Deslucidas elecciones
Normalmente, se espera mucho de unas elecciones. Se quisiera que signifiquen una especie de borrón y cuenta nueva, zapatos lustrados y traje de domingo. Otra oportunidad más, esta vez quizá con suerte, quizá…
Y así fuimos a las elecciones pasadas. Pero Evo, que por nada acepta ni aceptará irse por la vía legal (lo demostró el 21 F), ya también quiso hacer fraude y nos arruinó a todos. Ahora así estamos. Muy mal.
Ahí está la basura tirada por las calles, ahí están las muertes innecesarias en los hospitales, ahí están las carreteras destruidas, ahí están las ambulancias apedreadas, ahí están sus grupos de choque, ahí están los tragicómicos aprestos armados.
Votar ahora por Evo (es decir por sus representantes transitorios) significa aceptar y ser cómplice de todo lo mencionado, y aún de más, y de peor. No haré aquí la larguísima lista, por todos conocida, o siquiera, por todas las criaturas de entendimiento.
Nada menos que Proust, aseguró que cuanto no había entrado a la cabeza por la razón, difícilmente saldría de ella con razones. Y también lo confirmó Donald Trump, ese hermano espiritual de Evo: “Puedo matar a alguien en la Quinta Avenida a la luz del día y a mi caudal de seguidores no se le mueve un pelo”.
El conocido filósofo/politólogo John Gray desarrolló a su vez la idea de que la política era la continuación de la religión por otros medios. De tal forma, la fe depositada en un partido o en un carismático tirano es inamovible, inquebrantable, en el mismo sentido en que para el evangelismo creacionista la Tierra y la humanidad apenas tienen algo más de cuatro mil años.
La admirable bióloga y premio Nobel Rita Levi-Montalcini explicaba todo esto en sus propios términos: las masas políticas, decía, emplean la parte límbica del cerebro antes que la corteza prefrontal. Esa parte límbica, situada por la nuca, es la más arcaica, y casi vestigial del cerebro, la que compartimos incluso con los reptiles y es la sede de impulsos instintivos y pasiones ciegas, mientras la corteza prefrontal lo es de la razón.
Trump y Evo, Bolsonaro y Maduro se basan, es fácil verlo, sobre todo en el voto-chatarra. El voto chatarra es el determinado por el sistema límbico antes que el cortical, por una fe de orden religioso antes que por consideraciones críticas, y por la total primacía de impulsos emotivos e identitarios antes que por razones. O, para decirlo menos elegantemente, esos señores cuentan, simplemente, con el voto de los más estúpidos.
Nunca hay que olvidar, en este contexto, ese hecho terrible que hace notar Simone Weil: en uno de los primeros plebiscitos conocidos, el “pueblo” prefirió que se libere a Barrabás y se crucifique a Cristo.
Para estas elecciones que se nos vienen, pues, se esperan muchísimos votos por el MAS, así como se espera el susto del contagio, que habrá que afrontar.
Pero aunque esas ya se bastaran, hay todavía más (sin)razones para deslucir estas inquietantes elecciones. Así como en Estados Unidos se instaló, desde ya, el temor de que Trump no acepte perder las próximas elecciones y meta a su país en otro lío mayor, así también, aquí, ya nadie confía en que Evo el Fraudulento y sus seguidores acepten perder sin más (seguramente en una segunda vuelta), por las buenas y pacíficamente, se replieguen y se contenten con la tajada, no pequeña, de poder que sin duda les tocará. Y que Evo se resigne, decentemente, a seguir en su exilio… Antes que eso, más fácil sería que un camello pase por el ojo de una aguja.
Luego está el desencanto de todos los anti-Evo, a buena parte de los cuales ningún candidato nos seduce. La consigna más obvia es votar por quien sea segundo en las encuestas, sea quien sea, ¿pero cuántos la cumpliremos?
En medio de la tormenta en que ya estamos, solo cabe confiar en que no acabemos de irnos a pique. Y, por último ¿quién sabe? De repente… Entre tanto, a seguir viviendo, a seguir tirando y a votar cuando toque.
El autor es escritor
Columnas de JUAN CRISTÓBAL MAC LEAN E.



















