Luis González Quintanilla: Boquerón por dentro
Cuando Luis González Quintanilla escribe sobre la Guerra del Chaco, hay que leerlo. Tras esa mirada del periodista está siempre presente la memoria íntima de un hijo directo de esa guerra. Su padre, el capitán Luis González Benítez, fue uno de los oficiales paraguayos que cayó prisionero en batalla y en esa condición —junto a otros 3 mil soldados “pilas”— fue trasladado a Bolivia para cumplir su cautiverio. Muchos prisioneros paraguayos vinieron a Cochabamba en 1932 y fueron distribuidos en tres frentes: un contingente quedó en un campo de concentración en Capinota para realizar faenas agrícolas y abastecer de alimentos a las tropas bolivianas en el Chaco, otro grupo fue empleado para concluir la construcción del camino a Villa Tunari y un tercer batallón de prisioneros permaneció en la ciudad prestando sus servicios forzosos en obras urbanas como la construcción del estadio Félix Capriles. Cuando terminó la guerra, los prisioneros paraguayos fueron devueltos a su país —igual los prisioneros bolivianos volvieron de Asunción—; pero el capitán González se quedó a vivir para siempre en Cochabamba, enamorado de Marta Quintanilla Zuazo. Cuando terminó la guerra, el “pila” Luis González Benítez fundó su hogar en Cochabamba donde nacerían sus tres hijos bolivianos.
Entonces, cuando Luis González Quintanilla escribe sobre la Guerra del Chaco contemos con el rigor de una vivencia muy cercana. La misma vivencia de aquel combatiente izquierdista que conspiró contra Banzer junto a Marcelo Quiroga Santa Cruz, al comenzar los 70 con los ecos de Ñancahuazú, aun esculpiendo la conciencia de esa generación.
El pasado 23 de octubre, Lecturas&Arte publicó un comentario de Luis González acerca de un nuevo libro sobre la Batalla de Boquerón, cuyo autor, Raúl Rivero Adriázola, elaboró usando datos desconocidos que halló en el centro documental “Joaquín Espada” de Los Tiempos (especialmente telegramas y comunicaciones internas en el frente boliviano producidos durante los 21 dramáticos días que duró ese episodio). El tema es de incumbencia incluso familiar para Luis González, pues su tío abuelo materno, el general Carlos Quintanilla Quiroga, fue quien comandó la defensa de Boquerón en medio de una tenaz controversia política y militar con el presidente Daniel Salamanca.
Según González, la toma y defensa de Boquerón sintetiza la sin razón y lo absurdo de aquella guerra fratricida:
“Coincido con el autor en que los títulos y derechos de los dos países sobre el Chaco Boreal fueron siempre controvertidos, no por aviesas decisiones de los dirigentes de ambos pueblos, sino porque provenían del desorden técnico y de las ambigüedades administrativas de la época colonial. Pero hasta el aciago año de 1932 (con excepción del incidente de fortín Vanguardia, durante el gobierno de Hernando Siles), se fue tirando el problema por las vías diplomáticas, con la firma de más de media docena de protocolos y acuerdos y algunos intentos de arbitraje, que no prosperaron por diversas razones”, escribió Luis González con su mirada de hijo legítimo de esa guerra.
“Los dirigentes de ambos países habían olvidado la discusión de los mejores derechos sobre el territorio disputado” —observa—. “Como sostiene con sabiduría Bertrand Rusell, las guerras no dan la razón a ninguna de las partes; lo que hacen es certificar quien se queda con qué territorio”.
(*) El autor es periodista.
























