Descolonizar el estómago
Con algún interés leí el titular de La Razón “Hay que descolonizar el estómago” referido a un discurso de nuestro vicepresidente, David Coquehuanca, durante un ampliado de la Federación Departamental Túpac Katari y Bartolina Sisa, en El Alto. La lectura del artículo me llamó aún más la atención por sus argumentos, había que descolonizar el estómago, considerando que la comida mataba más que Covid-19: “Ellos quieren que hablemos del coronavirus, han muerto por coronavirus menos de 10 millones; pero, hermanos, por la comida transgénica en el mundo han muerto 18 millones de personas y nadie dice nada de eso”, dijo de manera contundente y contradictoria.
Cuando dice “ellos”, se refiere a fuerzas externas que exageran con la importancia y con el número de muertos por Covid-19, que no llegó a 10 millones, cuando tenemos problemas con la comida chatarra, que él confunde con la comida transgénica, que no son la misma cosa. Con su afirmación, no sólo vuelve a mostrar su desprecio y subestimación a la pandemia más rápida en cuanto a contagiosidad de las últimas décadas; para ser exacto, la Covid-19 mató 6.451.050 personas hasta el día de hoy en cerca de dos años; se convirtió en pocos meses en una pandemia, frenada por el esfuerzo conjunto de los científicos de diferentes especialidades de casi todo el mundo, lo que quedará grabado en los anales de la salud pública universal. Sin embargo, no es sobre la Covid en el que quiero centrarme, sino sobre el otro problema que saca a relucir: la dieta moderna, llamada también dieta occidental.
Empiezo aclarando que los dos eventos no son comparables, porque la Covid-19 es una enfermedad infecciosa, ahora claramente identificada y ya casi conocida en su complejidad; en tanto que la “dieta”, con sus múltiples componentes, que pueden incluir la comida chatarra y los transgénicos, implica factores de riesgo que inducen a la enfermedad y a la muerte por otras causas: obesidad, diabetes, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, cánceres, enfermedades renales, hepáticas y muchas otras, cuya ocurrencia y forma de tratar es más compleja, pues son enfermedades crónicas, no agudas como la Covid, y su gestación dura muchos años y han ido aumentando lentamente en el último medio siglo, lo que ha puesto en atención a la salud pública que la considera prioridad junto con el tabaquismo, el alcoholismo y el sedentarismo. Pertenece al grupo de factores de riesgo de las enfermedades crónicas, que son el desafío futuro más grande la salud pública mundial.
Según una última publicación de The Lancet, comer mal, sea poco de algunos alimentos o mucho de otros, provoca 11 millones de muertes en el mundo al año, de las cuales 10 millones son por enfermedades cardiovasculares. O sea, de los 57 millones de muertes en el mundo, una de cada cinco tiene relación con la dieta.
¿Pero cuál es esa dieta mala o desequilibrada que provoca tanto daño? El estudio que fue realizado en 195 países nos dice que es mala una dieta baja en frutas, vegetales, legumbres, granos integrales, nueces y semillas, leche, fibra, calcio, ácidos grasos omega-3 de alimentos marinos, grasas poliinsaturadas o alta en carne roja, carne procesada, bebidas azucaradas, grasas trans y sodio (cuya principal fuente es la sal).
La disminución o carencia de esos alimentos está siendo provocada o inducida por el proceso de industrialización de los alimentos, que es un fenómeno global, pero con repercusiones ya notorias en nuestro país. Los alimentos ultraprocesados son el producto y el símbolo del actual modelo de alimentación, que debemos descolonizar, según las orientaciones del Vicepresidente. Pero la tarea no es nada sencilla. Requiere de políticas públicas integrales, que van desde la producción de los alimentos hasta su consumo. Agarremos el desafío del gobernante y volvamos a producir lo nuestro y comer la comida casera a la que estamos acostumbrados. Esto significa ir a las causas.
La producción de alimentos que conforman nuestra canasta básica deberá concentrarse en los alimentos tradicionales, que no sólo requieren de políticas de apoyo y fomento, sino de subvención, por su poca rentabilidad y la poca ganancia de los campesinos, hoy por hoy ahogados por el contrabando. Sin embargo, el problema mayor viene de las comidas industrializadas, producidas en el país o importadas, que son las que producen la mayor cantidad de comida chatarra; las que vehiculan los alimentos más dañinos, como son el azúcar, la sal, las grasas, amén de productos químicos para mantenerlos en buen estado y apariencia: hablamos de saborizantes, conservantes, edulcorantes, colorantes y otros similares. ¿Cómo se para esta tendencia que es global y nos pisa los talones?
Primero, se debe tener claridad conceptual y científica de lo que se quiere hacer. Segundo, tener las estrategias, las leyes, normas y los organismos responsables para hacerlo. Cuarto, evaluar periódicamente la marcha de nuestras políticas alimentarias de “descolonización gástrica”.
Se impone una buena Dirección de Protección de Alimentos, en el Ministerio de Salud, para controlar lo que se produce, lo que se importa y lo que se vende en los mercados. Que sean alimentos inocuos, regulados por un servicio efectivo de regulación, tipo Senasag e Ibnorca. No puede ser que se siga vendiendo leche que no es leche, chocolate que no es chocolate o café granulado que no es café granulado, o que se siga inundando el mercado con bebidas gaseosas, ricas sólo en azúcares. Por como van las cosas, y con el dominio tecnológico de las grandes industrias, nos venderán alimentos ya preparados, similares o más sabrosos que los tradicionales y, entonces, el problema será casi imposible de parar, como es difícil de parar el consumo de alcohol, que es parte de nuestra dieta festiva.
No es con discurso ni con charlas educativas que se cambian los hábitos alimentarios, que, ya se ha demostrado, son los más difíciles de cambiar cuando se han sentado en la mesa de las familias; de lo contrario, háganse estudios sobre el avance del sobrepeso y la obesidad en los niños, así como hacíamos unos 40 años atrás estudios sobre su estado de desnutrición.
En la mayor parte de los países, se está peleando por un nuevo etiquetado en los alimentos, llamado “etiquetado frontal”, que muestra en buen tamaño los contenidos nocivos de los alimentos que el envase contiene. Será bueno que el Vicepresidente acelere esta normativa, para que la gente esté bien orientada sobre el contenido exagerado de los alimentos nocivos que hemos enumerado. Éstos no reemplazan a los etiquetados normados que cada alimento debe tener en su frontis, sino que los complementan. Esa sería una buena señal de que de verdad se quiere descolonizar la alimentación y hacerla más saludable.
Lógicamente que estas políticas deben ir acompañadas de muchas otras de carácter restrictivo y educativo, tales como la acción coordinada de la atención primaria de salud y las unidades educativas, el control de los contenidos en desayunos escolares, en quioscos y meriendas escolares, en los clubes de madres y en medios de comunicación masivos. La pelea se avizora larga y difícil, pero es la única manera de poder retomar nuestras comidas tradicionales, de manera que cuando alguien salga a comer, en cualquier ciudad o pueblo, pueda tener acceso a un buen preparado de quinua o un chairo, y no esté presionado a comer salchichas baratas o los pollos a la broaster que ahora se propalan y se consumen varias veces a la semana.
Esperemos que la nueva estrategia trazada por el Vicepresidente se cumpla, aunque sea en sus pasos iniciales.
Columnas de FERNANDO ROCABADO QUEVEDO
















