El curioso caso de Benjamin “Tuto”
“Qué pena que la mejor parte de la vida se dé al principio, y la peor al final”, había comentado alguna vez el escritor Mark Twain. Aunque no eran contemporáneos, el autor de El gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald, que admiraba a Twain, resolvió entonces darle un giro fantástico y a contrapelo, a ese curioso comentario. Entonces emprendió la tarea de contar una historia, pero al revés. Es decir, que la peor parte de la vida se dé al principio, y la mejor al final. Así nació el cuento El curioso caso de Benjamin Button, la historia del hombre que nace viejo y rejuvenece a medida que los años avanzan.
Esta brillante idea de subvertir el orden, aunque a través de la literatura, del ciclo trascendental de la humanidad, no sólo se tendría que referir a la vitalidad y las capacidades intelectuales, también, desde luego a los hechos y sucesos que nos ocurren.
No es solo una fábula fantástica, sino una alegoría del deseo humano más persistente: vivir de otro modo. Poder corregir los errores cometidos en la inexperiencia, alcanzar la sabiduría primero y la inocencia después. En la ficción de Fitzgerald, el tiempo no es una flecha que hiere, sino un círculo que se cierra sobre sí mismo, una danza entre el cansancio y la esperanza.
Y quizá no haya figura más curiosamente parecida a ese “Benjamin” literario que la del político boliviano Jorge “Tuto” Quiroga. No porque haya nacido viejo ni porque el tiempo le haya devuelto la juventud física, sino porque su historia parece escrita al revés: un hombre que empezó en la cima, continuó en el descenso, y en el ocaso de su carrera política parece haber rejuvenecido, como si el alma hubiera decidido ignorar el calendario.
Tuto Quiroga fue, en su juventud, lo que Benjamin Button era en su vejez: un prodigio prematuro. A una edad en que la mayoría aún tantea su destino, él ya ocupaba el vértigo del poder. Vicepresidente con apenas treinta años, presidente con poco más de cuarenta, caminaba por los pasillos del Palacio Quemado con la energía de quien siente que la historia lo ha escogido. Parecía un joven con la vejez de la responsabilidad sobre los hombros.
Pero el tiempo, siempre irónico, comenzó a girar su rueda. Llegaron los años de la oposición, de la marginalidad política, de la distancia del poder y de la soledad de las convicciones. La política boliviana, cambiante y devoradora, parecía haberlo olvidado. Muchos creyeron que su ciclo había terminado, que su reloj vital se había detenido en el minuto exacto en que cerró la puerta del palacio.
Sin embargo, el “Benjamin” político siguió moviéndose. En lugar de envejecer, pareció rejuvenecer con los fracasos. En la medida en que los años le quitaban protagonismo, le devolvían algo más valioso: perspectiva. Y así, después de múltiples intentos, desencantos y silencios, la historia le ofreció una nueva oportunidad. Los sondeos, por fin, lo colocaban de nuevo en la antesala del poder. Era como si el tiempo, cansado de burlarse, le ofreciera una tregua.
Pero el destino, que a veces tiene el humor cruel de los dioses griegos, volvió a girar el reloj en su contra. En la segunda vuelta, la victoria que parecía tan cercana se desvaneció como un espejismo. La puerta volvió a cerrarse justo cuando él, rejuvenecido en convicción y energía, estaba listo para atravesarla.
Esa imagen —la del hombre que envejeció joven y rejuveneció viejo— tiene algo de parábola moral. Tal vez el destino de Tuto Quiroga sea el mismo que el de Benjamin Button: recorrer la vida al revés, llegar al final con la lucidez que habría hecho falta al principio. Porque la sabiduría, esa flor tardía, solo florece en los terrenos donde ya ha pasado el fuego.
En política, como en la existencia, el tiempo no siempre premia la experiencia. A veces la historia es más joven que los hombres que la sirven.
Quizá Bolivia, un país que suele preferir el vértigo de lo nuevo sobre la serenidad de lo maduro, no estaba lista para recibir a su Benjamin. Y así, el hombre que acumuló años de preparación, análisis y convicción, se encontró frente a un pueblo que envejecía hacia otra dirección.
Tuto Quiroga, como el personaje de Fitzgerald, encarna la paradoja del retorno: un hombre que ha aprendido demasiado tarde lo que la vida enseña demasiado pronto. No es un político acabado, sino un político al revés. Mientras muchos envejecen en sus certezas, él parece rejuvenecer en sus dudas.
Dicen que las experiencias te enseñan a madurar, pero lo hacen tarde. Quizá por eso el destino se divierte poniendo a prueba a quienes, tras entenderlo todo, ya no tienen tiempo para usar ese conocimiento. Pero en esa tragedia hay también un gesto de belleza. Porque quien sigue intentando, quien persiste cuando el calendario dicta resignación, rejuvenece en espíritu, aunque los años digan lo contrario.
El curioso caso de “Benjamín” Tuto no es solo una metáfora política. Es una historia sobre la resistencia del alma frente al tiempo. Sobre la posibilidad de aprender a perder sin envejecer. Sobre cómo algunos hombres, a fuerza de caídas, descubren que el verdadero triunfo está en seguir corriendo aunque el reloj marque el final.
Y quizá, como Benjamin Button, Tuto Quiroga haya comprendido que el final no siempre es un cierre, sino una nueva forma de principio. Que la política —como la vida— se recorre hacia atrás y hacia adelante a la vez. Que el destino puede negar la victoria, pero no el sentido de haber luchado.
Porque al final, cuando todo se disuelva en la niebla del recuerdo, quedará la imagen de un hombre que caminó contra el tiempo. De un político que, en lugar de envejecer, se volvió más joven con cada derrota. De un Benjamin andino, que en el ocaso de la historia, todavía creía en la posibilidad de empezar de nuevo.
El autor es comunicador social
Columnas de RUDDY ORELLANA V.
















