Niños ahogados en un turril… ¿qué nos pasa?
No importa si tenemos tres u 11 años, o cinco o siete. Fuimos niños bolivianos. El sábado por la tarde los enterraron en Potosí, en medio de la hipócrita mirada de los vecinos.
Sí, efectivamente se veía dolor, llanto e impotencia; pero nadie hizo algo para evitar que muriéramos ahogados.
No sabemos si fue nuestra propia madre o padre; tampoco sabemos si lo hicieron porque no nos amaban, como suelen amar los humanos a sus hijos. Pero sí sabemos que alguien nos sumió en el agua fría de los turriles que están en aquel patio.
Y no, no los culpamos a ellos y tampoco a nuestros vecinos. Aunque la mayoría de ellos acostumbra dar tundas a sus pequeños. No importa si tenían o no la “culpa” de hacerse pis en la ropa, de ensuciar el piso por jugar o simplemente porque derramaron la comida mientras comían porque no la deseaban. Las palizas son un hábito, más que diario, en nuestra cultura, a veces pareciera que son más frecuentes incluso que el respirar. ¿Por qué tanta violencia? Acaso los grandes no entienden que nos duele el estómago; que a veces nos encontramos enfermos… y que no podemos correr, con nuestros pasitos pequeños, al ritmo de nuestros padres? Nos hace frío y lloramos porque no podemos hablar aún. Pero no importa, al fin y al cabo aquí todos aprendemos con violencia.
Ya no importa porque además ya no estamos. Quizás ustedes puedan hacer algo para que ya no sucedan horrores así.
Ciudadana militante
Columnas de DOIMIQUE ARZELAS



















