Por un mundo con menos efectivo

Columna
PROJECT SYNDICATE
Publicado el 12/09/2016

CAMBRIDGE – El mundo está inundado de papel moneda. Los bancos centrales de los principales países inyectan cada año cientos de miles de millones de dólares en efectivo, sobre todo en billetes de alta denominación como el de 100 dólares (vehículo de casi el 80 por ciento del impresionante suministro estadounidense de 4.200 dólares en efectivo per cápita). El billete de 10.000 yenes (alrededor de 100 dólares) equivale aproximadamente al 90 por ciento de la circulación de Japón, cuyo efectivo per cápita asciende a casi 7.000 dólares. Como vengo sosteniendo hace dos décadas, ese efectivo facilita ante todo el crecimiento de la economía subterránea en vez de la legal.

No propongo una sociedad sin efectivo, algo que por ahora no sería ni factible ni deseable. Pero una sociedad con menos efectivo sería un lugar más justo y seguro.

El crecimiento de las tarjetas de débito, transferencias electrónicas y pagos móviles produjo una gran disminución del uso de efectivo en la economía legal, especialmente para transacciones medianas y grandes. Estudios realizados por diversos bancos centrales muestran que el ciudadano de a pie y las empresas poseen y usan sólo un pequeño porcentaje de los billetes de alta denominación.

El efectivo facilita el delito porque es anónimo, y los billetes de alto valor son especialmente problemáticos porque son fáciles de esconder y transportar. Un millón de dólares en billetes de cien cabe en un maletín; en billetes de 500 euros (cada uno de los cuales equivale a unos 565 dólares) cabe en una cartera.

Es cierto que hay infinidad de formas de pagar sobornos, cometer delitos financieros y evadir impuestos sin usar papel moneda. Pero la mayoría entrañan costos de transacción muy altos (por ejemplo cuando se usan diamantes sin cortar) o riesgo de ser descubiertos (por ejemplo, en caso de transferencias bancarias o pagos con tarjeta de crédito).

También es cierto que las nuevas criptomonedas como el bitcoin son casi (o acaso completamente) indetectables. Pero su valor fluctúa abruptamente, y los Gobiernos tienen muchas formas de restringir su uso (por ejemplo, impedir su presentación como medio de pago en bancos o tiendas minoristas). No hay nada con la liquidez y aceptación casi universal del efectivo.

Sólo el costo de la evasión fiscal es inmenso, tal vez 700.000 millones de dólares al año en Estados Unidos (sumados los impuestos federales, estatales y municipales), e incluso más en Europa, donde los impuestos son más altos. Los costos del delito y la corrupción, aunque difíciles de cuantificar, son casi seguro mayores; piénsese en el narcotráfico, las mafias, el tráfico de personas, el terrorismo y los delitos de extorsión.

Además, el pago en efectivo a trabajadores indocumentados es un importante motor de la inmigración ilegal. Reducir el uso de efectivo es un modo mucho más humano de limitar la inmigración que levantar cercos de alambre de púas.

Si los Gobiernos no estuvieran tan cegados por las ganancias que les reporta la impresión de papel moneda, tal vez verían sus costos. Últimamente se empezaron a ver algunos cambios: el Banco Central Europeo anunció hace poco que comenzará a sacar de circulación el megabillete de 500 euros. Esta decisión tan postergada se implementó contra la enorme resistencia de dos países amantes del efectivo: Alemania y Austria. Pero incluso en el norte de Europa, el circulante per cápita conocido es relativamente pequeño en comparación con el enorme suministro de toda la eurozona (más de 3.000 euros per cápita).

Los Gobiernos del sur de Europa, desesperados por recaudar, han comenzado a tomar cartas en el asunto, a pesar de que no controlan la emisión de billetes. Por ejemplo, Grecia e Italia trataron de desalentar el uso de efectivo mediante topes a las compras minoristas con este medio (de 1.500 y 1.000 euros, respectivamente).

Es obvio que el efectivo sigue siendo importante para las pequeñas transacciones cotidianas y para proteger la privacidad. Los banqueros centrales del norte de Europa partidarios del statu quo suelen citar al novelista ruso Fyodor Dostoievsky: “el dinero es libertad acuñada”. Pero Dostoievsky hablaba de la vida en una prisión zarista a mediados del siglo XIX, no en un estado liberal moderno. Sin embargo, los noreuropeos tienen algo de razón. La cuestión es si el sistema actual está en el justo medio; yo diría que es claro que no.

Un plan para limitar el uso de efectivo debería guiarse por tres principios. En primer lugar, es importante permitir que los ciudadanos comunes sigan usando efectivo por comodidad y para hacer compras anónimas de valor razonable, pero impidiendo al mismo tiempo el modelo de negocios de los que realizan grandes transacciones anónimas y repetidas a gran escala. En segundo lugar, la eliminación del efectivo debería ser muy gradual (digamos, una o dos décadas), para permitir la adaptación y la introducción de correcciones sobre la marcha ante problemas inesperados. Y en tercer lugar, las reformas deben tener en cuenta las necesidades de las familias de bajos ingresos, especialmente las no bancarizadas.

En mi nuevo libro, The Curse of Cash [La maldición del efectivo], propongo un plan que implica una retirada muy gradual de los billetes grandes, dejando a los pequeños (de 10 dólares o menos) en circulación por tiempo indefinido. El plan prevé la inclusión financiera de las familias de bajos ingresos mediante cuentas de débito gratuitas, que también podrían usarse para la recepción de transferencias del Estado. Ya hay algunos países, como Dinamarca y Suecia, que hicieron esto último.

Reducir el uso de papel moneda no pondrá fin al delito y a la evasión fiscal, pero obligará a la economía subterránea a emplear medios de pago con más riesgo y menos liquidez. En el mundo actual de las finanzas cibernéticas, el efectivo podrá parecer cosa sin importancia, pero las ventajas de retirar la mayor parte del papel moneda son mucho más grandes de lo que parecen.

 

El autor es profesor de economía en la Universidad de Harvard. Su último libro, The Curse of Cash [La maldición del efectivo], acaba de ser publicado por Princeton University Press.

© Project Syndicate y LOS TIEMPOS 1995–2016

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