La “América Grandiosa” de Donald Trump
La elección de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos ha causado temor entre la gente que piensa críticamente. No es para menos. El tipo es racista, ignorante, vulgar y de temperamento volátil. Su discurso, tal como es, es una mezcla de insultos, agresiones, exabruptos e incoherencias. Y como si todo eso no fuera suficiente para hacer pensar hasta al ciudadano más frívolo al contemplar su voto en las urnas, su visión de los complejos problemas que aquejan a los EEUU y al mundo es simplista. ¿Cómo es posible que una persona de tan bajo calibre haya podido ganar en los comicios en un país que se aprecia de madurez política y que siempre ha tratado de proyectar una imagen de solidez, cordura, serenidad y rectitud?
En casi en todas las naciones del mundo—ya sea por razones de propaganda o por relaciones públicas—la imagen de la “nación” es y siempre ha sido investida con propiedades majestuosas. La nación, hoy más que nunca, está representada por su líder cuya reputación como persona pública es considerada un bien público. Su imagen dice, para bien o para mal, quiénes fuimos y quiénes somos, no solamente como nación sino también como ciudadanos.
En los EEUU, obedeciendo a ese “excepcionalismo americano” heredado directamente del protestantismo inglés del siglo XVIII y que es ahora el orgullo de la extrema derecha, la imagen presidencial siempre ha sido nada menos que mitológica. George Washington, por ejemplo, ha sido el modelo presidencial perfecto: hombre de valor, rectitud, honestidad, serenidad y firmeza; el Cincinato Americano, quien, después de vencer a los ingleses en Yorktown, se quitó el uniforme militar y retornó a su plantación en Mount Vernon, para luego obedecer al llamado de sus conciudadanos y volver a la vida pública tomando las riendas de la flamante nación norteamericana.
Hasta el siglo XX, esa imagen del soldado-estadista obediente a las leyes y leal a la Constitución ha sido el ídolo político al que aspiraban emular meros mortales. Siguiendo el ejemplo de Washington, hasta 1960 solamente protestantes podían aspirar a la presidencia. El católico Kennedy rompió esa regla en 1960, no sin antes prometer públicamente a pechoños puritanos que nunca aceptaría “órdenes del Vaticano”. Ronald Reagan, “el Amauta” norteamericano, fue el primer candidato divorciado que llegó la Casa Blanca. Otros candidatos ni siquiera franquearon el umbral de los comicios, siendo eliminados en media campaña por sus pecadillos sexuales, o su carácter débil, o sus asociaciones sospechosas. El demócrata Gary Hart tuvo que abandonar su campaña cuando el diario Miami Herald publicó su fotografía con una jovenzuela sentada en sus rodillas en un yate de subliminal nombre, el “Monkey Business” (que en inglés sugiere “negocios traviesos”). Edmund Muskie perdió adherentes en 1972 porque le saltaron las lágrimas en público defendiendo a su esposa de una vil y difamatoria acusación del editor del Union Leader, un diario de ultraderecha. De igual manera, las aspiraciones a la vicepresidencia de Geraldine Ferraro fueron afectadas por las sospechosas finanzas de su esposo.
Con la elección de Trump a la más alta magistratura de los EEUU, la imagen ejemplar de George Washington ha sido despeñada desde la “Roca Tarpeya”. Trump está en su tercer matrimonio y tiene un largo y escandaloso historial con el sexo opuesto. Pero no sólo eso, su candidatura y victoria han vuelto a despertar al “otro yo”, a ese Mr Hyde, del Tío Sam, que es esa mitad de la población que ahora practica abiertamente su racismo, fascismo y machismo porque en Trump tienen su perfecto ejemplo. Estos son lo que siempre ha añorado un “Gobierno autoritario” en La Casa Blanca con sus servidores en Capitol Hill, mientras no afecten sus propios intereses, naturalmente. Una lamentable y aterradora imagen de esa “renovada América Grandiosa”.
El autor es profesor comunicador social y profesor de la Universidad de Miami.
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