Las polis del siglo XXI con más pobreza y desigualdad
Cuando Aristóteles pensó en la ciudad como un ideal de vida y como la forma más perfecta de la sociedad civil, nunca se imaginó que podía ser más bien un lugar donde se exacerbaran las desigualdades.
La ciudad para los griegos no es únicamente el centro político, económico, religioso y cultural, sino un lugar donde se integran de forma armónica los intereses del individuo con el Estado, gracias a la ley, y con la comunidad, mediante la participación del ciudadano en los asuntos públicos. En definitiva, la ciudad es un elemento distintivo del hombre civilizado.
Aristóteles señala que la comunidad perfecta es la polis y que surgió para satisfacer las necesidades vitales del hombre, pero su finalidad es permitirle vivir bien. “El hombre que, naturalmente y no por azar, no viva en la polis es infrahumano o sobrehumano”, decía, probablemente pensando que única y mejor manera de vivir.
Hoy en día, el 75 por ciento de los habitantes del mundo vive en ciudades; es decir, casi 8 de cada 10 personas está en zonas urbanas, y se espera que esta proporción siga aumentando en las próximas décadas.
Sin embargo, la concentración de población genera serios problemas en la calidad de vida de los pobladores, debido a que también se concentran la pobreza y la desigualdad en la distribución del ingreso.
Marco Kamiya, de la Corporación Andina de Fomento (CAF), en el marco del II Encuentro de la Red Latinoamericana por Ciudades Justas, Democráticas y Sustentables que se realizó en Salvador de Bahía en agosto pasado, afirmó que desde el punto de vista del hábitat, vivir en ciudades genera problemas estructurales en el acceso a servicios elementales de infraestructura básica.
También dijo que las migraciones han llevado a la región a contar con los peores índices de desigualdad, llegando las principales ciudades a albergar poblaciones con un índice de pobreza de entre el 25 por ciento y el 45 por ciento. Este cambio en la distribución de la población en el territorio, trae aparejado la necesidad de diversas modificaciones en el aspecto político administrativo.
En muchos países de América Latina las estructuras administrativas del Estado no poseen la flexibilidad para adaptarse a este escenario y sus estructuras administrativas son ajenas a la cultura de planeamiento y participación ciudadana.
Como respuesta a estas debilidades estructurales e históricas se están generando en América Latina diversos procesos ciudadanos que han logrado importantes avances en el acercamiento entre las políticas públicas de los gobiernos y las necesidades de la población.





















