Si tú le hubieras escuchado al Olañeta
La juventud paceña se organizó en una agrupación política denominada Juventud Liberal. La finalidad obviamente era la de apuntalar el Gobierno del presidente Belzu. Los muchachos abrazados al liberalismo moderno comenzaron a publicar folletines y artículos en periódicos. Abrieron el debate. Repetían frases y consignas que el Presidente lanzaba en actos públicos; en enero de 1850, los noveles políticos, firmaron una radical proclama impresa en el número 12 del periódico “La Verdad Desnuda”; le pedían a Manuel Isidoro Belzu arremeter contra el “Club de Chuquisaca”, contra los doctores de Charcas, contra la generación de políticos que habían fundado Bolivia: “…la oligarquía, cuerpo de viejos astutos, veteranos de la traición y la intriga, sacerdotes de la política de todos los tiempos y gobiernos, ha caído. Sus combinaciones sus planes cruentos, todo, todo ha desaparecido al eco uniforme de la valiente juventud liberal…” No eran pocos, pasaban de 50 las firmas al pie del documento, lo cual significaba multitud en la época.
Casimiro Olañeta, desde su exilio en Salta, contestó en nombre de su estirpe aludida: “…al talento llaman oligarquía; al saber, aristocracia; al honor, trastos viejos; democracia es nada más que los crímenes de la soldadesca y la libertad son las ejecuciones de sus adversarios”.
En realidad los doctores de Chuquisaca desde los primeros días del Gobierno de Belzu, lo calificaron de “…tirano enemigo del talento y el honor…”; el Presidente había prohibido el uso de títulos que no sean universitarios.
Lo acusaban de asesino, pero Belzu salvó la vida de milagro en el Prado Bolívar en Sucre. Allí donde hoy se levanta coqueta una bella iglesia redonda, ahí mismo aquellos que le gritaban criminal, trataron de matarlo sin suerte, pero lo dejaron tendido en el suelo bañado en sangre. Belzu sereno advertía: “…haced señores las reformas necesarias por vosotros mismos, sino queréis que el pueblo haga las revoluciones a su modo…” Ese militar sombrío que trataba de proteger la industria nacional, premió con 1.000 pesos de plata a un valiente empresario que instaló un ingenio azucarero en Yungas y la oferta valía para todo otro empresario industrial que montará una fábrica de lo que sea.
Ordenó reducir un tercio el pago a los párrocos por la celebración de matrimonios o el acompañamiento a entierros. Decretó el proceso judicial gratuito para el indigente. Mandó a construir un circo y los palenques para la riña de gallos florecían al día.
Sus discursos eran abundantes y sus recursos escasos, por eso mandó a acuñar monedas de plata mezcladas con picardía y plomo. Era una forma elegante de subir el poder de gasto del Estado, en esa época casi minusválido financieramente.
Ese supuesto tirano un día convocó a elecciones y entregó el poder al ganador de las mismas. Algo obviamente también insólito y ofensivo para los círculos sociales de Olañeta. Jamás había pasado tal cosa. Los gobiernos subían o bajaban a cuartelazos.
Uno de los ocasionales conspiradores contra el Gobierno de Belzu, al ser interrogado por el Presidente sobre el por qué de su conducta desleal, compungido contestó, “…si tú le hubieras escuchado al Olañeta, como yo le he oído, tú mismo te habrías hecho la revolución…”
El furor demagógico nos puso fuera de la ley, reflexionó Belzu antes de dejar el poder. Él que había abierto la puerta del Palacio de Gobierno de un culatazo, con Casimiro Olañeta susurrándole al oído, arrepentido, convocó a las primeras elecciones de la República. Pero las ganó su yerno. Cedió a la tentación de pisar el césped atractivo de lo ilegal, de la viveza altoperuana. Se fue habiendo intentado institucionalizar una república revoltosa por vocación. A Belzu lo mató Melgarejo, otro valiente General que el día que subió al poder prometió pacificar Bolivia a balazos.
De muchos modos el gajo de Olañeta sigue latiendo vivo y le salen brotes verdes de cuando en cuando. La estirpe de Olañeta no ha muerto, hay por las calles de Bolivia o en el exilio, hijos legítimos suyos. No son del todo dañinos, suficiente precaución es NO escucharlos.
El autor es abogado.
















