva, aun siendo sublimada.
Lo que es cierto, es que el amor íntegramente humano puede acrisolarse con el instinto para constituir una totalidad vivencial y elevarlo, como medio de expresión en los humanos, a un sentido superior, lo cual acontece con el matrimonio u otra forma de convivencia o unión sentimental, mas, por sí sola , la proclividad en cuanto tal apunta a la satisfacción del apetito de los instintos, mientras que el amor afirma y crea el valor.
El amor y el respeto no se excluyen mutuamente, mejor, son dos aspectos de una actitud fundamental del ser espiritual y personal, es decir, el amor es el creador y plasmador de la comunidad, por lo contrario, el odio aniquila al primero y mata a la segunda.
Interesante es analizar el amor a sí mismo que no se opone al amor al prójimo o a Dios, es antes su presupuesto; por ello el desinterés, la dilatación del yo que se vierte en “nosotros”, no denota contradicción alguna al amor a sí mismo, sino únicamente al egoísmo desprolijo que se aferra al propio yo.
El amor personal al prójimo se basa en el orden del ser y del valer y es equidistante de la filantropía meramente sentimental, muchas veces encubridora de un sutil egoísmo, como el del altruismo exagerado. El compenetrarse con el sufrimiento del prójimo fomenta el amor recíproco y, por decantación, la solidaridad que es la enérgica prestación de ayuda, pero no es la única manera de obrar, es solo un tránsito necesario para alcanzar elevados valores.
Si la lectora o el lector observan crónicas de medios periodísticos serios, sobre todo de América Latina y Europa, comprobarán lo expresado en esta columna.
El autor es abogado con varios diplomas de posgrado
Columnas de RAÚL PINO-ICHAZO TERRAZAS

















