Árboles
Cada día estoy más convencida de lo iluso que es el humano cuando se trata de comprender (“definir” dirían los obnubilados con el empirismo) a los demás seres. Es cierto que las ciencias han significado muchísimos avances en el entendimiento de la vida y sus variadas formas, pero en la conciencia colectiva sigue siendo lo primordial una percepción que, muy convenientemente, nos sitúa como una especie “excepcional”.
De las consecuencias de ello se degeneran, se perfila una visión sesgada de otros seres, a los que les negábamos casi todo lo más interesante que implica este azar –efímero– de existir. En tal medida, se aseguraba que los otros bichos no ostentaban sentimientos, albergábamos la tamaña arrogancia de creer que el amor, el placer, el deseo, la empatía, por ejemplo, son atributos exclusivamente nuestros. Aún hoy, se insiste en la falta de raciocinio de animales, se peroratea sobre que las plantas no tienen conciencia, se limita la inteligencia cual una peculiaridad únicamente humana.
Poniéndonos en perspectiva, dada la inconcebible grandeza y complejidad de lo poco que conocemos del universo que nos rodea, ¿por qué concluimos que lo más importante que nos constituye en lo que somos, es atributo exclusivo nuestro? ¿Por qué no asumimos que en las escalas estelares somos menos que un microbio? ¿Por qué un pinche microbio tendría que ser excepcional frente a sus compañeros de planeta?
Entre lo más incomprendido por el enorme e injustificado ego humano está el reino vegetal, en específico, los árboles. Es cierto que los aprovechamos como “recurso” y que, por ello, tiende a primar un enfoque utilitarista que les esconde los caracteres de la vida. Sin embargo, si nos quitamos ese cabestro, no es dificultoso descubrir que los árboles son seres extraordinarios.
Más allá de sus cualidades científicamente comprobadas y universalmente aceptadas respecto a su función dentro del ecosistema, el observador atento y humilde podrá percatarse de la relación de algunos vientos, y especialmente la brisa, con la comunicación entre los árboles. Es como si se configurara un idioma desconocido e inaccesible para nosotros, donde los vocablos son definidos por las sutilezas de la oscilación de las ramas, del vaivén de las hojas y de los sonidos que ello provoca. Por ejemplo, la persona que haya presenciado la increíble melodía marina (porque asemeja al sonido de olas de mar) de los eucaliptos al viento, sabe de lo que hablo. Por otra parte, recomiendo hacer el ejercicio de acariciar las hojas o tronco del árbol de su preferencia. Notarán que un movimiento tenue de las ramas más próximas responde al contacto. ¿Por qué no imaginar que es dable que los árboles reaccionen a ese acto de gentileza, así como nosotros contestamos a los gestos de cariño?
Contemplando a los árboles se puede elucubrar que Tolkien, al crear a los fascinantes Ent, se inspiró en su inusitada y longeva temporalidad. Posiblemente, por esa particularidad, mitos y leyendas de culturas muy antiguas nombraban a los árboles como centinelas y testigos del paso del tiempo, al inscribirse en sus ramas los ciclos estacionales, y en sus raíces el decurso de los procesos geológicos. Entonces, ¿por qué negarles la eventualidad de almacenar un tipo de conocimiento que, tal vez, ni siquiera sospechamos?
En ese sentido, ¿qué clase de cataclismo cultural presenciamos que convierte a tan asombrosos seres en sujetos de desprecio y saña recurrente? ¿Qué hecatombe social hace que se propague la indiferencia ante la belleza psicodélica de los jacarandás, a la húmeda languidez de los sauces llorones, a la benevolencia perfumada de los molles, a la extravagancia visual de los ceibos, “llamaradas de fuego” o carnavalitos?
La autora es socióloga
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA




















