Wolfango Montes: “Con Proust aprendí más psicología que con Freud”

Entrevista
Publicado el 25/01/2021 a las 19h36

Las novelas de Wolfango Montes Vanucci son frecuentemente sonados éxitos editoriales. Su condición de psiquiatra parece darle una particular ventaja que deriva en esos éxitos. Sobre esas sus dos vocaciones y la coyuntura el destacado escritor cruceño conversó esta semana con OH!    

- Dadas sus dos vocaciones, ¿no le parece que ahora, en la actual coyuntura, hay más trabajo para los psiquiatras que para los escritores?

- Realmente, hay mucho más trabajo para los psiquiatras porque gran parte de la población entró en pánico y mostró la debilidad que tenemos. Los actuales seres humanos no lidiamos con la muerte como lo hacían antes. El nuevo mundo, la internet, el modernismo hacen que la muerte sea algo tan separado de la vida que, cuando aparece esa posibilidad de muerte, actuamos como si fuéramos eternos.

Una de las cosas que hacen difícil esta coyuntura es que hay que enfrentar la muerte y también luchar por la vida. Pero hay que saber que la muerte existe.  

- Además, si ponemos al mundo en el diván, era un mundo que venía ya bastante desquiciado al que con esto le cae además un fuerte shock. ¿Lo ve así también?

- Sí, lo veo así. El mundo, todos nosotros, perdimos el contacto con muchas cosas. Perdimos eso que las culturas clásicas, las culturas antiguas tenían: una vida espiritual, o, sino, un agnosticismo humanista. Entonces estamos en una sociedad de consumo en la que uno tiene que cuidar de sí mismo. Constantemente tiene que darse satisfacciones.

Una sociedad para-hedonista que niega el otro lado porque junto al placer siempre está el dolor. Junto a la vida camina la muerte. Entonces nos olvidamos de ese lado y, de pronto, hay este choque y nos damos cuenta de que somos mortales.        

- ¿Cómo considera que ese mundo Covid, del shock sobre ya un escenario difícil, le impacta a la literatura?

- Lo veo desde diferentes secciones. Es muy subjetivo. Los escritores soñamos normalmente con tener un periodo grande. A veces se dice: “Yo no escribo porque no tengo tiempo”. Y, de repente, nos aislamos y tenemos todo el tiempo del mundo. Ahí está lo paradójico: con todo ese tiempo del mundo, a veces no conseguimos crear. ¿Por qué? Porque era una fantasía y porque la creación está unida a la vida, al día a día. Claro que eso no implica trabajar hasta quedar sin energía.

Sin embargo, ha sido una gran oportunidad para el escritor que trabajaba mucho, que estaba sobre explotado por la sociedad. Entonces, ése tuvo tiempo para aprovechar.

- ¿En lo personal, en su propio proceso creativo, el shock de la Covid-19 lo inspiró o lo aturdió?

- He continuado produciendo, pero vi que tenía que entrar más en contacto conmigo mismo. De nada me servía sentarme a producir si no estaba en contacto con lo que se puede llamar las fuentes de la inspiración. Al mismo tiempo, el acomodo a esta nueva situación me disminuyó inicialmente energías. Ello porque de repente, yo, como médico psiquiatra, tuve que hacer atenciones online.

Y ese tipo de atención es diferente. El mundo se modifica, consume tu energía. He visto profesores universitarios que se agotaron simplemente por dar clases online. Esto sucede porque el cerebro debe acomodarse a una serie de nuevas formas de actuar. Uno está dando la clase y no sabe cómo están reaccionando sus alumnos. Falta esa retroalimentación.

Pasa algo similar con los pacientes. Es diferente verlos tridimensionalmente. Muchas cosas pueden pasar. Al mismo tiempo, hasta para el propio paciente es una exigencia muy grande. Por ejemplo, en un consultorio, un silencio es natural, pero en los medios virtuales un silencio parece patológico. Entonces uno se puede volver verborreico, puede no parar de hablar porque está con la cámara al frente.

- ¿Escribir es, a la vez, una especie de autoterapia para usted?

- Sí, es una forma de realizarme. Tengo pena muchas veces de las personas que no tienen eso porque no sólo el escritor, sino el artista en general tiene esa fuga del mundo.  De ese miedo o pánico que a veces le cae a uno, uno puede huir a través de la literatura, la pintura o de cualquier arte. Entonces eso puede hacer que soportemos mejor estas situaciones límite.

- Se me ocurre que entre sus escritores favoritos están James Joyce y Virginia Woolf por esto del monólogo de la consciencia. ¿Es así?

- Sí, pero mi favorito es Marcel Proust. Con Proust aprendí más psicología que con los tratados de psiquiatría o con Freud. Lo que muestra que para ver al ser humano tiene que estar interactuando sin otro objetivo que la propia interacción. Mientras que el psiquiatra o quienes escribieron tratados sobre psiquiatría trataron al ser humano como paciente.

En la gran literatura uno aprende mucho. Por ejemplo, con Dostoievski uno ve al ser humano tal como se presenta afuera. Ese es un problema de las psicologías hechas en consultorio que muestran al hombre patológico y no al hombre común o al hombre extraordinario o a muchos tipos de hombre. Por eso pienso que la literatura puede salvar al psiquiatra del reduccionismo, de quedar atado a una teoría.    

- Ha sido muy dinámico en las temáticas y estilos de sus novelas. Aprovechando sus condiciones, ¿piensa en una de esas escribir alguna obra que se sostenga en el flujo de la consciencia, en el monólogo interior?

- No pienso hacerlo. Generalmente no programo lo que voy a hacer. La obra me manda lo que debo escribir. Una de las cosas que siento del flujo de la consciencia es que nuestro propio lector se halla con las capacidades disminuidas. Es decir, un flujo de consciencia prolongado solamente sería soportado por otro escritor. Pero la persona común, debido a todos los aplicativos cibernéticos y demás, no tiene esa capacidad. Eso no significa que uno tenga que bajar el nivel. Pero significa que uno tiene que saber con quién está conversando.

- “Jonás y la ballena rosada”, “Los aimaras están llegando”, “¡Bolivia, adiós!”... En sus novelas frecuentemente profundiza en la realidad política y social boliviana, sin embargo, vive en Brasil. ¿Cómo hace para evitar el desarraigo y para acercarse a esa realidad?

-  Posiblemente una persona que vive allá ve mejor las cosas. Pero tengo una ventaja: en la distancia uno no está dentro del bosque, ve al bosque desde arriba y desde otras perspectivas. Esa ventaja existe. Recuerdo, por ejemplo, la crisis de las últimas elecciones. Yo veía la ceguera de muchas personas al escoger su candidato o de no ver la personalidad de cada candidato.

De repente algunos decían: “Yo voy a votar por tal porque es macho”. Yo pensaba que escogería a “un macho” para que sea guardaespaldas, pero no para presidente. En la distancia uno ve esas cosas. También uno ve esas evoluciones. Por ejemplo, cuando vuelvo al país, encuentro a un amigo envejecido, alguien que en un año envejeció profundamente. Pero quienes conviven con él no ven claramente ese cambio. O también uno vuelve y ve a una persona que maduró, que tiene otra visión, y quienes están a su alrededor no notan esos cambios.

Claro que hay desventajas. La desventaja de la lengua, también la desventaja de que no tengo la vivencia, aunque voy a Bolivia cada año dos o tres veces.

- Me hablaba de los nuevos lectores. ¿Usted se adapta a las nuevas generaciones como los milenialls o los zetas y sus respectivos códigos?

- Hago mi obra, pero la hago también de acuerdo a mi evolución interior. O sea, voy a expresar lo que tengo que expresar en ese momento. Uno no se puede acomodar. Uno podría acomodar hasta su discurso, pero la temática y lo esencial no.

Por más que no se coincida con las necesidades de los demás seres humanos en ese momento, puede coincidir más adelante. En general, cuando uno penetra profundamente y llega a lo más hondo de su ser, posiblemente exprese aquello que también a otra persona le parece válido.

-¿Qué tipo de obras se halla avanzando ahora? ¿Qué tan avanzadas están?    

- Estoy reescribiendo una obra que ya la tenía lista. Tiene por protagonista a alguien que vuelve a Bolivia tras estar muchos años en España y que fracasó en la vida. Él llega en busca de un libro, que no se sabe si existe, de un escritor muerto. Es un libro donde posiblemente estén las claves para entender al ser humano.

Entonces, para llegar a este libro, si es que existe, él debe investigar. Es una especie de investigador literario que se convierte casi en detective para penetrar en ese mundo de los últimos tiempos.

 

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