“La luz no tiene sombra”
La luz no tiene sombra y el fuego tampoco, él es una fuente de luz por sí misma y no hay oscuridad dentro de ella. Todos los objetos transmiten sombra, que según la RAE se define como “imagen oscura que sobre una superficie cualquiera proyecta un cuerpo opaco, interceptando los rayos directos de la luz”; entonces entendemos que una sombra sólo ocurre cuando existe un cuerpo opaco que no deja pasar la luz. En ese sentido, los objetos que son emisores de luz, junto a otros que son transparentes, no tienen sombra.
¿Será que ahora se me dio por escribir sobre física?, la respuesta es un ¡no! rotundo. Solo empecé con ella para introducir el tema relevante.
Una vida llena de luces suena atractiva, reconfortante y satisfactoria. Sin embargo, ellas, en el transitar del camino y en algunas ocasiones nos ciegan; es decir, no siempre iluminan y es justamente en las sombras donde uno puede encontrar lo que busca. Pero, por favor, no me mal entiendan, sólo piensen dónde aprendemos las mejores lecciones de vida ¿en el placer o en el dolor? De manera natural, como humanos, preferimos sentir placer y por supuesto, buscamos alejarnos del dolor, sólo que esa sombra que conlleva el dolor nos descubre en algunas facetas ocultas. En el dolor, vemos nuestra vulnerabilidad, aprendemos el valor de la familia, vemos que es mejor tener salud que tener dinero o nos damos cuenta que es diferente vivir unidos que vivir juntos. La sombra del dolor es la que revela que toda la sensación de autosuficiencia no había sido suficiente cuando la enfermedad toca la puerta. Definitivamente, “no es posible despertar la conciencia sin dolor. La gente es capaz de hacer cualquier cosa, por absurda que parezca, para evitar enfrentarse a su propia alma. Nadie se ilumina fantaseando figuras de luz, sino haciendo consciente su oscuridad” -Carl Jung-. De igual manera, Jung definía nuestras sombras como el conjunto de las frustraciones, experiencias vergonzosas, dolorosas, temores o inseguridades que se alojan en un lugar fuera de la conciencia; es decir, en el inconsciente, donde no estamos en condiciones de asumir y menos de controlar – salvo trabajemos en ello -; y qué decimos de la maldad, el egoísmo, la envidia, la cobardía, los celos, la avaricia y muchas otras emociones que nos damos cuenta que están presentes por la “sombra” que reflejan en los conflictos con los demás, en los sentimientos de culpa o en depresiones inexplicables, todas esas cosas reflejan una imagen en la que no nos reconocemos. Espero ahora comprendan porque dije que a veces las luces nos encandilan, no dejándonos ver lo que realmente somos y lo que está ahí. Me refería a nuestras propias luces, las netamente humanas, que nos distorsionan la visión.
Sin embargo, hay otro tipo de luz que evita que andemos en sombras y en tinieblas, esa es la luz segura, hablar de tinieblas es entender un sitio oscuro, inseguro, tenebroso, lúgubre, incierto y confuso…. ¿Quién quiere permanecer ahí?
Esta segunda luz a la que hago referencia, es la que justamente nos invita a no ser un cuerpo opaco que no deje pasarla y provoque sombra, más bien convertirnos en emisores de ella. “Nadie que enciende una luz la cubre con una vasija, ni la pone debajo de la cama…” eso es insensato, pues sino, ¿para qué prenderla?
Cuando Eisntein dijo: “la oscuridad no existe, lo que existe es la ausencia de luz”, tal vez no sólo pensaba en la Teoría de la Relatividad, sino también en quien dijo: “Yo soy la luz del mundo” – Jesús - …y esta luz no tiene ni la más remota sombra.
La autora es conferencista, escritora, coach ejecutiva y de vida.
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