¿Cuándo lo perdimos?
No sé usted, pero yo siento que mientras sigamos lamentándonos y sospechando de todo lo que oímos –¿qué me habrá querido decir?– o buscándole cinco pies al gato y explicaciones psico -socio -antropológicas e históricas e histéricas será más difícil reconocer nuestros defectos y, más aún, corregirlos
Aveces tengo la sensación de que en los últimos 10 años hemos perdido, o al menos se nos ha debilitado mucho, la capacidad de reírnos de nosotros mismos. Los argentinos, en cambio, cada día fortalecen esa habilidad, hasta llegar a la crueldad consigo mismos. No hay más que ver una sesión del inenarrable humorista Enrique Pinti que te hace reír y llorar porque, finalmente, parte de aquello de lo que nos reímos no es por las gracias sino por el dolor. Sobre todo con el humor político.
Las generaciones que vinieron al mundo en nuestro país después de los años 70 probablemente nunca hayan oído hablar de El Cascabel, una revista de ácido humor político que se enseñaba, sobre todo, con el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), sus militantes y sus líderes. Niña yo, todavía he visto circular ejemplares de los que, supongo, eran sus últimos números. La revista, fundada el año 1961 y dirigida por el humorista Pepe Luque, tuvo una fructífera vida de 10 años, período en el cual pasó por varias censuras, intentos de cierre, secuestro de ejemplares pero, sobre todo, por mucha, mucha risa.
El humor político es un arma de la ciudadanía que en democracia y en dictadura, sobre todo en dictadura, permite a los pueblos expresar su descontento, su aversión a ciertos comportamientos de las y los líderes y, principalmente, defenderse del autoritarismo y la torpeza con que, muchas veces, se actúa desde el poder.
Felizmente en Bolivia tenemos todavía el programa radial Confidencias y algunos segmentos en las varias versiones de café concert que inaugurara con tanto éxito Tra-la-lá Show. La mayoría de los periódicos en el país, por otra parte, cuenta con sus correspondientes caricaturas que tienen fieles seguidores. Más recientemente, las redes sociales, principalmente el FB, es un canal para compartir buenas viñetas de humor.
Pese a todo eso, sin embargo, creo que nos hemos vuelto más formales (formoles, diría alguien) y temerosos con el humor político y, más limitados aún, con los chistes sobre nosotros mismos. ¿Es por las heridas que nos dejaron los años de crisis del 2.000, azuzadas por las permanentes confrontaciones? ¿Por la polarización en la que aún nos debatimos? ¿Por la suspicacia que produce todavía la llegada de nuevas élites a los circuitos de poder? ¿Será que tanto discurso y legislación contra el racismo terminan por agobiar la irreverencia de la risa? ¿Será nomás nuestra pomposa formalidad andina? (ya se sabe, el conocido lamento boliviano).
Quizá es un poco de todo, pero sin duda nos hace falta reírnos más de nosotros mismos. Porque es una manera indirecta y efectiva de reconocer y enfrentar nuestros defectos y errores, sin latiguearnos creyéndonos ser, de acuerdo a la ocasión, los peores del mundo, los más buenos e ingenuos, la sociedad “más compleja”, los más pobres y discriminados, nosotros ¡tan trabajadores! Y tan explotados, tan robados, tan engañados…
No sé usted, pero yo siento que mientras sigamos lamentándonos y sospechando de todo lo que oímos –¿qué me habrá querido decir?– o buscándole cinco pies al gato y explicaciones psico -socio -antropológicas e históricas e histéricas será más difícil reconocer nuestros defectos y, más aún, corregirlos. Pero cuando explorarlos no tenga sabor a insulto, cuando caricaturicemos nuestras propias actitudes políticas y sociales, estaremos en mejor camino y, encima, ¡vamos a reírnos!
La autora es comunicadora social.















