¿De qué educación hablamos?
Bolivia, desde su independencia hasta ahora, ha conocido 20 Constituciones Políticas del Estado, todas con marcado carácter presidencialista, centralista y unitario; sustentada por partidos políticos, movimientos cívicos, sociales y regionalistas y sectores de la sociedad civil que, al parecer, es la causa de los males que aqueja a los bolivianos.
En el mismo período se han puesto en marcha, básicamente, cuatro reformas educativas: la liberal (1899-1920), con su rol civilizador y creador de la conciencia nacional, buscaba una nacionalidad boliviana que implicaba la alfabetización y civilización de la mayoría indígena; la nacionalista (1955-1964) que buscaba ampliar la cobertura, formar la conciencia moral, el trabajo útil y la construcción de la identidad nacional; la neoliberal (1994-2004) que buscaba fortalecer la educación boliviana con base en la cobertura, calidad, equidad y eficiencia con sentido pluricultural, tolerante, incluyente y democrático; y la “Avelino Siñani y Elizardo Pérez” (2010) que, a partir de su fundamento pedagógico, el Modelo Educativo Sociocomunitario Productivo, pretendía una educación descolonizadora, liberadora, revolucionaria, despatriarcalizadora.
Como se puede apreciar, estas reformas educativas más allá de optimizar el sistema, más allá de mejorar la calidad de vida del boliviano, más de allá lograr la ciudadanía plena y pertinente al tiempo que se ha ido viviendo, sólo han servido para acompañar las ruines y mezquinas pretensiones partidarias de quienes las implementaron.
Lo que hoy está pasando en el país es simple y llanamente la consecuencia de esa larga historia de desaciertos, y la Covid-19 está ayudando a develar las más importantes. Por ejemplo, que muchos bolivianos, que hemos sido parte de las últimas tres reformas (casi todos como estudiantes y varios como maestros), no hayamos aprendido, entendido ni comprendido el primer componente de la educación (los valores éticos y morales), y que sólo nos hayamos quedado con algo del segundo componente (la instrucción), que ni siquiera hayamos desarrollado el más común de los sentidos: el sentido común.
Porque no se entiende de otra manera el hecho de que hayamos sido capaces de confiar nuestro voto (cuando tuvimos la oportunidad de hacerlo), en varias ocasiones (por no decir en todas) a personas que, a todas luces, carecían de liderazgo positivo, de visión de país, de vocación de servicio y de integridad personal y profesional para que sean nuestros gobernantes, para que nos representen, para que administren nuestras instituciones y para que manejen nuestros recursos económicos.
Por cierto, el problema no son ellos, sino nosotros, porque nuestra “educación” (al menos la de una mayoría de bolivianos) –resultado de lo antes mencionado, y que jamás fue concebida como un proceso de formación integral de las persona, sino, como mecanismo para medrar del Estado– nos permite aceptar y practicar las acciones incorrectas antes que las correctas, desarrollar varias actividades al margen de la ley antes que cumplirla fielmente, elegir a nuestros gobernantes en extremo incompetentes y corruptos y no así a personas idóneas e íntegras y un largo etcétera más. Es decir, estamos largamente acostumbrados a no hacer lo que ética y moralmente se debe hacer. De una u otra manera, todos somos parte, activa o pasivamente, de esta debacle social.
Lo más serio y peligroso para nuestra sociedad es el hecho de que este conjunto de acciones está pasando a ser el más importante legado para las generaciones futuras.
Entonces, ¿de qué educación hablamos?
Mucho pudo haberse hecho con los recursos utilizados en la Reforma educativa de 1994, mucho más pudo haberse hecho con los recursos utilizados en la reforma de 2010 (con los más de 81 mil maestros graduados del famoso Profocom, otro poco podía haberse hecho con los 146 mil maestros (de los 170 mil) que recibieron computadoras portátiles), algo más se podría hacer con los 150 mil maestros que pretende capacitar el ministerio de Educación sobre el tema de virtualidad, pero ese no es el camino para educar.
La educación boliviana necesita que su sociedad cambie de actitud, que sea respetuosa, considerada y tolerante con sus semejantes, que valore el trabajo honesto, que renuncie a la corrupción en todas sus formas, que sea sensible con la naturaleza, que elija gobernantes probos, que aprecie la vida sana y que aspire a ser feliz, de manera que esto mismo guíe los pasos de la escuela, de la universidad y, fundamentalmente, de los hogares de todos y cada uno de los bolivianos.
El autor es activista por la mejora de la calidad educativa
Columnas de LALO RODRÍGUEZ RIVERA

















