Dos velos de muerte para dos mujeres
Las dos murieron en un centro policial a manos —literalmente— de policías. Sus muertes levantaron a la población entera. La sacaron de su sopor, despegando sus narices de las pantallas y llevándola a las calles para gritar su ira. Una, en Oriente Medio, Aychi —Irán—, y la otra, en la mitad del mundo, Quito, Ecuador.
Mahsa Amini, de 22 años, fue detenida y apresada mientras caminaba —simplemente caminaba— por la calle. Un agente de la Policía de la Moral dictaminó que llevaba el hiyab mal puesto y dejaba ver algunos mechones de cabello. La apresaron, la llevaron a un recinto policial, para darle “una lección”. Lección que dos horas más tarde terminó con ella muerta. Después, la Policía dijo que mientras esperaba a ser procesada había sufrido un infarto, falsearon videos, disfrazaron versiones y ahí están.
María Belén Bernal llegó a la Escuela Superior de Policía al norte de Quito de madrugada. Avisada, quizá, que aquello sucedía otra vez. Su marido, un teniente de Policía, pasaba la noche con una cadete con quien tenía una relación. Él pidió a la joven de 24 años cambiar de habitación, llegaba la esposa. Discutieron, se oyeron golpes, gritos y 20 minutos ininterrumpidos de súplicas de auxilio. Hasta que llegó el silencio de la muerte. Silencio de los otros policías, silencio de los superiores, silencio y muerte. Nadie la ayudó, porque “no hay que meterse en líos de pareja” había dicho —con más o menos palabras— el oficial de mayor grado al que advirtieron que algo grave sucedía en el cuarto del asesino, hoy prófugo.
Una y la otra en puntas opuestas del planeta, muriendo por el mismo flagelo, la normalización de la violencia contra la mujer. Bajo el concepto de que el Estado o el esposo son, de alguna manera, dueños del cuerpo, sufrimiento, comportamiento, vida y futuro de las mujeres. “Mujer, vida y libertad” es el grito de protesta en Irak. Y en Ecuador se suma el reclamo contra el silencio cómplice.
En el caso ecuatoriano, por ahora, sólo hay una persona en la cárcel. ¿Adivinan? La cadete de la habitación de al lado. Pero todos los otros hombres que escucharon con seguridad lo que sucedía permanecen en silencio y libres. Sólo a ella el largo brazo de la ley la alcanzó, ¿quizá por su condición de “amante”? La indignación y movilización ciudadana y el crimen cometido en un recinto lleno de policías han provocado que el Ministro del Interior, dos altos generales y varios mandos de la Policía sean obligados por el presidente Guillermo Lasso a entregar sus puestos.
Dos muertes evitables y cuya condena fue, solo, el género. Si el teniente de Policía hubiera tenido una discusión que llegara a los puños con otro hombre, las alarmas se habrían disparado y alguien habría intervenido para librarlo de la muerte. A las manos invisibles que ayudaron a meter a Belén, envuelta en una vieja alfombra, en el hoyo de una quebrada. Y, por supuesto, no hay Policía de la Moral para reprimir, reprender, orientar, obligar, doblegar, el comportamiento masculino. Para los hombres no hay leyes que los condenen a una muerte a golpes por las fuerzas del orden y no haya consecuencias del Estado.
Sigo pensando en esos 20 minutos de golpiza sin pausa, suplicando por ayuda… el silencio cómplice y la muerte. Cómo habrá gritado Mahsa. Imagino a sus asesinos riendo e insultando mientras la golpean. Imagino una posibilidad absurda. Veo al teniente asesino y a los policías del código de silencio conversando con té y cerveza con los policías de la moral, levantando los hombros y concluyendo que, al final, hicieron lo que tenían que hacer.
Columnas de MARÍA JOSÉ RODRÍGUEZ B.
















