Urge frenar los infanticidios
La tragedia de los infanticidios es una realidad que nos golpea a todos. Bolivia ya suma 16 asesinatos de niños en cuatro meses de este año y lo que debe llamar más la atención es que siete, casi la mitad han ocurrido en Cochabamba, cinco en una sola familia que ya no pudo más y tuvo un desenlace fatal.
En el caso más grave, en Sacaba, se vio que las víctimas vivían en una total precariedad económica al punto que los niños mayores dejaron la escuela. En el caso más reciente, las posibles causas aún no están claras, porque la madre y su hijo de nueve años fueron hallados completamente solos, incluso, hasta tres días después nadie reclamó sus restos en la morgue.
Sin embargo, este drama no solo ocurre en Cochabamba, sino en otros departamentos. En Santa Cruz se han registrado cuatro casos, en Tarija dos y en La Paz, Potosí y Chuquisaca, uno, respectivamente.
¿Qué ocurre para que las madres tomen una decisión que pone punto final a la existencia de sus hijos y la suya? Y ¿Qué hace la comunidad y las autoridades ante este flagelo?
La soledad de las familias aparece como un denominador común en los últimos casos. Las madres y sus hijos están desprotegidos. Su entorno parece indiferente a sus necesidades más básicas, como la alimentación y la educación, lo que aumenta su vulnerabilidad.
La comunidad que puede ser la red de apoyo más cercana representada en un vecino o un maestro o un familiar no logra ver las señales de alarma y responder con solidaridad al drama que cientos de madres atraviesan diariamente al no poder conseguir el sustento para sus hogares. Tampoco lo logran los padres, porque la precariedad laboral se ha vuelto un denominador común en los tiempos actuales.
Los niños, víctimas indefensas de las decisiones fatales, aparecen como el eslabón más débil de una cadena de precariedad y fragilidad de las familias.
Las alcaldías no tienen programas sociales enfocados en los hogares vulnerables. Si bien cuentan con defensorías que actúan ante un hecho de violencia no tienen programas que realicen prevención al apoyar emocional y materialmente a madres y padres quienes viven al límite.
Las escuelas de padres son un espacio cada vez más necesario para orientar a los progenitores en la crianza de sus hijos, pero también se deben crear instancias que detecten a familias en riesgo sin esperar una denuncia de maltrato o violencia intrafamiliar.
Las 16 víctimas no pueden quedarse solo como una estadística, deben mover a la acción a la comunidad y a las autoridades. Las 16 vidas que se han apagado deben interpelarnos a todos para saber en qué la sociedad falla a sus niños y exigir que las instancias de niveles local, departamental y nacional generen programas de apoyo a las familias vulnerables.
















