(Des)ilusiones
Como el resto de América Latina, la formación social boliviana se asienta en la desigualdad y en la exclusión. Esa matriz buscó ser reformada varias veces y ello sólo se logró parcialmente.
El intento transformador más importante en Bolivia fue la Revolución de 1952. Significó la incorporación a la ciudadanía de mujeres, indígenas, campesinos y clases subalternizadas. También procuró resolver el tema del latifundio y la acumulación desmedida de plutocracias a costa de arcaicas relaciones laborales semiesclavistas. Sembró el germen de una nueva burguesía, asentada principalmente en Santa Cruz, y de una burocracia política que, como sus antecesoras, encontró en la gestión pública una forma de acumulación y enriquecimiento.
Es ahí cuando las utopías se trastocan en pragmatismo y las esperanzas, en cálculos para conservar el poder. El MNR se constituyó en un partido hegemónico con pretensión de cooptar todo el aparataje institucional. Por ejemplo, al estilo del PRI mexicano, para ser funcionario público, policía, militar, etc. y prosperar “tranquilo” en la carrera, se tenía que presentar el carnet partidario.
La hegemonía del MNR duró 12 años. La manera de sostenerla fue tornando autoritario, personalista y corrupto al mencionado partido. Ese pragmatismo chocó con los utopistas de la COB y otras organizaciones obreras que rompieron con el MNR desde 1956. Luego, el partido se desgarró en facciones. Paz Estenssoro, además, quiso persistir en el poder, violando un acuerdo de alternancia presidencial entre los “líderes” que albergó el proceso revolucionario. Ante el alejamiento de Siles Zuazo, Guevara Arce y Lechín, Paz Estenssoro se amparó en los militares, saliéndole el tiro por la culata: Barrientos le dio un golpe de Estado que inició el periodo de las dictaduras militares y que implicó retrocesos a lo conseguido con la Revolución del 52.
Otro intento transformador, que se batió en limitaciones y miserias parecidas, es el ascenso del MAS y el ensayo del Estado Plurinacional. Por razones obvias, la Revolución del 52 no alcanzó a zanjar la desigualdad ni la exclusión con tintes étnicos. Adicionalmente, la política partidaria “tradicional” administraba lo público con la angurria de un botín. Era el escenario ideal para una urgente transformación, a partir del reconocimiento de la diversidad étnica y cultural boliviana traducida en un Estado Plurinacional.
No obstante, haciendo el balance de 14 años de la tentativa, se replicaron situaciones similares a las tantas ya vividas antes: algunos cambios superfluos en los que rebalsaba el simbolismo y la retórica vacía y que distaron, abismalmente, de la praxis gubernamental que continuó atorada en el extractivismo primario-exportador, la dependencia internacional, la irresponsabilidad ambiental, rentismo, militarismo y, para variar, abuso de poder y administración de lo público como botín. Al igual que el MNR, el MAS terminó concentrando sus fuerzas en mantener la mamadera a cualquier precio y eso incluyó un caudillismo extremo, anclado en la figura omnisciente de Evo Morales. Así, el MAS selló el fin de su hegemonía con una arbitraria repostulación.
Hoy la realidad política en crisis nos vuelve a golpear la cara. Dada nuestra historia, es reduccionista creer que solamente el MAS es el angurriento de poder. Cual lobo sediento, la política partidaria en general se relame por controlar el “botín” con las taras altoperuanas de siempre: juntuchas entre gallos y medianoche, cuoteos, demagogia, casi nula discusión y convicción ideológica, revanchismos, abuso de poder, proselitismo por encima de la gestión pública.
Duele constatar que nos rifamos una vez más una oportunidad que hubo para cambiar este país que merece mejor suerte.
La autora es socióloga
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA

















